De aquí, de allá

Haciéndome el dormido. Tenía los ojos cerrados, pero sentía los dedos cálidos de su ropa acariciando la mía. Sentía su cuerpo trémulo (lleno de ella), su brazo contra el mío; su hombro, haciendo de primavera contra el mío.

 Cada tanto el vaivén del camión traía contra mí, a la ola de carne y fragancia floral, pero más que contra mí, contra la desesperación de sentirme solo. Cada tanto el vaivén del camión nos evitaba la vergüenza de cultivar su nombre (o el mío) en sus oídos (o en los míos). Nos evitaba la vergüenza de sentirse deseado por un extraño ante las miradas de los que seguramente estaban frente a nosotros. Más extraños.

 No quería mirarla. Quería guardar ese momento para el final de mi recorrido; para arrepentirme de no haberla hecho mía, más allá de nuestras caricias rotas. Más allá de nuestras olas de carne estrellándose contra las bahías del otro.

 Abrí los ojos y mire hacia el lado contrario, a través del parabrisas de aquel ruta 28, último camión que salía de la base. Mi bajada no tardaba en llegar. Sería lo único puntual de todo mi día. Mire los asientos frente a nosotros. Asientos vacíos. Un vaivén más, una ola de carne más. Mire los asientos a mi lado (no los de ella), asientos vacíos.

 -¿Cuánto tiempo tiene viviendo por aquí?- me preguntó el chofer, para romper el tedio monótono del motor de aquella lata sobre ruedas.

 -Pues ya llevo bastante. Unos 10 años.

 -¿Casado?- preguntó el chofer.

 -No, afortunadamente no- reímos chofer y yo. Y luego el camión pasó debajo de un túnel, y la oscuridad reinó dentro del camión. Entonces con mayor atrevimiento, rocé, con los nudillos, su brazo. Decidido y ayudado por la oscuridad, iba a colocar mi mano sobre su antebrazo cuando el camión salió del túnel y la luz volvió.

 -Oiga- se dirigió nuevamente el chofer a mí-, usted, ¿cree en fantasmas?

 -Pues hasta ahora ninguno de ellos me ha hecho creer en ellos.

 -Y, ¿ha escuchado la historia de la mujer?- volvió a interrogar.

 -¿Cuál mujer?

 -La que, vaya a usted a saber cómo, encontraron muerta.

 -¿En dónde?- pregunté, totalmente entusiasmado.

 -Pues la hallaron en esta ruta 28, precisamente en este camión- contestó el chofer-, y dicen, dicen que se aparece. Pero la verdad de las cosas es que a mí nunca se me ha aparecido y ya en agosto cumplo 10 años de servicio.

 Sentía los dedos cálidos de su ropa acariciando la mía. Sentía su cuerpo trémulo, lleno de ella, contra el mío. Sentía su mirada sin ojos. Me sentía morir. Gire la cabeza para encontrarme con ella y…

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Originally posted 2014-07-23 09:43:18. Republished by Blog Post Promoter

Aparentemente malo

Estando en la capilla (construida en lo alto de la montaña) sin otra cosa que hacer, se puso a tirarle piedritas al aire, a la nada. Yo lo veía con particular entusiasmo, pues ¿qué más podía yo hacer?. Entre tanto aburrimiento comencé a lastimar con la mirada a la capilla. Su interior y exterior fueron víctimas de mi ociosidad, pero más aún, su historia. Tan grandes son las piedras que conforman la construcción, que de repente comencé a imaginar que esa capilla no podía ser sino obra de hombres gigantes. En meditaciones parecidas me encontraba, cuando vi esa solitaria piedra maldita, esa piedra caliza (más grande que un recién nacido). Estaba ahí, tan sujeta a las leyes de gravedad; del lado de la montaña donde el eco es pobre. ¿Cuánto a que no le das a esa piedrota de ahí?- le dije a manera de reto. Él acepto. Me puse a su lado, mientras él recogía una o dos piedritas con las cuales comprobar su buen tino.

 Erró en el primer intento. Los pájaros salieron huyendo de sus nidos quebrando el silencio de la montaña.

 Un segundo intento, pero volvió a fallar. Oye, ¿no será caca de caballo, que con el sol se hizo tan dura como una piedra?- me dijo. ¡No sé, ándale! ¡Dale!- le contesté, totalmente entusiasmado. Y su mano obediente así lo hizo. Esta vez no falló, pero esa piedra maldita esquivó su tiro.

 ¡Vamonos!- me gritó. Y emprendimos la carrera cuesta abajo, mientras el silencio de la montaña, era nuevamente quebrado por una risa que seguramente se burlaba de nosotros. Bajamos tan rápido como el terreno nos lo permitía. Tan rápido, porque sentíamos detrás a esa solitaria piedra maldita. Pronto llegamos a casa. Sin embargo, mamá y sus frijoles y la plática de los acontecimientos diarios, hicieron que el suceso se diese mágicamente por olvidado.

 Cuando la noche cayó, mamá dormía en su cuarto mientras nosotros intentábamos hacer lo propio en el nuestro. ¡Buenas noches!- le dije. Y hubiesen sido buenas, si no es porque en el intento de dormir, los dos escuchamos como sobre el techo de lámina caían una o dos piedritas que intentaban comprobar el buen tino de quien sabe que maldita cosa.

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