Un tal “Sábado”

junio 12, 2014

Por:

Arte, Literatura, Vista

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Se despertó bien. Pocas veces había dormido tan cómodo. No supo en que momento, ni dónde dejó los calambres del pasado. Miró a Gelman echado en la orilla de la cama. Como siempre, tenía pesadillas. Ladraba en murmullo, y movía sus patas de atrás hacia delante, como si corriera.

 Sonrió ante la idea de que un perro pudiera tener recuerdos y exponerlos en sueños, sueños felices donde corretean un hueso gigante o las tinas de baño no existen. Lo acarició y se levantó de la cama.

 La empezó a tender no sin antes realizar un ritual más sagrado: oler la almohada de Nica. Siempre olía a vainilla. Ese olor le recordaba a su tía Matilda que, entre más se enojaba, más desprendía su olor dulce. Por eso, todos los días hacía exactamente lo que no debía. Él tenía 9 años y la tía Matilda, 16. Era la mujer más hermosa y regordeta que había visto; tenía una piel rosa, nariz redonda, ojos grandes y tristes.

 Se sonrojó con sólo pensar que ella fue la primera en desvirgar sus labios inexpertos. Lo que nunca supo fue que los labios de Matilda eran igual de vírgenes que los de él.

Recordó. Ese era el día que había estado esperando. El día que pudiera recordar sin morirse un poco en el trayecto.

 Evocó a su papá. Lo primero que le vino a la mente fueron sus enormes manos, siempre cargando un libro viejo. Recordó a su mamá, y la única foto que tenía de ella. Salía caminando tapándose del Sol con una mano. “Qué tonta es mamá”-decía. Cuando era niño, imaginaba que él estaba a su lado, sonriendo como ella y haciendo el ridículo acto de taparse del Sol. Inmóviles.

 Su papá le había explicado que así como en las fotos, donde ninguno de los personajes se pueden mover; así había quedado mamá. “Tu mamá estaba enferma y por eso murió. Pero, no te pongas triste. Será más cómoda una cama de nube que un colchón normal”, y le cerraba un ojo de donde descendían un sinfín de lágrimas todas las mañanas al ver que la almohada de su mujer estaba intacta.

 Los libros que leía papá eran para gente grande. Papá conocía a todos los que leía. Hablaba de ellos todo el tiempo. Un día robó uno de ellos. Un tal Sábado o Sabato que nunca apareció en la casa. Después de las primeras siete palabras…Esa tarde decidió que no había nacido para leer ni para que sus manos olieran a hojas viejas como las de su padre.

 El vicio de la “no lectura” lo llevó hasta Verónica. Desbancó a la tía Matilda con sólo verla una vez y de reojo. Con Verónica siempre era al revés. Cada vez que sonreía, salía el olor. Como si en su boca, en sus brazos y en sus piernas plantaran vainilla.

 Todo el tiempo que le debiera de dedicar a la lectura, lo dedicó al cine. Asistía a clubs de cine pequeños, con entusiastas y muchos pseudo intelectuales que no hacían más que decir idioteces. Prefería no decir su opinión frente a los idiotas.

 Fue un 24 de Septiembre que encontró a Nica. Estaban proyectando una de las mejores películas de todos los tiempos según él: In the mood for love. Estaría eternamente agradecido con Wong Kar-Wai por la obra cinematográfica que le regaló. Sentía que esa película era para él. Desde Maggie Cheung hasta la música de Umebayashi.

In the mood for love

In the mood for love

 No sabía si Verónica había entrado a propósito, en el momento justo para que todos la voltearan a ver, o fue una simple y perfecta coincidencia. Prefería las coincidencias, al igual que su papá. Después se enteró que esa idea de las coincidencias era de Julio y no tanto de su padre.

Julio Cortázar

Julio Cortázar

 Entró y comenzó a retumbar la música, aquellos violines y el desconsuelo de los mismos. Caminaba lento, como lo hacían en la película. “Así caminaba mi mamá”-pensó.

Luego de pensar, se enamoró. Con Verónica siempre era al revés.

 No vivió una historia de amor digna de contarse en una novela o una película china, pero pensaba que Verónica merecía ser inmortalizada de alguna u otra manera. Es simplemente hermosa. Tiene los ojos de un color que, mientras la amara y lo amara, nunca podría descifrar. Sin embargo, no era tanto el color porque, aún con los ojos cerrados es igual de linda.

 Se le antojó Nica un poco más que el habitual café de la mañana. Fue a la cocina a preparar la respectiva dosis. La taza de Nica estaba medio llena (o medio vacía), y a la cafetera le quedaba un charquito de café. Se extrañó de eso. El día que se casaron, prácticamente se habían jurado tomar café en las buenas, en las malas y en la mañana después de despertar.

 Preparó la segunda ronda. No le dio mucha importancia a la “infidelidad” de Nica. “Verónica, mi Nica”-dijo.

 Escuchó la regadera. Supuso que podía ser la oportunidad perfecta de abrazarla, de arrancarle la piel a besos. Se fue desvistiendo mientras caminaba hacia el baño. Abrió la puerta y el vapor lo vistió. No se veía nada. Entró a la regadera y la vio. Contempló toda su espalda llena de cicatrices. La comenzó a besar, a tocar su cuello, bajar las manos hasta la cadera. Sentía que sus manos eran peces. Nica nunca volteó. Nica no dejaba de llorar.

 Se puso enfrente de ella. Siempre que Nica lloraba, él secaba sus lágrimas con los labios y después la besaba. Le decía, “No me hagas limpiarte los mocos”, y se reían.

 Hizo exactamente lo mismo, pero Verónica nunca rió.

 Poco a poco fue desapareciendo. Cada parte de él se fue con las lágrimas, una a una. Él, sólo podría existir en el café de Nica. Cuando sólo quedaba un pedazo pequeño, una lágrima, entendió todo.

Se despertó bien. Había dormido en una cama de nube.