“Llamadas de Ámsterdam” Juan Villoro

Leí yo  “Llamadas de Ámsterdam” por ganas francas de tener la firma de Villoro en un libro escrito por él, es infantilismo claro, y de corriente no me fascina que me rayonéen los libros manos ajenas por muy sus creadores que sean. En todo caso no llevaba ningún otro libro de su autoría y no llevaba tampoco mucho dinero para el acto. De modo que terminé comprando un libro en el bienamado recinto del INBA porque Almadía tuvo a bien llevarlos y compré “Llamadas de Ámsterdam” que se ajustaba al presupuesto del momento.

Juan Jesús colocó la tarjeta en el teléfono y marcó el número de Nuria. Escuchó su voz en la contestadora, el tono fresco y optimista con que la conoció, aunque en el fondo sólo conocemos optimistas, ¿quién anuncia sus miserias desde el primer encuentro? No dejó mensaje.

 Narra un fragmento en la vida de Juan Jesús, de su historia con Nuria, básicamente los retazos de ésta. Propiamente una historia de desamor y desencuentros, justo como el la cataloga. En la red las reseñas que hablan de ella, la alaban de muchos modos.

 Si bien se hace evidente el oficio de escritor, está presente, que Villoro es considerado un intelectual del tiempo que nos aqueja, ésta novela en particular me suena a trabajo por encargo o falto de inspiración o de compromiso. El estilo se le nota, pero hay algo en la historia que no cuaja, que la idea es buena se me pasa por la cabeza porque lo he oído de alguien y no lo creo tan cierto. A mi me cae bien Villoro pero no pretendo que me quiera. De modo que con total libertad puedo decir que mejor se ahorren la novela.

 Aunque si piensan en no seguir el consejo, les dejo la liga en que se encuentra el escrito, publicado primero en España y luego por Almadía, que es una editorialaza eso sí.

 

Conan Doyle: La lupa bajo la novela del crimen


El dramatismo serial, los acontecimientos más controversiales, el rumor del asesino en suerte, las noches llenas de protagonismo existencial, mentes desquiciadas y la lupa bajo las huellas del que parece estar desapercibido, son el escenario que le da vida a la obra de crimen de Conan Doyle.

doyle Nos causa controversia y también morbo, el escuchar o leer sobre asesinatos, violencia y demás situaciones que se le asemejen, esto se plasma en que constantemente somos consumistas de libros que reflejan la novela policíaca y de crimen, de películas que relatan y revelan la violencia que se manifiesta en las relaciones sociales, periódicos que lanzan miles de encabezados con palabras tan sangrientas y fuera de orden como: Fue violada y mutilada por su esposo –así de amarillista y cruel se torna el mensaje– y mientras, la familia en cuestión llora la pérdida de su ser querido.

Conan Doyle dio paso a la creación del personaje – quizá más conocido- de la escena del crimen y misterio: Sherlock Holmes. Persona que posee gran capacidad de raciocinio, retentiva y una habilidad pintoresca para deducir el porqué de la escena en asesinato y homicidio.

“El matar a un personaje sin testigos de vista ofrece indudables ventajas para el autor de novelas. Y si, además precipita el cadáver en un lugar del cual nadie podrá sacarlo, hace con ello imposible que la justicia levante el cadáver y deje constancia de su muerte.”

 El sentido operativo y táctico de cada una de las novelas del autor, aparecen en el momento preciso en que el lector se haya enfrascado entre la laguna del crimen y la persecución; situaciones que lo hacer leer una y otra página, hasta que todo termina envuelto en un sinfín de acontecimientos que lo dejan perturbado, para que por fin pierda el sueño.

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Crédito:Nuestro mercado.com

 La ficción parece convertirse en la realidad de un ataque que no parecía tener secuencia alguna pero conforme a la aparición de cada personaje, se va hilando una trama que permite dar cuenta de cómo la lupa y el rastro que van dejando, se unen para darle una temática llena de dramatismo y singular a cada párrafo. La deducciones, las va haciendo el propio lector, descubre y recrea un escenario que le permite tener los pelos de punta y tener en cuenta, quién parece ser el asesino.

 La serie novelística del autor, va de la mano con el contexto histórico en el que se desenvuelve –específicamente de la Primera Guerra Mundial-, donde la muerte y la contingencia social se unen para convocar una ola de sucesos que de lo inadmisible hacen lo posible.

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Crédito:Tumblr.

 Estudio en Escarlata (1887), El archivo de Sherlock Holmes (1924-26), Cuando la Tierra lanzó alaridos (1928), La máquina desintegradora (1929), forman parte de un listado de obras que permiten navegar sobre los magnicidios más extraños y somnolientos, que dan cuenta de la gran presencia para transmitir miedo y temor del célebre escritor escocés.

 Las casualidades no parecen existir, y mientras la recreación se ve fortalecida con un gran número de detalles, el acontecimiento parece que llegará a su fin, y de repente, la ruta cambia y parece ser que no hay cabida en el nuevo camino y entonces, el lector se desespera; lee y relee y sin embargo, ahora parece ser que todo tiene sentido y el cambio era prudente y necesario.

 El relato presenta más claridad conforme avanza, en el principio parece que sólo la crudeza cobra vida para representar a cada personaje  –por muy ofuscada que sea la aparición-–y la recreación de cada actividad, permite que no sólo se haga una deserción entre las causas y consecuencias de cada pista, el detective no es Sherlock Holmes, el detective suele ser el que tiene el libro entre sus manos y se muerde las uñas por saber quién resulta ser el asesino a sueldo.

 Y el último destello de sorpresa, aparece para vincular la idea con lo que plasmó el escritor. La novela de crimen, cobra vida desde que la imaginación trata de enlazar un nexo entre sujetos y acciones, no está demás mencionar que el misterio parece gustarle al lector y lo hace ser partícipe de una serie de eventualidades por las que pasa  la novela.

La soledad de los animales

“¿Lo ves? dice , sólo los animales recuerdan cómo ser felices.”

El arte es generador de vida; su nacimiento es humano y su muerte, también. Siempre nos cuenta una o más historias: consecutivas, suspendidas, amortiguando el fin y manifestando treguas. Con una mirada, una palabra, un paso, una imagen, dan a luz un mundo en cada uno de nosotros. Es natural, y duele. Por eso, la literatura como manifestación artística propia del hombre también puede ser una idea, un arma, un deceso.

 Naturaleza del hombre, de animal, de dolor. Desde hace mucho tiempo que los hombres se perdieron el asco –o respeto a sí mismos y por ende, a todo lo demás.

 La soledad de los animales de Daniel Rodríguez Barrón, logra en unas cuantas páginas –porque eso es lo que el hombre tiene que decir de sí mismo actualmente retratar la violencia del hombre, que siempre justificamos como instinto; sin embargo, la sobrevivencia se pierde cuando el placer se antepone.

"La soledad de los aimales" de Daniel Rodríguez Barrón
“La soledad de los aimales” de Daniel Rodríguez Barrón

 Esta primer novela de Rodríguez, cruel, rápida, sarcástica e irónica, narra la historia de un periodista alcohólico que encuentra a Laura, activista radical que busca salvar animales de manera desenfrenada. En su intento por lograrlo, se vuelve víctima de las verdaderas bestias irracionales: trabajadores de laboratorios, científicos que experimentan con perros, hasta los personajes que tratan a sus mascotas mejor que a ellos mismos.

“Según la nota, los encontraron muertos, con claras señales de tortura; a ambos los violaron; los acuchillaron en la cara a sabiendas de que ninguna cuchillada en esa parte del cuerpo puede causar la muerte, lo hicieron por diversión…”

 La metáfora que plantea el autor, alejada de una sociedad “civilizada”, nos mantiene alerta, nos recuerda constantemente (y no sólo a través de videos virales) que ser humano puede ser un peligro para quien está a nuestro lado y para nosotros mismos.

“…luego abrieron sus cuerpos en canal y los rellenaron con pollos aún sin desplumar, tal vez incluso las aves estaban vivas aunque atadas de las patas. Con su sangre escribieron en las paredes: “Todos somos animales”.”

 Daniel Rodríguez Barrón estudió Letras Inglesas en la UNAM. En 2008 recibió el Premio Nacional de Periodismo, específicamente en la parte de Divulgación Cultural. Su trabajo como editor, periodista y colaborador es extenso, abarcando más de 20 años de trayectoria.

 Como recomendación, no sólo encontramos esta novela, Incidentes, es su libro de cuentos. Ha incursionado también en el teatro. Su obra La luna vista por los muertos (título que, en lo personal, me hace pensar en Juan Rulfo) le permitió recibir, en el 2002, el Premio Nacional de Dramaturgia Joven Gerardo Mancebo del Castillo.

 La soledad de los animales editada por La Cifra Editorial, es el ejemplo perfecto del curso que la literatura mexicana ha estado tomando desde hace unos años. Letras que parecieran dejar inconclusa la intención, pero si se leen bien, simplemente optan por dejar una brecha abierta al diálogo y la reflexión de los lectores.

 ¿Qué somos?, ¿en qué nos hemos convertido?, ¿la inconciencia nos supera o nosotros ya superamos nuestros propios límites?

Ardores que matan (de ganas)

 “Como sabemos, en cosas de amores lo común es fracasar”. Las situaciones que envuelven pasión, deseo y cariño, se tornan caóticas de vez en cuando, para el que pretende perseguir y seguir un romance con un nombre prohibido: llámese Teresa, Lupita, Jimena, David, Pepe, Bulmaro, como gusten, al final de la historia da igual. El nombre se reemplaza y comienza una nueva desventura.

 Una vez que se le dedican dos que tres pensamientos, sabemos de sobra la condena que se debe pagar.

 En cuestiones de este tipo, el personaje (tú, yo, cualquiera) deja su nombre bien enterrado para convertirse en alguien más; y no tanto por lo que dice Borges: “todos los hombres, en el vertiginoso instante del coito, son el mismo hombre”, no; sino porque algunas personas, me incluyo, podrían identificarse con las historias de Ardores que matan (de ganas).

 Esta novela narra anécdotas que calan cada uno de los órganos. El protagonista, rey de su soledad, describe a destiempo el camino que ha de recorrer desde la primera vez que sintió la inepta necesidad de amar y (peor aún) de ser amado.ardoresque

  Ramón Córdoba, autor de esta suntuosa novela, se acerca a la trágica verdad de las relaciones, que de pronto nos inquietan.

Ramón Córdoba, editor y escritor mexicano
Ramón Córdoba, editor y escritor mexicano

 Con humor ácido y un lenguaje ordinario, el escritor capacita al lector para sentir diversas emociones. Quizá, la excelencia de esta novela no se encuentre en el manejo de la lengua, pero muchos se sentirán identificados con los modismos del autor.

“Ahora, muchos años después, como a ustedes les consta, tengo los güevos negros del humo de mil batallas y trato de creer que gente de nuestra magnitud espiritual no vive en busca de un corazón de oro ni espera hallarlo, pero sabe reconocerlo cuando lo encuentra.”

 Durante el transcurso de la lectura, uno cae en cuenta de que la palabra sexo pierde culpas. Córdoba reitera que el coito no es sólo placer, también es una forma diferente de dar amor: es el encuentro que va más allá de la persona; es la conexión con el amor mismo.

 Lo que se siente son ardores provenientes del recuerdo que nunca fue.

 A pesar de que la historia es comandada por hombres, aquellos “calentorros sin remedio”, no se excluye la sensibilidad y el deseo de la mujer; que no sólo juega un papel de verdugo, además, interpreta una que otra historia para así saber que entre todos, nos matamos las ganas.

“Me interesan sólo las causas románticas, las causas justas y las causas perdidas. Mi reino no es de este mundo”

Somos hijos de Juan Rulfo

“Este pueblo está lleno de ecos. Tal parece que estuvieran encerrados en el hueco de las paredes o debajo de las piedras. Cuando caminas, sientes que te van pisando los pasos. Oyes crujidos. Unas risas ya muy viejas, como cansadas de reír.”

La prosa hipnotizadora de Juan Rulfo se extiende desde los ojos de las manos hasta el alma. Funciona como los ecos que persiguieron a Juan Preciado por todo Comala. Uno, palabra a palabra, se va convirtiendo en habitante de allá, de aquí y de cualquier parte. rulfo-43ede-comala-1

 Rulfo logró herir nuestra piel para asentarse ahí, donde nadie se ha atrevido a rosar, y menos acariciar. Quizá esa sea la razón por la que todos son (y somos) hijos de “un rencor vivo”, hijos de Juan Rulfo, de “un tal Pedro Páramo”.

 El escritor y fotógrafo nació el 16 de mayo de 1917. Fue hasta 1945 que comenzó a publicar sus cuentos, y unos años después comienza a  publicar su trabajo fotográfico. Para 1952 obtiene su primera beca otorgada por el Centro Mexicano de Escritores. Inmediatamente, un año después se edita lo que significaría para la narrativa mexicana el inicio de todo un culto y una tradición literaria: El llano en llamas. Este libro contiene 7 cuentos (publicados con anterioridad en revistas) más otros 8 relatos nuevos.

 En 1955, nace un libro que lleva por nombre Pedro Páramo. Junto con él, se da a luz el uso de las metáforas más maravillosas y completas; se concibe un mundo lo suficientemente real para ser imaginado, y aún mejor, para ser narrado.

“-Sí. Quizá usted debió saberlo.

-¿Y por qué iba a saberlo? Hace muchos años que no sé nada.

-Entonces ¿cómo es que dio usted conmigo?

-…

-¿Está usted viva, Damiana? ¡Dígame, Damiana!

Y me encontré de pronto solo en aquellas calles vacías.”

Juan-Rulfo

 Con Pedro Páramo se lee a Rulfo no sólo en páginas, sino en el silencio. Es padre del silencio que ensordece y amodorra el cuerpo. Está presente en la voz de todo quien se atreva a contar algo, de hablar y de disponer del lenguaje que oscila entre la vida y la muerte.

 El autor escribe que los recuerdos, con el paso del tiempo, se ven envueltos de “capitana”, de aquella planta que ocupa su lugar cuando todo está vacío y crece a causa de la lluvia que no deja ver claro lo que se tiene bien enfrente. La voz se vuelve áspera, dura como la piedra; y un día se extingue hasta convertirse en pequeñas piedras que forman parte del llano seco y deshabitado.

“Faltaba mucho para el amanecer. El cielo estaba lleno de estrellas, gordas, hinchadas de tanta noche. La luna había salido un rato y luego se había ido. Era una de esas lunas tristes que nadie mira, a las que nadie hace caso.”

 Juan Rulfo es y será el calor intenso y agotador de agosto. Cada vez que uno respire y sienta que la nariz está a punto de reventar porque el aire está acarreando almas de un cuento para otro, siéntase en confianza de contar su historia o la de cualquier otro, que alguien lo estará escuchando.

 Carlos Velo dirigió la única adaptación fílmica de esta novela corta, aquí el link para comparar su visión con el original.

https://www.youtube.com/watch?v=h1iv3MWPyE8

Begoña Borgoña, Alguien está cantando

Es una tarde como cualquiera en las afueras del café Pillango, hay dos amigos platicando cómodamente sobre las sillas de madera pertenecientes al local: una mujer alta, de distinguidos rizos negros y afiladas facciones. A su lado, un hombre ya canoso con el peso de los años en la espalda, pero la jovialidad en el rostro. En la mesa artesanal que les divide, sobresale una montaña de libros, todos bajo el mismo título: “Alguien está cantando”.

Alguien está cantando, presentación de libro

 Así como tantas veces, acompañan su conversación con un buen café y unos cuantos cigarros, sin embargo, en esta ocasión, entre bocanada y bocanada no hablan de proyectos futuros, o se ponen al corriente de lo que sucede día con día, tampoco hablan de literatura en general, o de sus autores favoritos; esta vez, hablan acerca del libro que tantas veces se repite sobre la mesa de madera de pino… ¿qué párrafo es el más representativo?, ¿cuál te atrapa en su contenido?, ¿cuál compartir con aquellos que aún no lo conocen? Difícil decisión para la autora del libro (Julieta Gaxiola bajo el seudónimo de Begoña Borgoña) y uno de sus más próximos lectores (Luis Rodríguez Villela), su amigo.

 Al poco tiempo la gente comienza a llegar, entre ellos un hombre grande de fuerza agotada, con anteojos anchos y mirada fija, invitado de honor a la mesa de comentarios, Alberto Arankowsky, quien define la escritura de Begoña como “despiadada”.

 La presentación del libro comienza. Al fondo del local, bajo la luz tenue del acogedor espacio, cuatro figuras sentadas en formato casual, se disponen a compartir las impresiones de la novela. Alberto A, Begoña Borgoña, su hijo y el amigo, Luis R.

 Todos hablan de los personajes tan peculiares que entran y salen de la lectura a su antojo, sin sentido. Cual comic negro por la crítica y las sucias costumbres de aquellos que habitan el mundo de Begoña, aparecen los variados escenarios que son contados a través de los ojos mudos de “el manchas”. Para Luis R. el metro es un personaje más, uno inmenso en el que te reflejas si un usuario asiduo te consideras. Rodeado del tufo en días calurosos y el efecto sardina en las horas pico. Alberto A. nos da su interpretación, situando la novela en el México desorganizado de hoy en día, este “cómic” como reflejo del devenir cotidiano.

 Su hijo, Bern (Bernardo Sega), es ilustrador. Ya había trabajado anteriormente con su madre, con quien parece tener un buen entendimiento creativo. En esta ocasión ilustró a un personaje, le sigue de la mano a lo largo de las páginas, únicamente cuando se habla de él, salen las coloridas intervenciones del payasito.

Begoña Borgoña
Begoña Borgoña

 Con un gran dominio del lenguaje, incluso médico (demostrado en la descripción sintomática de uno de sus personajes), deja fluir las palabras en una “verborrea” sin consideraciones.

“…no esperen que Begoña los trate con delicadeza, Begoña no es amable, es despiadada”

Alberto Arankowsky

“…aquí encontramos una imaginación lúcida y desbordante, capaz de crear personajes y situaciones ficticias, alucinantes, inverosímiles e imposibles, pero narradas de tal manera que son creíbles, deseables e incluso entrañables. Invito a que nos sumerjamos en los mundos atroces que nos presenta Begoña y nos dejemos engullir por ese maravilloso hoyo negro que es “Alguien está cantando””.

Luis Efrén R.

 Si quieren conseguir un ejemplar de este libro, y compartir así su propia experiencia, pueden hacerlo en el café Pillango ubicado en Cerro de las Palomas 3-A, casi esq. con Ingeniería, Copilco Universidad, Coyoacán. Tiene un precio de $170

Labor Day: el infinito síndrome de Estocolmo

Es un lugar común decir que el amor sin locura no es amor, a veces sin importar las consecuencias de semejantes premisas. Nuestras sociedades modernas han querido ver en el acto de amar sin medida ni razón una suerte de redención para nuestra nada afable condición humana. Amar, adorar, reverenciar, conquistar, seducir o coquetear son verbos que necesitan (cuando menos) de dos seres en un continuo intercambio de fuerzas donde, frecuentemente, uno resulta como el dominado, el subyugado, el sumiso.

 Mientras el contrario, aquel ser indómito, difícil y rebelde impone su voluntad, a veces sin dejar notar al primero su calidad de reducido. El síndrome de Estocolmo (aquel donde una persona retenida contra su voluntad desarrolla una relación de complicidad con su captor) y el amor parecieran presentar patrones de locura no tan lejanos uno del otro. Este conflictivo lazo emocional que surge es el cauce principal de Labor Day.

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 Aires de Esperanza (Labor Day) es una película basada en la novela homónima de Joyce Maynard y dirigida por Jason Reitman, en la cual emana de improviso (como suele ocurrir) un lazo que atará el destino de distintas personas que jamás hubiera ocurrido de no ser por estar en el momento y lugar necesarios. Es también una alegoría que intenta dejar en claro que las segundas oportunidades son siempre necesarias, especialmente porque no sabemos cuándo podremos necesitar una.

 ¿Qué es aquello que nos impulsa a caer en semejante síndrome? ¿Cómo logramos establecer un vínculo afectivo con un ser que nos somete? Podría ser parte de la respuesta la soledad que debemos atravesar en algún momento de nuestras vidas. Adele Wheeler (Kate Winslet) es una madre soltera que, atravesando por un momento depresivo, se encuentra de la forma menos esperada con Frank Chambers (Josh Brolin), un convicto que se ha fugado. Así, en compañía de Henry (Gattlin Griffith), el hijo de Adele, comienza a crearse un vínculo entre los tres que tienen un pasado en común, algo que de alguna forma les ata y les lleva al lugar al que se encuentran. Durante la película podremos descubrir que Frank tiene un historial que le condena por algo que, tal vez, nunca quiso hacer y sin embargo debe asumir las consecuencias.

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 Jason Reitman se consolida como un director maduro en cuanto a sus historias se refiere (trabajos previos como Juno o Thank You for Smoking lo vaticinaron). Si bien Labor Day es una película basada en una novela ajena, Reitman logra pulir a sus personajes encarnados por los actores de una forma detallada y natural, lo que asegura consumir un cine creado de forma noble y sincera, que intenta liberarse del grillete hollywoodense. Aunque la trama toma su propio tiempo para cocinarse, de forma general la historia logra desarrollarse de una forma sincera pero no ingenua, sin caer en formas caprichosas ni repeticiones de algo más. El director logra un manejo adecuado de la cámara para resaltar aquellos momentos más emotivos de la cinta, situaciones en las cuales podremos descubrir pequeños detalles que crean un relieve único de los personajes; se logra, con todo esto, un equilibrio entre forma y fondo, adecuado para la historia que se narra. Reitman logra un producto que sin duda dejará una huella en aquellos que la vean, especialmente en aquellos que logren descifrar cuál es el lugar que toman en su relación amorosa: el ser indómito o aquel subyugado.

Burroughs: cien años de paranoia

El cinco de Febrero de 1914, el mundo fue testigo del nacimiento de uno de los escritores más especiales de la historia de la literatura. Si bien no se trata de un personaje leído por el gran público, su figura se ha mantenido en un lugar especial al que se accede no sin resultar ileso. Sea por enigmática, poco común, única e, incluso, por ser la obra de un adicto a las drogas (tal vez no cualquier adicto) es que los escritos de William Burroughs (1914-1997) mantienen una vigencia vital para nuestros días. Su mensaje (si es que hay tal) se mantiene con un eco perpetuo, como un silbido distante dispuesto a ser escuchado por quien preste la suficiente atención.

“Toda legislación que castiga maneras de vivir es propia de un estado policial.”

Este defensor de las armas de fuego, inventor de máquinas de sueños, dador de vida a la Interzona, pintor, bisexual, libertario y amigo fiel de las agujas hipodérmicas nació en Estados Unidos, el mismo año en el que meses después estallaría la Primer Guerra Mundial y dejaría las marcas que todos conocemos hoy en día. Autor de varias novelas (las más recurrentes: Naked Lunch y Junkie) que una y otra vez fueron vetadas por su alto contenido perverso (siendo el verbo fuck su incondicional), Burroughs formó parte de los poetas Beat beatniks, grupo de escritores cuya creación se mostraba a contrapelo del contexto en el que se desarrollaron.

“La democracia es cancerígena y su cáncer es la burocracia. No somos responsables. Roben todo lo que esté a su alcance.”

Del 5 al 9 de Febrero se celebrará en varias partes del mundo el centenario Burroughs, un merecido homenaje a un personaje tan completo como incomprendido; colaborador de diferentes celebridades como Kurt Cobain y Patti Smith, se nos adelantó en áreas como el imaginario político cuando calificó a toda forma de estado como un acto contranatura de las libertades inherentes del ser humano. México es uno de los pocos países que no organizaron ningún evento al respecto (a pesar del episodio en el que, estando en nuestro país, Burroughs asesinó accidentalmente a su esposa en una repetición del acto en que Wilhelm Tell flecha una manzana sobre la cabeza de su hijo); sin embargo, el escritor Alberto Chimal ha convocado a rendir tributo al poeta beat a través de Twitter (#Burroughs100).

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