“Llamadas de Ámsterdam” Juan Villoro

Leí yo  “Llamadas de Ámsterdam” por ganas francas de tener la firma de Villoro en un libro escrito por él, es infantilismo claro, y de corriente no me fascina que me rayonéen los libros manos ajenas por muy sus creadores que sean. En todo caso no llevaba ningún otro libro de su autoría y no llevaba tampoco mucho dinero para el acto. De modo que terminé comprando un libro en el bienamado recinto del INBA porque Almadía tuvo a bien llevarlos y compré “Llamadas de Ámsterdam” que se ajustaba al presupuesto del momento.

Juan Jesús colocó la tarjeta en el teléfono y marcó el número de Nuria. Escuchó su voz en la contestadora, el tono fresco y optimista con que la conoció, aunque en el fondo sólo conocemos optimistas, ¿quién anuncia sus miserias desde el primer encuentro? No dejó mensaje.

 Narra un fragmento en la vida de Juan Jesús, de su historia con Nuria, básicamente los retazos de ésta. Propiamente una historia de desamor y desencuentros, justo como el la cataloga. En la red las reseñas que hablan de ella, la alaban de muchos modos.

 Si bien se hace evidente el oficio de escritor, está presente, que Villoro es considerado un intelectual del tiempo que nos aqueja, ésta novela en particular me suena a trabajo por encargo o falto de inspiración o de compromiso. El estilo se le nota, pero hay algo en la historia que no cuaja, que la idea es buena se me pasa por la cabeza porque lo he oído de alguien y no lo creo tan cierto. A mi me cae bien Villoro pero no pretendo que me quiera. De modo que con total libertad puedo decir que mejor se ahorren la novela.

 Aunque si piensan en no seguir el consejo, les dejo la liga en que se encuentra el escrito, publicado primero en España y luego por Almadía, que es una editorialaza eso sí.

 

La crónica como expansión del universo: Juan Villoro en el Villaurrutia

El pasado lunes 12 de enero de 2015, el Centro de Creación literaria Xavier Villaurrutia abrió puertas para recibir a Juan Villoro, aclamado escritor de actualidad, invitado por Josefina Estrada, cronista y narradora mexicana, para presentar el libro “Hay vida en la tierra” y hablar en términos generales del lado que lo identifica como cronista.

 Josefina Estrada imparte la materia de crónica al Diplomado en Creación Literaria, que tiene como parte importante del calendario de actividades el acercamiento de los escritores en ciernes con los de prestigio; entonces Estrada, que no escatima ni como cronista ni como maestra y que no es egoísta, echó la casa por la ventana y tuvo a bien llevar al escritor, no en una clase privada acorde al plan, sino como propuesta abierta al público y a prensa.

 La predicción hecha un mes antes, ante el conocimiento del arribo del escritor fue: “Se va a abarrotar” Y ciertamente, se abarrotó. Personas por todas partes, cámaras y Almadía con “Conferencia sobre la lluvia”, “Llamadas desde Amsterdam” “¿Hay vida en la tierra?” y demás listos para irse con alguien.

 La charla por demás amena, corrió entre anécdotas en que se recordó a Ibargüengoitia y a Scherer en complicidad con el público, en que se podía ver a un Villoro dueño de sí mismo y de los relatos contados, afianzado del pasado del que se sirve para explicarse, de lenguaje fluido y voz firme, cuando se le ve, uno entiende el hipnotismo que ha ejercido en incontables personas.

 Entonces habló de la necesidad de traer a cuento las pequeñas cosas de la existencia que finalmente son las que la constituyen, lo que pudiera pasar desapercibido, las pelusas en el ombligo, el calcetín que casi de modo inevitable se pierde en lo que bien podría ser un universo paralelo de calcetines perdidos, el México de los calcetines siempre viudos y esto recuerda a un poema de Cortázar:

Por grande que sea el mundo 
hay los recortes de uñas, las pelusas,                                                                                                               los sobres fatigados, las pestañas que caen.                                                                                               ¿Adonde van las nieblas, la borra del café,                                                                                       los almanaques de otro tiempo?”

 De la posibilidad de comparación, de mundos aparentes que no se tocan y sin embargo lo hacen, establecer relaciones entre lo que en apariencia no se reconcilia y nosotros que vivimos en un mundo por demás surrealista. En la necesidad del cronista de no moverse por el mundo sin gana ni asombro, sino con la mente activa, con la imaginación presente a un universo en expansión constante.

¿Quién dijo que el rock y la literatura no se pueden llevar?

México ha sido un país que ha albergado infinidad de sucesos sociales, entre ellos el movimiento del 68 y el terremoto del 85, y es justo en este periodo donde en el libro de Juan Villoro, Tiempo transcurrido, se desarrollan 18 crónicas imaginarias de lo que pasó en esos años.

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 Este libro da pie a un grupo de músicos, Diego Herrera y Alfonso André, de Caifanes; Javier Calderón, productor y músico independiente y Federico Fong, de La Barranca y a su autor para realizar un espectáculo titulado Mientras nos dure el veinte.

 Este evento marca cuatro viñetas de la contracultura mexicana, “Madona de Guadalupe”, en donde una joven mezcla la sensualidad con el catolicismo; “El punk del pedregal”, un joven millonario descubre que lo más chic está en el deterioro; “La merienda del Papa”, un militante político envenena a Juan Pablo II y “Glitter en la colonia Lindavista”, defensores de la alteridad sexual descubren el riesgo de pintarse las uñas de negro.

 

Foto de: chopo.unam.mx
Foto de: chopo.unam.mx

Este proyecto comenzó en el Vive Latino de este año, sin embargo, tanto músicos como el escritor Villoro se dieron cuenta de que era necesario ofrecer más cuentos de alto volumen, es por eso que ahora el Museo del Chopo será testigo de ello.

La cita es este próximo jueves 4 y viernes 5 de diciembre a las 20:00 horas, en el Foro del Dinosaurio, del mismo museo. El costo general es de $250

*Estudiantes, maestros, INAPAM y UNAM $ 200

De: Rondas con los ornitorrincos de la crónica

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Leía un texto de Juan Villoro que cayó a mis manos, básicamente de disertaciones sobre la crónica, me resultó interesantísimo y decido entonces traerlo a colación. Al respecto del nombre que Alfonso Reyes concede al ensayo: “El centauro de los géneros” decide  Villloro nombrar a ésta “El ornitorrinco de la prosa”. Nos habla de las necesidades que de los otros géneros tiene, resumiendo en sus palabras:

De la novela, la condición subjetiva; del reportaje, los datos inmodificables; del cuento, el sentido dramático en espacio corto; de la entrevista, los diálogos y del teatro moderno, la forma de montarlos, del teatro grecolatino, la polifonía de testigos; del ensayo, la posibilidad de argumentar; de la autobiografía, el tono memorioso y la reelaboración en primera persona.

 Precisa que las influencias que sufre pueden ser llevadas a más y que justo en el equilibrio de no caer en uno con más fuerza que en todos los otros radica su existencia.

 Enfrenta la necesidad del uso de la imparcialidad y de la ficción para (cosa rara) entregar credibilidad al texto y por supuesto, ganas de continuar sobre las letras que le conforman, entonces si el texto fuera pura y llanamente el hecho, lo llamado la verdad aunque se sabe imposible por ser relativa, pero digamos pues, lo más apegado posible sin especulaciones, inclinaciones, aproximaciones, juicios de valor emitido, etcétera, no resultaría interesante, ni entretenida, al final el objetivo no se cumple, requiere del elemento.

 Entonces luego, existiendo la diferencia a tiempos  remotos entre los escritores y los periodistas, es decir con los que romancean con la verdad y con los que romancean con la otra verdad que nace de lo no verificable, de la posibilidad, creen los  unos  y los otros que se está mejor del otro lado, entonces así, escritores terminan escribiendo para periódicos por tener un cheque que les permita seguir con la narrativa. Se cuenta una anécdota en que el escritor que llega a su recién adquirido empleo como periodista y ve a la máquina de escribir como una suerte de pequeño ataúd donde quedarán sepultados sus ímpetus de escritor novato, y los otros por el prestigio, por lo que no se atreverán (en la mayoría de los casos) a tocar.

 Luego está la otra idea, de que los periodistas son, en realidad escritores frustrados, que no habiendo nacido con talento, ni con posibilidad de desarrollar, pese a los intentos la habilidad necesaria para la narrativa, terminan de periodistas escribiendo hechos crudos, sin la necesidad de desarrollar desde la imaginación y creatividad la trama, que es sencillamente, en sus casos, arrojada por la vida.

 En uno u otro caso se dice que no se debe servir a dos amos, y que la una sepulta la creatividad para la otra o que la otra genera imposibilidad para la primera, la verdad, claro, es relativa, es todo escribir al final, es la posibilidad de regodearse y de cruzar con habilidad y no con imprudencia y temeridad por las distintas posibilidades, ¿Que tal un escritor “todo terreno”?.