Truman Capote o el encanto del veneno

 Por Alfonso Meza.

Antes de la voz estuvo el gesto. Un trazo arrastró consigo las menudencias del pasaje siguiente; los ojos, las orejas, aquella tenue curva hecha nariz, la sonrisa. Hijos de una geometría de la expresión, los hombres vieron la luz, después las palabras, más tarde los números. ¿Y si la historia nunca fue una vez? Todos los días nace un hombre y en todos los hombres nace un día; no siempre fue así.

Surgen, crecen, se miran en una mujer (o en otro hombre, según el deleite), ella los toma en cuenta, o no, y escriben no sin antes haber dejado un rastro numérico de su existencia: la cuenta del banco, el número telefónico, la talla del pantalón, los kilómetros andados, los retardos en la oficina.

 Capote

Comienza, entonces, la comunión entre palabra y número. Un hombre existe. La fecha de entrega es vital en el acta de nacimiento: la palabra es nombre. El número, una coordenada de localización satelital en los calendarios del tiempo. Helo aquí, frente a nosotros, imperfectamente exacto, rubio, vanidoso, seguro de sí mismo. Capote de apellido, Truman para todos.

Su primera cifra fue 1924. Ahora una frase: Nueva Orleans, Estados Unidos. El niño viaja de casa en casa hasta llegar con Joe Capote, un ciudadano cubano que conduce a Truman hasta Nueva York. El adolescente llega en un escribir y borrar de palabras; se sabe atractivo, singular, divertido. Es corrector de pruebas en el diario The New Yorker.

Capote II

A los 21 años Truman Capote ya engendraba relatos cortos. A los 22 años, la editorial Random House le arrojó el anzuelo de escribir una novela, y le tomó unas vacaciones hacerlo. El tiburón se confrontó a sí mismo; Otras voces, otros ámbitos fue la primera novela de un hombre colmado de palabras.

La valía está presente en la inconformidad. Capote lo supo. Truman se retó a alejarse de la farra y la frivolidad de las fiestas que frecuentaba, y bajo al inframundo de las historias no ficticias. Fue así como solicitó ser corresponsal del New Yorker para evocar la historia de una familia asesinada en Kansas.

Fotógrafo de pluma fina, Capote se aproximó a los fragmentos de una historia en continua transformación. Se involucró con los personajes, deshizo a las personas, se volvió un adicto de su propio misterio. Escribió una novela y atrajo el éxito: A sangre fría. La crítica se volcó en halagos hacia el periodista-escritor. Pero la vanidad también abandona, y él estaba cercano a su párrafo último: la muerte.

El pasado 30 de septiembre Truman Capote cumplió 25 años de estar sin vida. De nueva cuenta los números y las palabras entrelazan los dedos, nos callan el decir y se afianzan en una historia. A sangre fría se compone, más allá de un microcosmos psicológico y situaciones decisivas para el lector, en una aproximación al mínimo acontecer diario que revoluciona al mundo.

Capote III

Narrar un asesinato no es escribir. Escribir es asesinar en una narración. Asesinar una narración es no escribirla; asesinar es decir, y sólo dice quien antes aprendió a narrar. Aprendamos del gesto. Truman Capote vivió a causa de una sobredosis de insatisfacción con el todo. Desde la primera letra se reconoció inigualable.

“Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio.”, aseguró una vez. Capote sabía de qué estaba escrito. Porque para hacerse hay que destruirse. Y también los genios se enamoran, de lo contrario no serían genios, ni Capotes, ni palabras, ni números, ni una historia.

Feliz cumpleaños, Truman.

Jamás te arrojaste a la muerte desde tus sesenta años, te burlas de nosotros.

Originally posted 2013-10-08 11:35:38. Republished by Blog Post Promoter

One Response

Comments are closed.

Regresar al inicio
Facebook Auto Publish Powered By : XYZScripts.com