Crónica: FIL Zócalo 2012 parte 2

Por Hernán Flores

[Miércoles 24 de Octubre 2012]

 

3:00 p.m. Me arde la piel. Otra vez no debí haber comido tantos tacos de canasta. El calor es insoportable. A pesar de todo estoy seguro de que será un día increíble, veamos qué más puede ofrecerme esta feria, seguro habrá mucho de qué hablar, musitaba para mi interior tranquilamente mientras el vagón andaba por el subterráneo y veía como un niño se admiraba de unos nuevos anuncios luminosos incrustados en un buen tramo del trayecto entre una estación y otra. Maravilloso. Sin darme cuenta habíamos llegado a nuestro destino y estaba listo para ir a la carga.

3:30 p.m. Como lo había predicho días antes, “Macondo” me permitiría escuchar cosas fabulosas. A mi llegada curiosa y algo apresurada escuché un contrabajo y un teclado que armonizaban la plancha del Zócalo al ritmo de música de cabaret. Una música oscura y llamativa daba brincos y abría las piernas como una prostituta ofreciéndonos su olor y su sexo sin límites. Terminó la primer canción y quedé maravillado, tenía un sonido parecido a The Dresden Dolls pero con esa peculiaridad que tienen todas las bandas argentinas, un carisma difícil de apreciar. Tocaron un par más de temas fabulosos en los que ora tocaban el chelo ora el contrabajo, ora un tambor grande ora una pequeña lata de frijoles. “Lo nuestro es la noche, estamos en un ambiente extraño” dijo la vocalista despreocupadamente. Como si no nos hubiéramos dado cuenta de sus maquillajes semiteatrales y algo escalofriantes de mimos y payasos de circo sobre ruedas. Vinieron desde la Plata, Argentina, para darle un toque más de diversidad a nuestra feria. En ese instante me enamoré del escenario, la música iba perfecto con todos los detalles. Palacio Nacional estaba parado justo detrás de él como un hombre avaro vestido de traje. Qué impositivo puede ser un uniforme o un traje, como dicen por ahí, le da autoridad a cualquiera.

4:00 p.m. Me detuve a llorar desconsoladamente a orillas del Fondo de Cultura, sin importarme la vergüenza que sentía, sin importarme nada ni nadie más que yo mismo. Mis lágrimas suavizaron mi corazón de acero y éste se volvió lentamente un erizo al que ahora nadie puede acercarse. Las gotas de mi llanto rociaron el pasto donde crecieron flores nuevas y desconocidas. Nueva flora pobló mis dedos y mis manos. Floreció nueva poesía. En pocas palabras, agregué uno más a la lista de engaños, daños. Fue uno terrible e irreparable. Sin embargo, para mi sorpresa y buena fortuna me encontré a mis amigos los poetas vagando por ahí. Confeccionamos un credo de desprecio e ira, de intestinos y saliva que escupimos sin parar durante un rato en su contra. Me puse de pie y todos acordaron cancelar sus planes (uno ver a su chica y el otro ir a la escuela) para irnos a beber cerveza.

4:30 p.m. Llegó Héctor. Héctor Hernández Montecinos. El poeta chileno, no un simple poeta chileno, si es que cualquiera de ellos puede ser un poeta cualquiera. El autor de La Divina Revelación. El poeta del cosmos. Llegó Héctor y las cosas poco a poco fueron yendo a mejor. Recibí un mensaje suyo diciéndome que ya estaba en el asta donde horas antes habíamos acordado vernos y caminé a su encuentro. Sus gafas oscuras reflejaron el sol sobre mi piel que aun ardía por mi visita a Acapulco y lo primero que hizo al verme fue darme un largo y fuerte abrazo. Un abrazo como ningún otro, era un abrazo cósmico. Toda la fuerza del cosmos estaba concentrada ahí y con él me cobijaba. Me dio un par de palmadas y dijo “Hola, Hernán, ¿damos una vuelta y vemos algunos libros?”

5:00 p.m. Dimos varias vueltas a la feria, anduvimos desde Tusquets hasta Acantilado y Anagrama, pasamos por Siglo XXI hasta que finalmente llegamos a la Editorial 2.0.1.2. la editorial de Yaxkin, el poeta que no sólo es poeta, sino también poema. La editorial que en exclusiva edita y publica a David Meza, una de las promesas más grandes de la poesía contemporánea, también amigo nuestro. Aún con el corazón carbonizado decidí no perder más el tiempo y eché un vistazo a todo lo que había sobre la mesa para poder recuperar las horas perdidas en el día y escribir acerca de la editorial. Y bueno, descubrí que cada tiraje, o al menos muchos de ellos, estaban hechos a manos y además estaban numerados. También vi el póster del Festival Subterráneo de Poesía, el cual daría inicio el Domingo comenzando con lecturas en la pirámide de Tenayuca, después el Lunes con lecturas y encuentro de poetas latinoamericanos en la “Hostería La Bota” para seguir así también el martes, pero ésta vez en el CCH Sur hasta terminar el Domingo siguiente con un campamento poético. Una cosa de poetas: una cosa hermosa. Pues vamos por esas chelas, ¿no? Los escuché decir con insistencia. Vamos pues, les dije, sin imaginarme siquiera cómo terminaría todo esto.

7:00 p.m. Quedaron rezagados algunos poetas en el camino intentando encontrar algo valioso entre los puestos. Debemos irnos ya, que si no, no llegamos – le dije a todos con intención de movilizarnos lo más rápido posible. Habíamos acordado ir a la presentación del poemario más reciente de uno de los amigos de Héctor. Espero no sea demasiado tarde, quiero tener algo de qué hablar para éste día perdido y miserable.

7:30 p.m. Llegamos a la exposición, pero ya había terminado. No escuchamos más que un par de palabras del final, sin embargo con aplausos pagamos nuestra deuda, nuestro retraso. Ordenamos una ronda más para todos los poetas sin pensar en el precio. Ir a ese lugar, después de todo, no fue una pérdida de tiempo, también pude recuperar algo del trabajo sin hacer durante la tarde. Nos encontramos a un par de cuenta cuentos y un poeta, todos guatemaltecos, que habían venido por la invitación que les fue hecha por los organizadores de la FIL para dar pequeñas sesiones de cuentos leídos en voz alta para los pequeños que habían asistido a la feria. Me contaron que habían tenido un grupo lindísimo de niños que jugueteaban y parecían sentir amor, incluso tal vez pasión, por los cuentos. Que partían al día siguiente a mediodía con una gran sonrisa, que se les había tratado muy bien en la feria. Y ahí fue cuando me di cuenta de todo, sería una noche más para ser un detective salvaje y no pensaba dejarla ir. “Espero mañana no estar muy podrido, mañana sí tengo que trabajar”.

 

Originally posted 2012-11-03 18:00:16. Republished by Blog Post Promoter

Crónica: FIL Zócalo 2012 Parte 1

Por Hernán Flores

[Viernes 19 de Octubre 2012]

“¡Anda, maldito, metro! ¿Qué no puedes ir más a prisa?” pensé mientras el vagón se llenaba más y más de gente que ocupaba el espacio y no me dejaba leer con comodidad. Me estaba retrasando demasiado y debía llegar lo antes posible. Eran poco más de las 3:00 p.m. y no podía pensar mas que en dos cosas: 1) ¿Rosas y chocolates o cena romántica, vino y poesía? 2) Con un carajo, qué calor hace. Jamás voy a llegar. Después de una espera de varios minutos en cada estación -eran más de quince- y una fatiga insoportable después de comer más de ocho tacos de canasta y los apretujones, todos directos al estómago, que sufría de una señora gorda y rosada como un bombón, logré hacer mi camino hasta la FIL. Al fin -pensé-. Ahora sí, a trabajar.  Subí las escaleras del metro Zócalo tan rápido como pude. Fui corriendo a buscar entre todos los parajes que encontré, el primero que tuviera una silla libre para acomodar mi trasero dolorido y escribir con soltura.

 

3:30 p.m. Llegué al “Café Literario”, que da la espalda a 20 de Noviembre, como un niño haciendo un berrinche, un pequeño niño de brazos cruzados y sentado al borde de la banqueta. Era un escenario muy pequeño, pero bien dotado. Tenía sus tres pares de bocinas de tamaño considerable, una curiosa barra donde podías ordenar desde cafesitos desabridos hasta baguettes que parecían ser casi artesanales. En él leía Martha Gómez, una importante periodista española con un acento más que singular, algo exagerado. No conté más de treinta personas entre el público, de las cuales tres estaban roncando a pulmón tendido, sin embargo las que no lo estaban parecían fascinadas por lo que decía. Por eso y por tantas sillas disponibles para elegir, decidí sentarme a escuchar. “Aparte de la nota roja hay muchas cosas que contar”, decía Martha y explicaba muchísimos logros que Eufrosina Cruz había logrado hasta el momento. No entendía una palabra de lo que hablaban. Aunque a pocos minutos de haber estado sentado ahí me enteré de qué iba todo esto: la presentación de su primer libro Alas de Maguey, al cual dedicó más de cuatro años y trata de una indígena oaxaqueña, la famosa Eufrosina Cruz. Ella, decía Martha, a sus 34 años, había logrado cosas magníficas, como el voto para la mujer indígena o ser diputada para el PAN en su tierra natal. También habló del título original de la obra: La Lucha de Eufrosina por la Libertad Política de la Mujer, un título horrendo -pienso-. Eufrosina no pudo estar ahí por cuestiones de trabajo, sin embargo lo estaría en la FIL de Guadalajara. Leyó algunos fragmentos con un valor explícito en el campo de la narrativa periodística, si de esa manera puede llamársele. 3:55 p.m. Aplausos y más aplausos despertaron a los dormilones que seguían acurrucados en sus sillas y todos partimos en busca de algo mejor.

 

4:00 p.m. Merodeé unos minutos nada más, buscaba un lugar donde pudiera esconderme del Sol. La plancha del Zócalo más bien era un comal sobre el fuego y nuestras plantas ardían como pequeñas bolas de masa de harina cocinándose a una temperatura insoportable. Finalmente lo encontré. Era el lugar perfecto. Solitario y semidestruido, con basura por todas partes, como un corazón partido a la mitad. Me detuve a tentarme los pies ampollados y vi que estaban desplegados unos carteles a lo largo de toda la pequeña sala, eran diez y era una procesión de imágenes y textos donde explicaban el origen de la escritura, de la creación del papel, de la imprenta, de los libros, del libro electrónico, entre algunos otros. Creo que relucían mucho más los promocionales gigantes de las empresas que los imprimieron que lo que en verdad deseaban decir, una pena en verdad.

 

4:30 p.m. Caminé con paso vacilante y curioso por casi toda la feria, no buscaba libros, buscaba algo más que sólo eso, por estúpido que parezca. Caminé hasta que encontré algo curioso donde decidí detenerme a escuchar. Había un tipo con una guitarra eléctrica, una barbita envidiable y unas hojas recargadas en el atril que estaba justo en frente de él. Como en cada uno de los puestos y escenarios que había visitado hasta ese momento, no había mas que una que otra persona y la mayoría intentaban poner atención pero les costaba mucho trabajo. Éste escenario también estaba en excelentes condiciones, contaba con algo así como una escenografía, iluminación, también sus dos o tres pares de bocinas de buen tamaño y una tarima de más de un metro. Acomodé mi mochila, saqué mi pluma y mi cuaderno dispuesto a escribir con toda la comodidad que se siente cuando tienes una fila entera para ti solo, hasta que escuché a alguien decur algo así cómo: “Madera, madera, eco, eco, eco, eco” y “cobijarnos durante los temporales”, y pensé, rayos, -incrédulo- a ver qué tal la arma este ñor. Era poesía o bueno… sí, pues poesía podía ser tal vez, aunque el detalle de este intérprete, era que de su lomo colgaba una stratocaster hermosísima. Comenzó a cambiar las hojas, explicó finalmente que en definitiva era poesía y rock, y que por eso lo habían mandado ahí, al “Foro Multidisciplinario”. Leyó (¿Cantó?) un poco más de un par de poemas y su guitarra estaba forjada con todo el misticismo del reverb pero con una distorsión muy ligera, como de gruñido tímido. No estuvo mal, porque bueno respecto a eso de mal, mal, de lo que se dice mal, ¿Quién puede saberlo? Ya decía Rilke que no debes poner ni un poquito de interés en la crítica.

 

5:00 p.m. Comenzando con calma, caminando con cada vez menos sol a cuestas, decidí explorar la feria. Venga, ¿dónde te darán un programa para ver las actividades?- pensé ingenuamente. Después de intentar dar con un ayudante sin lograrlo por más de diez minutos me di por vencido hasta que volví al “Café Literario” y pregunté por un horario, programa o lo que fuera que dieran, pero me hicieron saber rápidamente y de una manera algo gruñona que este año no habría horarios mas que los colocados a la entrada de cada sede. Caminé y caminé mucho tiempo de la tarde, tanto que no me había percatado de haber perdido más de dos horas, pero en mis rondadas por la feria hubieron algunas cosas que me llamaron la atención: un androide, hecho de latas de aerosol de colores, tumbado en el piso tomando un descanso, con el cual todos se tomaban fotos, la nueva ubicación, ahora en el centro, debajo de una gran carpa, las editoriales independientes se resguardaban tímidamente del sol, a diferencia de los años anteriores que quedaban relegadas a un rincón como alumno castigado. Un foro hermosísimo llamado “Macondo” que hasta el momento, según yo, no había vislumbrado ni un sólo guitarrazo, ni un sólo timbre alto, una falla en los niveles de la mezcla, se mantenía expectante y ansioso por dar inicio a sus show diarios. Nada más que ver, esto parece Comala y yo no quiero estar entre fantasmas, mejor me largo.

 

7:30 p.m. Otra vez me veo reflejado en las puertas tambaleantes del metro y pienso ¿Cómo haré para entrar ahí? Se abren las puertas y empujo con fuerza. Espero no me roben la cartera.

 

 

Originally posted 2012-11-02 17:00:27. Republished by Blog Post Promoter

Crónica FIL Zócalo 2012 parte 4

Por Hernán Flores

(Cuarta y última entrega)

[Domingo 28 de Octubre 2012]

4:30 p.m. El “Emperador de Xochimilco” golpeaba su bajo con furia mientras toda la gente a sus pies brincaba y coreaba el “Guachuguachea”, dejando ir hasta sus últimas reservas de aliento. “Los Bábara” sonaban en el escenario mientras yo brincaba y sonreía estúpidamente. ¿Por qué sonreía? No lo sé. Hacía mucho tiempo que no escuchaba un ska de esta calidad. Las trompetas revolvían en un vortex de notas el aire denso que flotaba en el escenario. La bandera colombiana ondeaba libremente como el papalote que tiende al viento un niño pequeño mientras corre por las calles. Los tambores eran aporreados y la gente sólo sabía pedir más y más. El escenario estaba repleto de gente que brincaba, bailaba y gritaba: “¡México dice no a la guerra, oe, oe!” Después de tocar un par de canciones más, porque el público no les permitiría irse dejando así las cosas, se despidieron calurosamente del Zócalo y prometieron que volverían pronto. Por si las dudas yo compré su disco y vengan pronto o no, yo los tendré sonando caprichosamente en mi biblioteca de iTunes.

 

5:00 p.m. Era el último día de la feria y yo no había comprado más que tres libros, “Arte y Poesía” de Heidegger editado por el FCE y un par de “Los Bastardos de la Uva”. Decidí sacrificar una hora de trabajo por una de placer y dedicarme a husmear en todos los puestos que pudiera, seguro algo me encontraría. Pasé por Hiperión, que era como una torre custodiada por un par de dragones sigilosos y cuidadosos poniendo los ojos encima de cualquier fardero que quisiera hurtar una de sus preciosas doncellas. Me fui. Encontré muchas cosas interesantes, “Celestino Antes del alba” de Reinaldo Arenas, que Héctor tanto me había recomendado, “La Conjura de los Necios” de Toole, uno de los suicidas más célebres que he conocido. Me encontré con Hesse, Lipovetsky, Capote, Gelman, una infinidad de libros de los cuales no me animé por ninguno.

 

6:00 p.m. Una serie de rechiflas al viento me hicieron caminar de nuevo hacia “Macondo”, mi escenario preferido. Iban y venían chicos cargando cables, conectando aquí y desconectando allá, mientras tanto las rechiflas no conocían el descanso. La presentadora intercedió por el equipo de staff, intentando detener las silbatinas pero lo único que logró con eso fue enardecer más al público y el huracán de chiflidos volvió con el doble de fuerza. Después de un largo rato logré conseguir una silla. Me senté e incrédulo y juicioso comencé a escuchar lo que comenzaba a sonar por el momento. Renee Mooi era el nombre del proyecto y al principio no los pude calificar más que como un intento de The Mars Volta, pero con menos vitaminas, sin la enjundia que los caracteriza. Sin embargo, el tiempo pasó, escuché “Snail”, “Apple”, un par de covers y “Libélula”, y los ladrillos de mi mente fueron derrumbándose poco a poco. Una gran banda después de todo, que mezcla el experimental, una pizca de elementos electrónicos y rock progresivo de una manera única. En la última canción un niño pequeño avistó unos cuantos globos de cantoya y rápidamente se lo hizo saber a todo el público, que dejando un poco de lado el espectáculo volteó simultáneamente como una única y gran cabeza que miraba pequeñas luciérnagas que subían al cielo y una que otra se consumía en llamas.

 

7:00 p.m. Todos empacaban ya sus libros haciendo cuidadosos conteos de cajas, libros, mesas, sillas, entre algunas otras cosas para dar por terminada su labor en ésta décimo segunda feria del libro en el Zócalo. Ya que no había nada más que buscar en los puestos, decidí visitar el único lugar al que no había ido en todos mis días de visita a la feria: el “Espacio Reguilete”. No me importaba qué hubiera, simplemente quería visitarlo y ver cómo funcionaba ese espacio. Tomé asiento en las últimas filas y comencé a escuchar a un lector recitar un poema que decía algo así como: “Hoy me dejas cual hoja al viento en silencio. Hoy estoy como árbol caído, como ave sin viento.” Y sencillamente decidí quedarme, ahora un poco más interesado, a ver de qué iba todo eso. Los recitales estaban acompañados de una guitarra acústica que solfeaba según la cadencia del poema y el aliento del poeta que lo recitaba. También apareció una melódica ocasional y un violín que tocó a la par que la guitarra. Proyectaron un video-poema titulado “El Hombre que Dijo Ser el Mar”. Una animación muy nostálgica y lenta que cerró con broche de oro esta noche. Me detuve en el puesto después de escuchar que habrían rebajas y compré tres libros de poesía y una botella de píldoras de “Pasiflora Poética”, como ellos las llamaban. Era un sencillo juego en el que desde tu interior debías hacerte una pregunta, fuera la que fuera, y una de las pequeñas píldoras rellenas con una frase literaria te la resolvería. Ingenioso, pensé. Terminó la presentación y los aplausos inundaron el escenario como la noche nos inundó a nosotros. Como dos largos y fuertes brazos tendidos que nos mandaba con una sencilla orden a nuestras casas.

 

8:00 p.m. La parte más fácil del trabajo ya está hecha. Espero no dejar todo hasta el final como siempre me pasa y poder volver a las andadas lo más pronto posible. Abordé en el metro junto con una que otra pequeña familia que fue de paseo dominical a la feria en vez de a la iglesia y me senté para descansar la espalda y leer un rato. Ahora sí, ¿En dónde me había guardado ese librito de Arenas?

 

Originally posted 2012-11-05 18:00:12. Republished by Blog Post Promoter

Crónica: FIL Zócalo 2012 parte 3

Por Hernán Flores

[Jueves 25 de Octubre 2012]

 

3:00 p.m. ¿Se lo pido o no se lo pido?, discutía en mi mente mientras pensaba pedirle un trago de agua al chico de al lado. Pero qué condenada resaca me cargo: síntomas de una noche más que blandimos como un sable en llamas. Esta vez el metro iba más bien vacío, yo leía con comodidad mis Cuentos Completos de Capote y no me preocupaba por nada más que yo y mi ego. Con una que otra turbulencia y amarres de frenos, llego mi vagón hasta a la estación de Zócalo donde me repetía sin cesar que éste sí que sería un buen día. Jamás lo sería y yo lo sabía muy bien, sin embargo no perdía nada con intentarlo, o al menos eso creía.

 

3:30 p.m. “1) No usar condón te ahorra una lanérrima. Neta. Para que se den una idea, con esa lana ahorrada ayer fuimos (la mujer que amo y yo) a comer a Los Mercaderes, ese restaurante sostenido por cuatro Atlantes en la calle cinco de mayo.” fue lo único que escuché. Mi atención ya estaba dominada por sus palabras, no sé si porque era lo que más o lo que menos quería escuchar, pero de la manera que fuera, decidí sentarme y poner atención, obviamente. Uno no puede irse así como así después de escuchar esas palabras. Gerardo Díaz leía un fragmento del comienzo del onceavo número de la revista “Los Bastardos de la Uva”. Después de una lectura ligeramente torpe explicó que “éste fue un proyecto que nació en una cantina, junto con unas buenas caguamas y un plato con cacahuates picantes y salados.” Decía que ésta, su revista, era un verdadero logro y un bote que estaba saliendo muy bien a flote. Que publicaban bimestralmente y que éste era ya su número 11, que esperaban publicar muchos más. En las manos de Ricardo Lugo Viñas, se encontraba una tablet donde él leía una carta mandada por un poeta reconocido y que clamaba, exigía ser publicado por su revista. Ego. “No hay que vulgarizar el acto de robar libros” decía Gerardo, cosa que yo le celebré hasta el cansancio y la comezón característica después de aplaudir sin parar durante un rato. Decidí comprar un par de números y aunque no pensaba gastar más de 50 pesos, encontré una revelación: “Mariana con M de música” era su título. Curiosa coincidencia, (¿era ésta una coincidencia?) un día antes había querido desangrar ese nombre hasta la muerte, sin piedad y sin calma. Hoy lo volvía a poder pronunciar, podía leerlo de nuevo sin morderme los labios y apretar los puños. Compré un número y el libro. Esperaba que hubiera sido una buena inversión.

 

4:00 p.m. Con mis dos nuevas adquisiciones en mano decidí ir a trabajar más, a buscar algo atractivo. No tuve que buscar demasiado, enseguida que salí del “Café Literario” encontré el “Foro Carlos Fuentes” donde estaba a punto de comenzar un homenaje luctuoso a Alí Chumacero, el segundo. Me fumé un cigarro mientras preparaban todo. Dio comienzo el homenaje que bueno, más que un homenaje me pareció un taller de exposición a todas luces. Sí, hablaban de Alí y decían los grandes hallazgos que hizo, de las 25 lecturas que hizo de “La Picardía Mexicana”, que después de recibir un gran premio gordo donó toda la plata a la que era acreedor a los jóvenes invidentes, que gracias a él comenzó a forjarse, que le encantaba decir una que otra frase, por ejemplo: “Más vale pájaro en mano que SIDA en el ano.” O “de tanto darle y darle aunque sea quesito sale.” Lo que en verdad me sorprendió fue la lectura de Melquiades Sánchez Orozco que seguramente nadie lo sabe, pero es ese señor que anuncia las alineaciones del América cuando juega en el Estadio Azteca o ruega por información de los desaparecidos intermitentemente en canal 5. Su voz de gigante retumbó en el foro con una lectura sin muletillas, sin tropezones ni palabras atoradas. Una muy buena lectura. Sentí nostalgia y dejé a todos los participantes en la “barra de luto” seguir explayando su ego sin restricciones.

 

5:30 p.m. “Qué lugar tan bonito, aquí es cuando me doy cuenta de cuánto me hace falta por conocer de mi ciudad.” me decía a mí mismo mientras subía por el elevador para llegar a la sala donde me esperaban Héctor y Daniel, un par de poetas amigos míos. Llegué ligeramente tarde, justo acababa de comenzar la presentación de cada uno de ellos. Eran tres, Valeria Guzmán, una chica rusa/peruana lindísima, repleta de esa ternura andina y embellecida con las facciones características de su patria del otro continente, David Majano e Iván Cruz Osorio. Saludé a Héctor con una palmada muy leve para no hacer tanto ruido y a Daniel con un cordial apretón de manos. Comenzó la lectura. Al momento que comenzó a leer la chica no podía creerlo, pensé que por su hermosura leería una poesía bella hasta las lágrimas, pero no, recitó unos cuantos poemas con manos temblorosas mientras los camarógrafos intentaban dar con su perfil más estético. David, el guatemalteco, leyó una poesía muy bonita, un gran poema de largo aliento que tuvo que ser truncado por su autor por malestares de garganta. Después Iván no se quedó atrás, dijo algo así como “subámonos a un tanque de guerra, donde no encontraremos ningún reloj para que podamos disparar la muerte a todas horas.” con lo cual me dejó con la piel vuelta por el revés y con la mirada estática sobre su frente. Lástima que no hubiera más de diez personas escuchándolo.

 

6:00 p.m. Es hora de volver a “Las Escaleras”, la vecindad donde nos juntamos ayer a beber caguamas. Es hora de hablar de poesía un rato y después volver a casa. Al fin a casa. O bueno, al menos eso espero.