Una bienvenida, para despedir a Juan Gelman

mayo 12, 2014

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Eventos, Extras

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PRIMERA LLAMADA

Te culparás por haber salido media hora más tarde. Carajo. Es viernes y el metro anda con una parsimonia de tortuga embriagada que te obligará a pensar que el cacharro anda inmóvil nomás para joderte. No importa. Saltarás de dos en dos la escalera. Rebasarás por el centro, la derecha. Saldrás a la calle. Rotarás la cabeza para orientar los ojos. El cielo te caerá encima. homenajejuangelmanjvl_0676b

 Seguirás de frente hasta la esquina próxima. Resoplarás una, dos, tres veces. Son las 8 en punto. Y cuando crees que nada podrá salvarte del atolladero, escuchas estallar el graznido de aplausos fuera de un edifico que dice “Teatro de la ciudad”, enmarcado por la fotografía gigante de Juan Gelman, con los ojos sonrientes.

 Irás sin miedo. Algunos jóvenes lanzarán papeles desde las ventanas del teatro y la gente hará lo posible por atrapar al vuelo algunos versos del bardo argentino de nacimiento, pero mexicano por vocación.

 De pronto, un hombre salido de entre el caos te sostendrá la mirada y asaltará tu atención: Un pájaro vivía en mí. Una flor viajaba en mi sangre. Mi corazón era un violín. Quise o no quise. Pero a veces me quisieron. También a mí me alegraban: la primavera, las manos juntas, lo feliz…, para perderse de nuevo por donde vino, sin dejar rastro.

SEGUNDA LLAMADA

 Encenderá un cigarro. Hará como quien extravió el tiempo y se acercará a ti para solicitar que, si por favor, le detienes el bolso. -¿Ya tienes tu boleto para entrar?-, te dirá desde sus ojos expectantes. –Sí-, responderás. Ahora extrañado por la atención de la desconocida. –Aquí está el mío-, lo elevará, victoriosa, en el aire. –Si tengo suerte quizá te encuentre adentro-, y arrojará el cigarro, ya sin vida, lejos de ti. No dirás nada.

 La urgencia te conducirá hasta tu silla. Burlarás el orden. Te escabullirás de los vigilantes y será tu asiento, tres filas tan sólo, frente al escenario. Antes de comenzar el acto se abarrotarán los palcos laterales. Y escucharás el sonido que hacen los versos al caer, mientras un grupo de jóvenes recita distintos poemas desde el último nivel de las alturas. Déjame adivinar, ya está pensando en el Altísimo. En ese caso, te equivocaste de crónica.

TERCERA LLAMADA

 El futuro se hará presente. Enmudecidas las luces, el silencio sube por los espectadores lo mismo que una serpiente al acecho. Las imágenes cobran voz y Juan Gelman empuña sus versos para presentarse a sí mismo:

 Las maravillas y miserias del amor / sus oscuros fulgores / sus catástrofes / caminar al filo de la pérdida / dar lo que no se tiene / recibir lo que no se da / el amor a la poesía/ a la madre / a la mujer / a la belleza todavía de este mundo… /

 1930. 3 de mayo. Nace el poeta en Bueno Aires, Argentina. Y ahora lo tienes, pequeño, a la puerta de tus ojos. Sucesión de imágenes que hilvanan las horas hasta la noche de hoy, donde el poeta continúa su poesía. Biografía. Poema. Biografía. Poema. Siempre uno detrás de otro. Retratos y palabras entrelazados por la memoria. La gente no habla ni un pelo. Los ojos son al frente.

 De pronto, las notas de un piano aderezan otro poema de Gelman. Liliana Felipe moja sus dedos en los mares de la melodía, y afirma con júbilo que gracias a la poesía de Juan aprendió que se puede vivir mejor. El público le aplaude con todo el cuerpo.

 Pasada la música, ahora se proyectan fragmentos del discurso que el poeta enunció al recibir el Premio Cervantes, en 2007. En el que señalaba que cada 3.5 segundos muere un niño menor de 5 años a causa de males curables. Y sin embargo, “allí está la poesía, de pie contra la muerte”.

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 Esta vez el tango adquiere cuerpo. La Orquesta Mexicana de Tango tensa los sentimientos de los asistentes que tararean la música con las manos, y sonríen a susurros, como cuando se canta para uno mismo. El acordeón sacude la sala. Los violines ondean a todo volumen. Los ojos bailan, bailan, bailan.

 Del tango al trío, hay sólo un hombre. Oscar Chávez en compañía del Trío los Morales continuaron el incendio con “Un corrido con aromas de milonga”, en honor a los años que Juan Gelman vivió en el exilio. Para entonces, el hombre a tu derecha canturrea la canción al oído de su novia. Y ella tiembla bajito.

 Se encienden las luces. Hombres, mujeres y niños se tallan los ojos. Menean la cabeza tratando de entender lo que sucede. Un hombre ataviado a la manera de Rudo y cursi –mitad cowboy-mitad-ranchero- alza la voz para anunciar el espectáculo de entretiempo:

 Y ahora, para su deleite, pensado 75 kilogramos y midiendo 1.75 metros, el terroooooor de los niños. En esta esquinaaaaaaaaaaaaaa. Habla arrastrando las palabras. Palabras como cadenas. Cadenas como huellas de dinosaurio indelebles en los oídos de los niños, que ahora se cubren los ojos atemorizados por la máscara de un diablo con la lengua de fuera.

 Incertidumbre total. Hay personas que no entienden. A tu izquierda, una mujer se levanta indignada y abandona la sala rezongando maldiciones contra quien se le ponga enfrente. El resto de la gente sonríe, se interroga, saluda y aplaude los giros de los luchadores. Sobre ti, alumnos del Centro Universitario de Teatro intercambian alegatos con los enmascarados eufóricos.

 -¡La tuya primero, che´chango plateado!-, interviene una mujer de entre el auditorio, sin dejar de aplaudir tan campante. Deambulan los gladiadores entre las filas. Obsequian libros de poesía al azar. El mundo abuchea, alienta, rechaza y recibe al mismo tiempo la trifulca de quienes vuelan por todo lo alto y bajo de la pícara escena.

 Vencida la euforia, pero no el entusiasmo,  el son jarocho se planta en el escenario para zapatear a lluvia de versos las coplas populares de aquél rincón mexicano. Argentina y México se abrazan en el grupo Son de Madera, que se adueña del momento para cubrir de algarabía el ánimo de los escuchas.

 -¡Rrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr´ja!-, grita, contagiado, el estudiante sentado detrás de mí. Y nada detiene, ni quieren detener su alboroto, reflejo puro de alegría en el acto. -¡Eso es todo, bailadooooooooooooooor. Rrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr´ja,  bailador-, prosigue el joven, absorto en el ritmo del canto.

 La música no se detiene. Juan Gelman se va y regresa durante todo el espectáculo. Sonríe. Apunta con el índice. Fuma. Extiende los brazos. Saluda pero no se despide. Juan, Juan, Juan, interviene Mara Lamadrid, viuda del también periodista y, como él, argentina de cuna y cepa.

 -Agradezco el hacer posible esta fiesta. Me parece que Juan debió haber andado por aquí; en las fotos aparecen sus cenizas, entonces él debió haber aplaudido muchísimo, y se debe haber ido, porque él es discreto-, dice la mujer de cabello rojo como el cantar de Veracruz, que no cesa ni un momento.

 Así se despide de los asistentes. Sonrisas. Música. Versos cayendo en un giro interminable cubriendo de palabras el teatro. Cubriendo de poesía el instante. La música no se detiene

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ACTO FINAL

 La buscarás al salir. No conocías el número de su lugar, pero saber que no se ha marchado. Lo intuyes. No podrías explicarlo aunque te dieran un manzano para ello. Te abrirás paso hasta la entrada. Codazo. Zancadilla. Sonríes a todos lados y, sin esperarlo, sabes que encenderá un cigarro. Caminas hacia ella, pero ya no está sola. Alguien más le sujeta la mano.

 Ahora te culparás por no haber salido media hora después, para no tener que verte caminar hacia la noche, pero ese ya es otro cantar. Y no serás tú quien lo cante.

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