Pasar o Pesar

infame

 

 

 

PASAR O PESAR

por Zureima Zaldivar

A veces, mientras intento quedarme dormido, puedo escuchar mis propios gritos, el llanto incontenible de mi nacimiento. Y con esfuerzo abro los ojos.

La luz es enceguecedora, se escuchan murmullos inentendibles. Es claro que jamás comprenderé el idioma de quienes a sí mismos se llaman “hombres”. Existieron, antes de su llegada, miles de cosas que mirar alrededor, pero nada me ha maravillado tanto como observarles.  Les miro, cada vez con más curiosidad.

Pero no los entiendo, los veo correr con desesperación. Tratan de abarcar cada espacio a su alcance, ver más allá de los rostros de otros, jamás tropezar. Y por último, dar pasos tan firmes que yo no pueda borrarlos. Es inevitable, mis pasos siempre terminan por borrar la mayoría de sus huellas.

Desde el día en que empezaron a correr, trato de pasar inadvertido. Sin embargo, por alguna razón que no he podido esclarecer, de pronto choco contra sus frentes. El impacto es tal que se vuelven locos, dejan de correr y empiezan a encorvarse. A veces, se quedan dormidos y ya no despiertan.

Yo nunca duermo. Mi andar es casi siempre lento, me voy aún más despacio en algunas sonrisas, me da por querer mirar los llamados “besos”, y trato de pasar rápido ante las tragedias. Siento que puedo darme lujos como esos, pero “algo” siempre me obliga a avanzar sin correr en realidad, y sin jamás poder detenerme.

insomnio

Estoy seguro de que mis primeros pasos junto a los primeros hombres fueron más lentos. Pero me he visto influenciado por el rápido andar de los transeúntes. Cada vez se escucha menos la lluvia, los árboles movidos por el viento, o los grillos cantando. Suspiro extrañándoles mientras maldigo el constante saludo del Sol y la Luna, están tan cansados como yo de ver este espectáculo una y otra vez, con diferentes actores pero mismo escenario y escenas.

Pero más que las quejas y el saludo eterno de los astros, lo que ahora aturde a mis oídos es el caminar de los hombres, los gritos ahogados de sus hijos, y los detestables relojes insultándome: “tic tac, tic tac”

Donde Wonderland es nuestro destino

Ilustración: Gabriela Morales / Donde Wonderland es nuestro destino.

Al menos ellos dan la cara, porque existen despiadadas creaciones de los hombres llamadas “calendarios”. Y las peores, “agendas”. Los calendarios en principio, intentan imitarme o descifrarme, qué sé yo. No hablan mi idioma, nombran “días” a mis pasos sin saber que, si quiero, voy despacio entre una semilla y un árbol. Y a voluntad corro sobre flores que han sido cortadas. Provocan mi ira, un tanto menos que sus aliadas. Agendas o planificadores que no pueden planear nada. Que no saben de mí más que mi nombre y nunca lo mencionan. ¡Ay, los hombres y sus mitos! Tampoco saben de mí más que mi existencia e ignoran ante todo que aparezco de pronto, que me quedo sin que puedan verme, me hago fuerte en sonrisas pero también en lágrimas renazco en la memoria.

Ignoran que sin dormir he muerto y resucitado, pero  soy el mismo, siempre el mismo tiempo.

Una y otra vez.
*Texto que podrán encontrar en:
 http://issuu.com/revistaliterariainfame/docs/6to_tiempo_transici__n_inexorable

 

Originally posted 2014-05-22 11:48:12. Republished by Blog Post Promoter

Aparentemente malo

Estando en la capilla (construida en lo alto de la montaña) sin otra cosa que hacer, se puso a tirarle piedritas al aire, a la nada. Yo lo veía con particular entusiasmo, pues ¿qué más podía yo hacer?. Entre tanto aburrimiento comencé a lastimar con la mirada a la capilla. Su interior y exterior fueron víctimas de mi ociosidad, pero más aún, su historia. Tan grandes son las piedras que conforman la construcción, que de repente comencé a imaginar que esa capilla no podía ser sino obra de hombres gigantes. En meditaciones parecidas me encontraba, cuando vi esa solitaria piedra maldita, esa piedra caliza (más grande que un recién nacido). Estaba ahí, tan sujeta a las leyes de gravedad; del lado de la montaña donde el eco es pobre. ¿Cuánto a que no le das a esa piedrota de ahí?- le dije a manera de reto. Él acepto. Me puse a su lado, mientras él recogía una o dos piedritas con las cuales comprobar su buen tino.

 Erró en el primer intento. Los pájaros salieron huyendo de sus nidos quebrando el silencio de la montaña.

 Un segundo intento, pero volvió a fallar. Oye, ¿no será caca de caballo, que con el sol se hizo tan dura como una piedra?- me dijo. ¡No sé, ándale! ¡Dale!- le contesté, totalmente entusiasmado. Y su mano obediente así lo hizo. Esta vez no falló, pero esa piedra maldita esquivó su tiro.

 ¡Vamonos!- me gritó. Y emprendimos la carrera cuesta abajo, mientras el silencio de la montaña, era nuevamente quebrado por una risa que seguramente se burlaba de nosotros. Bajamos tan rápido como el terreno nos lo permitía. Tan rápido, porque sentíamos detrás a esa solitaria piedra maldita. Pronto llegamos a casa. Sin embargo, mamá y sus frijoles y la plática de los acontecimientos diarios, hicieron que el suceso se diese mágicamente por olvidado.

 Cuando la noche cayó, mamá dormía en su cuarto mientras nosotros intentábamos hacer lo propio en el nuestro. ¡Buenas noches!- le dije. Y hubiesen sido buenas, si no es porque en el intento de dormir, los dos escuchamos como sobre el techo de lámina caían una o dos piedritas que intentaban comprobar el buen tino de quien sabe que maldita cosa.

Originally posted 2014-07-17 00:31:54. Republished by Blog Post Promoter

¿Dónde está su mundo?

infamePor Diana Beláustegui

Si tuviera que indicar el punto exacto en el que comenzó todo, creo que no podría marcarlo con exactitud, si le preguntasen a Cándida tal vez les hablaría de cuando empezó a sentirse sola y Rocita, la niña mágica, apareció en su vida. Pero contarlo desde esa perspectiva sería confuso, acabarían sin entender la historia, o lo que es peor, la comprenderían a la perfección y eso indicaría que estuvieron en ese mundo.

Rocita llegaba con su vestidito rojo y un osito cianótico con doble vuelta de cordón umbilical en el cuello, cuando los tiempos eran difíciles. A veces a Cándida le costaba trabajo tranquilizarse: se agitaba, gritaba y su madre corría de un lado al otro, regañándola, utilizando duchas de agua helada para calmarla.

En los tiempos de abulia, Rocita aparecía con un vestidito blanco y el osito menstruando.

La niña mágica era su compañía, su amiga, a veces la imaginaba sin el vestidito y quería tocarla, a veces Rocita le vendaba los ojos al osito y eran amantes.

Su vida había mejorado, ya casi no se daba cuenta cuando su madre la dejaba encerrada y salía a trabajar o huía con el vecino para olvidarse un poco de ella.

Tal vez estaba concentrada en su amiguita o se había perdido en los estrambóticos ojos del osito cianótico que no sospechó nada cuando el cuarto cambió, cuando las sábanas se hicieron blancas y la habitación comenzó a oler a desinfectante y algodón. De vez en cuando entraba un hombre de barba en su campo visual y le hablaba. La interrogaba por ratos. Era difícil enfocarse en lo que él le pedía cuando Rocita le recitaba poesía de los infrarrealistas al oído.

Era ensordecedor, cuando la niña mágica le pasaba el micrófono que llevaba escondido entre las tetitas, al osito menstruante, y él daba una perorata sobre los niños hambrientos del África, tal vez por todo esto no se dio cuenta cuando su madre se desvaneció y unas mujeres de blanco la suplantaron. Le daban pastillas que tragaba con jugo de naranja o licuado de frutilla.

Poco a poco los días se hicieron largos. Dormía mucho y cuando despertaba, se quedaba en la cama sin poder caminar, con las piernas tan pesadas que si se levantaba seguramente produciría grietas en el piso gris.

Por esos días comenzó a darse cuenta de los cambios. El hombre de barba entraba y le preguntaba cómo estaba su día, que sentía, en que pensaba o que opinaba del país. Y un miércoles, lo sé con exactitud porque fue el día del gran despertar, se descubrió sola, tan sola que dolía, tan sola que asfixiaba, tan sola y desesperada que le costaba trabajo recordar a Rocita y sus tetitas florecidas, al osito y su diatriba. La asepsia, el blanco y el silencio del lugar le produjeron una hendidura en su cordura. ¿Quién le había quitado su mundo, quien la arrastró a ese cuarto de sonidos enmudecidos?, ¿Dónde estaba el ardor, el amor, los gritos, las ganas de vivir?, ¿Fueron las pastillas, las inyecciones, los licuados o el maldito doctor de barba que la interrogaba?

El jueves se negó a comer y el viernes se preparó para su visita. Se sentó en la cama y no sacó los ojos de la puerta hasta que lo vio entrar, con su chaqueta absurda, el cuaderno negro y la lapicera salvadora. Con esa misma lapicera corre Cándida por las calles, nadie se anima a detenerla, lleva en la punta, clavado, un globo ocular. Ríe compulsivamente, llora por ratos, grita devorada por el odio. Nadie se acerca. Rocita no existe. Tiene la certeza de que ese mundo estuvo en algún rincón de su mente y que fue extraído con saña, burlándose de la felicidad que sentía cuando vivía en él. Grita rabiosa y en un intento inefable por causarle aún más daño a quien la dejó muerta en vida, muerde el globo ocular que estalla con un pequeño chasquido. Lo mastica sentada en la calle, desahuciada.

El ojo del muerto, reventado y jugoso, no trae el alivio que esperaba. Los curiosos la rodean, el mundo es tan nítido que el auto que dobla en la esquina pareciera traer una bandera blanca flameando a un costado, seguro es la paz que necesita.

Se levanta y corre a su encuentro.

REVELACIONES

Texto que podrán encontrar en:

http://issuu.com/revistaliterariainfame/docs/5to

Originally posted 2014-06-23 22:41:07. Republished by Blog Post Promoter

DEMORA EN UN HOTEL

infame

 DEMORA EN UN HOTEL

por Julio E. Ruiz Monroy

En el estante el Libro de arena se desgrana. La manecilla es la inevitable caída del tiempo.

 Ella se levantó empujando las horas, y deslizó su delgada pierna por entre los minutos. Aparece desnuda como medio faro agujerando la noche. Hay algo de constante en su piel; aunque su cuerpo es sujeto de las épocas. Pertenezco a lo variable, dice. Bebo del té la melancolía de Marzo, y abrazo esta ausencia puesta sobre la pausa.

 Me tiendo a mirarla por un momento; la encuentro sola, con aires de fuga. Se arquea doblando el tiempo y le saca las verdades. Todo es relativo, dice. Hay una luz al norte, y jugamos a buscar a Orión. Alguna vez me habló de la fractura, de las horas cíclicas; inicio de los eones. Se burla de mí, preguntándome qué fue primero, si el huevo o la gallina. Yo la beso entre los segundos y no me importa su actitud de instante.

 El tiempo es la honda grieta del amanecer en el crepúsculo, y me pregunto si vendrás, de allá, de donde estés, para besarme la noche, y jugar al azar y a bautizar gaviotas, dice.

El-Hotel-Albatros

 *Texto que podrán encontrar en:
  http://issuu.com/revistaliterariainfame/docs/6to_tiempo_transici__n_inexorable