Tres tristes tigres sedientos tras el trigal

noviembre 16, 2014

Por:

Arte, teatro, Vista

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“UN HOMBRE QUE NO SE ALIMENTA DE SUS SUEÑOS, ENVEJECE PRONTO”

 William Shakespeare

Un antropólogo forense se encuentra en su mesa de trabajo frente a los huesos de dos personas jóvenes que murieron unidas. Un hombre y una mujer se ahogaron abrazados en el lago del pueblo hace muchos años. Ese muchacho había comenzado el día decido a no callarse, andar por ahí cuestionando a todos acerca de la utilidad de cuanto acontece o se hace en la cotidianidad. Quien fuera persona ahora es un cadáver, alguna vez fue compañero de clases del hermano del forense, él mismo convivió a su lado pero ahora está de frente a su persona pidiéndole identifique sus restos y redescubra más allá de la historia que quedó en el pasado del profesionista en el laboratorio, cuando era un soñador y escribía para permitirle a su alma expresar lo que a su alrededor pasaba, ahora ya no más.

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 Se ha hablado tanto de la dramaturgia de Wajdi Mouawad desde que llegó al mundo del teatro, que realmente queda poco por describir, pero mucho por sentir  a través de su escritura. En esta ocasión con Sedientos, que repone temporada los domingos en el Teatro La Capilla, dirigida —por supuesto— por Hugo Arrevillaga (sí, advertencia de llanto, favor de llevar sus pañuelos desechables).

 Mouawad expone la historia de una persona que alguna vez escribió una obra de teatro, sin otro propósito más que sacar de su sistema aquello que sentía, las palabras eran el medio y su significado la aproximación hacia una teoría sobre el merecimiento de la felicidad. La persona vio humillados sus sueños y los abandonó, mató una parte de su ser, al artista y nadie se dio cuenta, hoy la muerte está de frente a él reclamándole por aquello que se llevó sin que fuese necesario o útil.

Poéticamente, el autor desarrolla una invitación abierta el público, consistente y concisa a un mensaje: No abandones tus sueños. Porque una decisión cambia el curso de toda una vida, en este caso la representación usa de vehículo a la adolescencia, un momento en el desarrollo del ser humano lleno de frenesí y vigor que demanda como niño pequeño el saber práctico de todo aquello que lo rodea, sus sistemas de funcionamiento, etc. En ese punto de inflexión ocurren dos vertientes: la sustentación de los sentimientos o la retractación de uno o varios.

 Empero de la situación, la dirección de Arrevillaga nuevamente es cómplice del autor libanés y consume las palabras del discurso a través de la belleza como el elemento principal a juego. Aquí hay una sensación de soledad que es intolerante, junto a una necesidad de alejarse de los mecanismos de autodefensa a la vida y sus sensaciones.  Los personajes que desfilan por el escenario comparten ambiciones en torno a la belleza: conocerla, alcanzarla y materializarla, metas que coexisten en el tenor de no ser factibles sin la creencia de poder esclarecerlas.çj bç

 “MAÑANA VOY A VOLVER A EMPEZAR, PORQUE NO HAY RAZÓN PARA DETENERSE”

Arrevillaga conduce esta historia en una exploración de acciones abiertas y persistentes que resisten a la inclemencia del tiempo como fantasmas en pena. Convoca a sus actores a entender el panorama que provoca la desolación de vivir en la lejanía total a los sueños que uno mismo se plantea. La coreografía sostenida es ágil y llena de figuras de apoyo en amalgama con la breve escenografía y delimitada iluminación, de tal forma que cada cuadro construido comunica efectivamente una postura diferente para conjuntarse en un producto que destaca cuanta variabilidad es posible.

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 Decirle a la audiencia que siempre hay un motivo para vivir cada día, además de que el lazo de la humanidad nos une por siempre, no es fácil. Dicha capacidad requiere de una sensibilidad alta por parte del actor. Miguel Romero aparece en escena dominando esa necesidad, generando un viaje bastante placentero por su franqueza y tono que se torna cada vez más enternecedor a medida que la trama se desarrolla. El actor no solo transmite  la delicadeza de la vida misma, tambaleante e imprecisa, sino que extrae con cautela la vulnerabilidad de los seres humanos a ella misma.

 Pamela Almanza es suave en su interpretación y bondadosa con sus compañeros para conjurar momentos de lucidez, Andrés Torres Orozco impacta fuertemente por los constantes choques dramáticos que su rol posee, haciendo al actor lo suficientemente hábil para sacar a flote la gama de emociones reprimidas que debe sin hacerlas perder su condición.

 Esta es una obra de oposición a las renuncias impulsivas y en pro del emprendedurismo hacia los alcances deseados. La percepción de la realidad invisible dónde las esperanzas se han marchitado es dura y crítica, pero asienta muy bien a la acción que pide recibir la información son sensibilizaciones plenas y el corazón. Dónde la sed de sueños se satisface tan solo con demostrar acciones de peso para cambiar. Tan entrañable como directa, se construye certera, como la vida misma.

Saúl Campos

Comunicólogo, apasionado del arte y la información. Adicto al teatro.