La presión de los cuerpos sumergidos al agua

Frente a las situaciones que nos rodean y presionan, ubicamos nuestro ser dentro de un profundo mar, del cual buscamos la forma de salir a la superficie para aspirar la libertad de la paz, más en ocasiones, el peligro que se corre de morir ahogado, es equivalente al de asfixiarse en la libertad de nuestros propios actos.

 Diego Del Río es uno de los directores de teatro actuales de mayor importancia, además del más destacable de su generación. Sus propuestas se perciben siempre con esta intención de afectar directamente a la emoción desde el principio, para así, adentrarnos  en el contrato de la puesta y hacerla tan nuestra como plantea. Definitivamente un trabajo bien concebido en “El principio de Arquímides”, presentándose en el Teatro Julio Castillo del Centro Cultural del Bosque.

Mariano Palacios & Humberto Busto
Mariano Palacios & Humberto Busto

 El texto nos adentra a una problemática ocurrida en una escuela de natación, un joven maestro ha sido acusado por una alumna de 5 años de dar un beso en los labios a uno de sus compañeros. El educador defiende que lo hizo para tranquilizar al pequeño que tenía miedo de entrar a la alberca sin flotis, además recalca que fue un beso en la mejilla. Pero la situación actual de esta sociedad no permite tolerancia ante tales sospechas, ¿Qué hará la directora?, ¿Qué opinan sus compañeros de trabajo?, ¿Los padres de familia conocerán la acusación hecha por la pequeña?

 Quiero aplaudir en un principio el inteligente texto de Josep Maria Miró, autor oriundo de España. En este diálogo nos habla acerca de la doble moral persistente en la sociedad que cada vez proclama ser mas “abierta”, de los prejuicios, del miedo, la inseguridad, del existencialismo, de la adjetivación, de la violencia (en un amplio espectro) y más, todo bajo el fantasma de la paranoia en la que todos estamos presos en la actualidad.

  Miró propone una mirada honesta a una agravante que va creciendo como la presión en una tetera, hacia un suceso cotidianidad existente: una acción que originalmente se puede catalogar como inocente, pero que también podría ser mal intencionada. ¿De qué depende entonces la visión de la realidad que está ante nosotros?, esta respuesta se balancea entre los hechos tangibles, la cultura previa y la sospecha, bendita arma de letalidad impune o caluroso abrigo.

Héctor Kotsifakis & Fernanda Borches
Héctor Kotsifakis & Fernanda Borches

 Luego entonces, Del Río toma la historia para llevarlos a su máxima veracidad y apego a la realidad perceptible,  montando una línea dónde nos otorga información, corta y repite pero con nuevos detalles, luego adelanta el tiempo, luego lo atrasa. Esta narrativa no lineal resulta un juego bastante interesante que permite analizar el caso expuesto desde diferentes aspectos y valores a juicio, más finalmente no nos dejará descubrir uniformemente la verdad, y es que como pasa en la sociedad común: cada quién ve lo que quiere ver.

 La escenografía de Matías Gorlero resulta bastante atrayente e interesante, nos presenta la sala de profesores de esta institución de manera total, con salidas, movimientos y cambios de iluminación que aportan un grato ritmo y soporte al trazo escénico. Curiosamente se adapta a un patrón dado en las 2 últimas direcciones de Diego Del Río (Tribus, Proyecto Chéjov Vanya) dónde el escenario queda al centro del espectador para ver la acción en totalidad en dos frentes, cual si fuésemos los observadores de la cámara de Gesell.

 Los personajes comparten un elemento vital: el miedo. Miedo a que se descubra una verdad, miedo a que se complique más una mentira, miedo de creer en algo que no conocen, miedo por alguien al que aman. Generan pues una fantástica tensión que se apodera del ambiente y envuelve en la intriga, nos convierte en los jueces y cómplices. Son seres que descubren horrorizados que la rutina se ha disfrazado entre ellos como el “conocer” a quién convive a su lado el día a día.

 Un elenco bastante equilibrado, dónde Huberto Busto, Mariano Palacios (un grato redescubrir actoral, ahora en el drama), Fernanda Borches y Héctor Kotsifakis (Alternando con Arturo Barba), viven en verdad la trama y la comunican con éxito, respetando los lineamientos del discurso y la intensión de la dirección a la orden. Se pertenecen.

 Resulta pues un producto que nos explica la ambigüedad de las relaciones humanas y el peligro que las mismas pueden representar, pero de las cuales no podemos escapar, pues podríamos hundirnos. Imperdible.

Consulte cartelera
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Originally posted 2014-03-27 00:29:18. Republished by Blog Post Promoter

De Master Class con la Callas

“EL ARTE ES UNA LUCHA POR LA INDEPENDENCIA”

MARÍA CALLAS

15 años después de  su estreno en México, bajo la dirección de Francisco Franco, Ocesa Teatro repone Master Class, original de Terrence McNally, desde la nueva visión de Diego Del Río a la cabeza del proyecto. Conservando a la actriz que por excelencia ha nacido para encarnar a la mítica María Callas: Diana Bracho.

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 La música es la expresión artística de mayor impacto en los seres humanos. La unión de los sonidos en coordinación absoluta con la ejecución busca mover las fibras más sensibles del espectador, mediante el acto comunicacional del ejecutante y la intención que este da a su obra. El canto es el complemento idóneo para esta labor. Cuando el canto alcanza los límites de la perfección, la recepción se convierte en un auténtico viaje alucinante que sobreexpone sentimientos a impulsos definitivos.

 Hacer música, buena música, no es fácil. Dedicarse a ella tampoco. María Callas, la máxima figura de la ópera del siglo pasado es el ejemplo claro de una vida consagrada al arte, a la técnica y a la totalidad de lo que significa interpretar aquello que el autor propone tanto en letra como en música, vivir las composiciones, dejando todo atrás para seguir su camino, una vía de éxito y triunfo, pero dolorosa.

 Este sendero de rosas espinadas alcanza una plenitud dramatúrgica en Master Class, una de las más grandes obras de McNally, quién propone contar la historia de la diva a partir de un momento clave en sus últimos años de vida: la impartición de sus clases maestras de canto en la Juilliard School de Nueva York.

 Situados a principios de los años 70’s, la divina se encuentra en el declive absoluto de su majestuosa voz, sopesando la decepción amorosa que le ha dejado Aristóteles Onassis; Ante tan devastador panorama, impartirá la lección a un auditorio lleno y tres estudiantes que someterán sus aptitudes vocales e interpretativas. A través de estos pupilos, Callas recordará mediante la música los momentos más devastadores y gloriosos de su carrera, los cuales la han hecho llegar al momento que está viviendo, sumida en la soledad y la añoranza del talento que se ha escapado de su cuerpo, más no del alma.

 Aquí el autor se vale del emblema de la soprano para expresar una demanda implícita real hacia aquellos que se dedican al arte: lo importante es estar dispuestos a servir, con disciplina, pasión, entrega y concentración, de lo contrario no se logra nada. El discurso ahonda en la necesidad de asumir el reto de la existencia mediante la consagración a la excelencia, pero sin dejar a un lado la dignidad y la integridad existencial humana.

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 “SIEMPRE DICEN <TE AMAMOS>, NUNCA <TE AMO>”

 McNally señala duramente la posición de Callas como una mujer sumisa y acomplejada en los momentos que así se mostró, empero, otorga una mirada de justificación compasiva a la transformación absoluta que se vio forzada a tener para evitar ser lastimada de nueva cuenta. Es ahí donde la dirección de Diego del Río aparece para detallar el relato de ese corazón, de la mujer que ha perdido tanto que le es difícil describirlo.

 Del Río analiza la voz humana por medio del anhelo de retroceder el tiempo, encuentra en el escrito de McNally a la artista vacía para exteriorizar las vicisitudes de su contexto. Proyecta con fuerza el dominio y la pasión en un espacio que triangula hábilmente sus cuadros focalizando correctamente las acciones. Este director lleva a otro nivel al producto, asegurándose de tornarlo entrañable, lo cual logra correctamente con un grupo actoral fuerte en un montaje elegante y visualmente propositivo. Aunque si bien es notoria la línea que pretende seguir, tanto como las sensaciones a dejar, es inevitable sentir (solo para aquellos que hayan visto otras direcciones de Del Río) que queda jugo por exprimir.

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 Absoluta es la calidad actoral de la primera actriz Diana Bracho. Desde que pone un pie en escena inunda la sala con una presencia exquisita de palmo a palmo. La actriz consigue reflejar la oscuridad de un pasado que sustrajo la belleza de la bondad, castigándola con la furia intrínseca de los recuerdos. Los colores que encuentra en su ruta emocional son precisos,  capaces de hacernos sentir amor a su ironía o  arrogancia. Sabe dirigirse a su público y hacerle gratamente íntimo el momento, imprimiendo una fantástica empatía. Porta la piel de su personaje y lo disfruta, dejándonos saborear con ella cada tono.

 Ronda de aplausos merecidísima al resto del elenco integrado por Antonio Albores, Mónica Raphael, Ernesto Gout, Edgar Ibarra (cuyo fascinante talento y destreza al piano transportan totalmente a cada lugar imaginado en las partituras de Bellini a Verdi) junto a Denise De Ramery, quién resulta una joya actoral que se eleva a la altura de Bracho para robarse el momento al brillar como la insegura Sharon anotándose uno de los momentos más  contundentes de la puesta.

 Sería injusto dejar de mencionar la atinada Iluminación de Laura Rode que aprovecha la conceptual escenografía de David Lombrozo para hacer notar cada movimiento actoral. Amén de la genial caracterización de Bracho como Callas, a cargo de Bernardo Vázquez.

 El arte, en su misterio, las diversas bellezas mezcla y confunde, recóndita armonía de las diversas bellezas. Pero no hay que confundirse para afirmar que esta producción es una auténtica clase maestra sobre el buen teatro y la vida misma.