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En el principio, compró El Escribidor su lápiz y su hoja; y la hoja estaba vacía y el lápiz sin usar, y las tinieblas estaban sobre la faz de la página, y las ideas se movían sobre la faz de la página. Y dijo El Escribidor: haya un texto, y…. no hubo un texto, por lo que debió detenerse a divagar un poco con la esperanza de tropezar con algún buen tema para su colaboración inicial en Chulavista. ¿Un libro? Quizá después, pero el clima no parecía apropiado para eso; ¿un concierto? Hace años que El Escribidor no se para frente a un escenario. ¿Un disco? El Escribidor no se distingue por sus saberes musicales y, confiesa, nunca logró tocar en sus clases de música en la secundaria (flauta incluida) nada que tuviera más de tres notas. ¿Cine? Sí, el cine parecía una opción viable: una película, palomitas y refresco; eso, claro, si la cartelera lo permitía.

Con esto decidido, El Escribidor se desempolvó, salió al mundo y caminó sobre avenida Universidad en busca de una sala donde se proyectara eso que han dado en llamar Séptimo Arte. Cuando pasó por la estación del metro Coyoacán, miró a su derecha y la Cineteca parecía llamarlo: un canto quería seducirlo, como las Sirenas intentaron seducir a Ulises; y así como éste hizo, El Escribidor se tapó los oídos y fingió demencia, pues recordó que 11 de cada 10 veces (sic) el sueño lo ha vencido en sus intentos de arañar con la razón o el sentimiento los altos conceptos del cine de arte (lo que sea que eso signifique). Pero El Escribidor no es ni sociólogo ni poeta, por lo que siguió su marcha ya con un conocido refresco de cola en mano.

Varios sorbos después, apareció en el horizonte una plaza de las no pocas que pueblan las aceras del sur de la ciudad. El Escribidor alzó la vista y contempló maravillado el anuncio de una famosa cadena de cines (nótese que la fama no resulta siempre del prestigio), al tiempo que notó cómo el sol habíase ya tornado luna. Al Escribidor no le gusta la noche, a menos que ésta venga con la promesa de una buena copa, así que decidió tomar la primera oportunidad que se le presentara en la taquilla, ver una película que reseñar y regresar cuanto antes al hogar. De la cartelera se distinguió una cinta por la desgracia de su nombre: Un atrevido don Juan (El Escribidor tiene la certeza de que los malos traductores van directo al infierno y arden con mayor crueldad en un círculo del que Dante nunca habló). El morbo arrastraba la mirada hacia el resumen del desgraciado don Juan. En principio, el nombre original: Don Jon; el asunto mejoraba. Después, el género: comedia romántica; aún mejor: El Escribidor quería llorar, reír y enamorarse con Joseph Gordon-Levitt y Scarlett Johansson, los protagonistas. Finalmente, tres palabras que raramente fallan en vender: pornografía, adicción y amo… antes de terminar de esa última palabra, El Escribidor ya estaba apoltronado en una butaca (premium por aquello de su gusto por el dispendio) y deseando comprarse un automóvil, un celular y todo aquello que le fue ofrecido en la publicidad sin fin que precede a toda película.

don-jon-2Las palomitas ya escaseaban cuando se mostró en pantalla el nombre de la productora a cargo de los dineros: Hit Record. Una fan (¿o un fan? El Escribidor no sabría decir verdad) gritó con las hormonas en la boca: “Ay, es la productora de Joseph”. Silencio después. Los rollos empezaron a girar y El Escribidor se desparramó sobre su vastísimo asiento. Más o menos 90 minutos después, la esperanza en el amor había vuelto, pero no un amor cualquiera, sino El Amor. ¿Para qué mira uno este tipo de películas sino para evadirse de la realidad?

El Escribidor no quiere echar a perder Don Jon a los lectores; por esto, no contará minuciosamente la historia, pero se siente obligado, después de la abultada crónica de sus andares, a ofrecer siquiera una descripción general sobre el argumento y los personajes del film (los sinónimos escasean), y finalizar el texto con su opinión (humilde o no).

Los personajes Barbara (Scarlett Johansson) y Jon (Joseph Gordon-Levitt) representan dos concepciones estereotípicas del amor: ella, la de la mujer en espera del hombre perfecto con disposición a sacrificarle todo sin pedir nada, una idea más cercana al amor que don Quijote profesa a su señora Dulcinea, que al posible en el siglo XXI, y que ella toma como letra sagrada de las chick flicks a las que es aficionada; él, por otra parte, no consigue hallar el placer prometido por la fantasía del porno en la realidad del sexo que, por cierto, no le es escaso.

Los personajes se conocen durante una noche de fiesta; “She’s a ten”, afirma Jon luego de verla. Baile y flirteo siguen a las primeras palabras que intercambian, para continuar los meses siguientes con un lento proceso de cortejo en el que, por supuesto, ella no accede al fornicio: “I want it to be special”, dice Barbara, que no duda en imponerse al enamorado Jon de quien espera hacer un hombre “de bien” antes de darle la “prueba de amor”. Cuando esto por fin sucede, la decepción se apersona: ni siquiera con ella The Don obtiene el placer sexual que había esperado, por lo que enseguida salta de la cama que ambos comparten y corre a masturbarse frente a las imágenes de PornHub (todos los derechos reservados). Ella lo descubre y explota entre la indignación y el escándalo. Tras una breve pelea, todo se arregla con una mentira y una prohibición tajante del porno.

El noviazgo sigue con la disposición del personaje de Gordon-Levitt a aceptar cualquier cosa que la rubia, educada en la filosofía de la comedia romántica, le imponga: qué es y qué no un hombre, qué debe hacer y cómo comportarse, cómo debe ser el amor, e incluso quién debe estar a cargo de la limpieza de su casa.

Un tercer personaje, la viuda y liberal Esther, bajo la interpretación de la veterana Julianne Moore, funciona como elemento de crítica a estas posiciones entre el amor de película romántica que espera Barbara y el sexo salvaje de PornHub que anhela Jon. Es a través de ella que se cuestionan ambas posturas y se propone otra de mayor libertad entre los amantes.

donjon-1El Escribidor siente que ha contado ya de más y prefiere detener su perorata descriptiva-narrativa con una conclusión: Don Jon, primera película escrita y dirigida por Joseph Gordon-Levitt, busca cuestionar los clichés sobre el amor y el sexo que predominan entre hombres y mujeres. Para esto, recurre no a figuras de inadaptados como suele usarse, sino que, con base en el lugar común, se construyen personajes bien establecidos en el centro de la sociedad a los que se lleva hacia situaciones de confrontación en las que puede apreciarse el punto crítico de la cinta. Finalmente, El Escribidor ve en ésta una película ligera y divertida que, sin mayores pretensiones artísticas, logra algunas carcajadas del espectador que no espera más que entretenimiento, palomitas y refresco.

El Escribidor salió de la sala de cine preguntándose: ¿todos los hombres ven porno?

El tráiler a continuación:

 

 

Originally posted 2013-12-12 19:55:32. Republished by Blog Post Promoter

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