De las voces que relatan acciones calladas

Es tiempo de la  Revolución Mexicana, en un pueblo dónde nunca pasa nada interesante. Una maestra ha sido encarcelada y condenada a muerte. La hija de un hombre lleva rato lejos de su hogar por irse (de voluntad propia) junto al ejército zapatista. Una mujer adinerada no ve la hora de sentirse tan libre y pueblerina como ella desearía. En medio  de todas las historias, el pueblo es el punto de cruce involuntario de los ejércitos de Emiliano Zapata y Porfirio Díaz, ambos liderados por los dobles comisionados de los dirigentes originales. El supuesto Díaz ofrecerá una tregua al Zapata de los martes, pero la muerte ha despertado con el alba de aquel día, y está lista para pasearse por el pueblo.

El Teatro La Capilla abre sus puertas los sábados por la tarde a  Los Equilibristas, obra original de David Gaitán, dirigida por Damián Cervantes y nueva producción de la compañía Vaca 35 Teatro. Este autoproclamado “Falso documental de la revolución mexicana”, estará presentándose hasta diciembre 14.

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Tal vez lo que es necesario resaltar primero es la figura de David Gaitán como uno de los creadores teatrales jóvenes más importantes de nuestra época. Responsable de otros geniales títulos como Simulacro de idilio o La velocidad del zoom del horizonte, Gaitán sabe manejarse entre la ficción, el análisis y la crítica social con ingenio y sumo cuidado para que sus textos tengan apertura a un público general (en la mayoría de los casos) que pueda entender de lleno e inmiscuirse en la trama. Un dramaturgo al cual no hay que perderle la pista.

En esta ocasión, el texto nos habla de la necesidad de pertenencia de los seres humanos;  Sabernos parte de algo o de un todo ha sido desde siempre una necesidad básica para descubrir quiénes somos, cual si no pudiésemos existir sin formar parte de algo más grande, ahí es donde Gaitán introduce la empresa de la guerra, ubicándose en un hecho ficticio de la Revolución Mexicana que invita a mirar el pensamiento social de 1910 a través de la narración de diversas posturas que lo acercan inevitablemente a la modernidad.

14 de los habitantes, del pueblo en el que nos sitúa el autor, se unen para relatarnos los hechos del día en que los ejércitos revolucionarios se encontraron. Vemos una evolución radical de las necesidades personales de cada personaje, cada uno busca alcanzar una realización diferente en el movimiento que se alza, en la situación de sus vidas. Algunos quieren estelarizar y vanagloriarse, otros tan solo buscarán la libertad u expiar algunos pecados, pero en general hay un común: todos quieren vivir.

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Gaitán otorga el mismo peso a la voz de cada personaje, en una narrativa bastante cercana a la estructura postmoderna, cada relato va hilando el panorama lleno de colores que tiñen de sátira, crítica, compasión, poesía, humor y dulzura a la historia. Todos aportan información de manera orquestal, a un tempo que va creciendo y amarrando al público a su paso. Generando una arcada dramática bastante poderosa que provoca entrañarse de inmediato hacia aquello que nos están contando.

La visión de Cervantes como director vuelve aún más franca y honesta a la obra. Pone a sus personajes sin más elementos que sillas, veladoras, algunas macetas con flor de nube y vestuario de tonos, adecuado de la época. Les da a sus actores la posibilidad de explorar con profundidad los detalles de sus líneas, adentrarse en la piel de cada personaje y exteriorizarlo en gestos y movimientos marcados con sumo cuidado en el discurso. Guarda bastante limpieza en sus trazos, para que toda la audiencia pueda recibir lo que se está provocando de desde dentro de cada palabra y acción contada, hacia la resolución externa que hay en cada cuadro.

La delicadeza de Cervantes, sumada a la fuerza dramática de Gaitán, generan un producto que engancha de manera total al espectador y culmina siendo enternecedor, contestatario. Los protagonistas de la obra están envueltos en un proceso del cual realmente no forman parte directa, pero se ven afectados, ¿Cuan familiar puede sonar esto?

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Esta puesta dice ser una historia que quizás no sería jamás contada puesto que solo 14 personas fueron víctimas de ella. En nuestro México actual tenemos otra historia protagonizada por 43 normalistas desaparecidos en Ayotzinapa, Guerrero, y la respuesta de nuestras autoridades ha sido tan indiferente que tal pareciera que su localización es otra historia que no valiera la pena contar por el número que representan. Estos nexos – involuntarios tal vez- a la contemporaneidad del país hacen de la puesta entera una maravillosa acción de respuesta y sensibilización.

José Concepción Macías , Iyasú Torruco, Marco Vidal, Daniela Baltazar, Carlos Kumukai, Sol Sánchez, Gabriela Ambriz,Francia Castañeda, Mari Carmen Ruiz,  Diana Magallón, Elizabeth Pedrosa,José Rafael Flores, Enrique AguilaryVerónica Bravo, estelarizan siendo un reparto homogéneo, entregado al ejercicio teatral con el corazón. Actuaciones frescas y amables que denotan entereza.

Hágase un favor y asista a someterse a la prueba del equilibrio, puedo asegurar que no se arrepentirá.

Originally posted 2014-10-17 11:12:15. Republished by Blog Post Promoter

Sobre la palpitante sangre que expone el corazón

“Es pacífica la profundidad, porque de cualquier manera no puedes respirar, no necesitas rezar, no necesitas hablar.” 

Florence + The Machine

 

Siempre es grato poder acudir a nuevos espacios dedicados al arte, emociona la sensación de poder entrar por primera vez a un lugar que se transforma o crea como galería, sala de conciertos, centro cultural, etc. En esta ocasión, un teatro.

 Ubicada en Churubusco, a una distancia breve del Centro Nacional de las Artes (CENART), Casa Actum ha iniciado labores para cerrar bien este año con una obra completamente nueva, recién salida de la mente de Ro Banda, quien así mismo dirige esta pieza titulada Oler La Sangre, que se presenta de viernes a domingo en el mencionado recinto.

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 La abuela ha muerto, al fúnebre encuentro que viento ha traído asisten los nietos de la susodicha. Ale no sabía de la existencia Alo, él nunca había querido volver a saber de su familia, sin embargo ahí están. Dos hermanos frente a un cadáver que en cartas individuales les pide ir al encuentro de la madre de ambos que Ale creía muerta, para que los fantasmas se congreguen, para que la sangre circule dentro de un mismo aparato.

 Una de las infinitas lecciones que pueden quedar es que no importa la distancia, o lo que dejó el pasado, al final la sangre verdaderamente llama y uno responde, por inercia quizás. Aquí los hermanos separados fueron criados de diferente forma y crecieron para ser entes de círculos equidistantes, sin embargo hay una constante en ambos, que los atará por siempre. Ese lazo puede incluir -o no- sentimientos como el amor, el odio; pero existe.

 De tener que describir la dramaturgia de esta obra en una palabra, probablemente sería “propia”, Ro Banda desarrolla un texto dónde los arrepentimientos danzan alrededor de dos seres humanos flagelados, son demonios buscando la carne de personajes demasiado confundidos para entender el funcionamiento de estos o para sopesarlos. Empero, son cercanos a sí mismos y al público que presencia su reunión. No solo hay comprensión en los rasgos de abandono y necesidad, sino que se desarrolla un planteamiento activo en poesía que hilvana el relato. Cada frase encierra tensión, pareciera que están dispuestos a destazarse en reclamos, pero solo consiguen construirse mutuamente, porque así somos los humanos.

 No solo el autor denota honestidad, sino entereza del diálogo para poder tomar una historia que pudiese ser común, en un montaje transparente que analiza íntimamente las posibilidades de reconocer al otro dentro de uno mismo, por el lazo familiar o por las carencias similares. En su dirección da dos líneas completamente diferentes a sus personajes, él está vació y ajeno, mientras que ella se sostiene firme en su desesperación interna. Ante tal paralelismo el rechazo se imprime mientras que el tiempo se detiene, reflejando una unión inevitable que resulta del hartazgo que da la lejanía.

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“AHÍ ESTABA LA INMENSIDAD, Y NOSOTROS AHÍ”

 Aunque, sin duda, existen tropiezos en esta primera temporada que imposibilitan explotar la grandeza del texto mediante una representación a pleno. Primero, el ritmo, que dentro de su tenor pausado llega a provocar que si el espectador se distrae en lo mínimo se vaya definitivamente del viaje. Debido quizás a que los círculos no conectan a partir de la segunda parte de la trama.

 Suma la desviación de tono en los actores, si bien el trabajo es bueno, de calidad y disputable, no hay un equilibrio en el trabajo que se desarrolla. Este detalle tendría que ver más con el tipo de actor con el que se está trabajando y su diapasón emocional para adoptar al cien los elementos de origen en el texto, pero al cocinarse sobre el mismo espacio planteado por Banda, deriva de aquí la responsabilidad de nivelar su propia creación.

 Claro que estas situaciones no disminuyen la capacidad tanto como la valía que otorga este producto, dónde se reta a la disminución de la acción coreográfica para exaltar al parlamento. La narrativa asemeja a una compleja proveniente del 1800, empero, el sabor añejo (como con los buenos) vinos se disfruta más.

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 Establecido está de entrada el reto coreográfico al tener que disponer de un espacio escénico acortado, en dónde el personaje de Carlos Rodríguez Rodríguez, sumido en la arrogancia un tanto pesimista propia de Alo (con clara influencia del estilo de Beckett) trata de ir hacia adentro a pesar de que su argumento denota lo contrario, viceversa con el rol de Cecille Zepol como Ale (ubicada como una mujer de clase media-alta que ostenta el porte y la elegancia de la infelicidad). Estos dos hermanos quieren construir una historia fragmentada, tal vez para sentirse amados por alguien equivalente o al menos igual de roto.

 Los actores construyen actuaciones justas con chispazos de fiereza escénica que necesitan crecer a incendios. Más la atmósfera pesada en la que los claroscuros de la iluminación juegan con la apertura de la historia apoya correctamente junto a la atinada musicalización inexistente. Se cocina un sello personal para el joven autor y director que promete convertirse en un dramaturgo contemporáneo de alta importancia en el panorama teatral mexicano.

 Oler La Sangre es una obra para los que tienen hermanos, para los que no los tienen, o tal vez simplemente para los que saben del dolor que da cualquier ejemplo de distanciamiento. Crecerá hasta coronarse a futuro como una gran puesta, dejando a sus espectadores la indescriptible sensación de tener que tomar el teléfono para comunicarse con cualquiera, decirle tan solo “hola”, aunque también podría ser que no haya intercambio e palabras, que se aproveche el silencio, ambiguo paladín, que es más explícito en momentos que cualquier verso.