La mujer que no se quería


En una parte recóndita de la vida, existía una mujer que no quería ser ella. Buscaba la forma de compenetrarse con el exterior, y poder admirar la banalidad del mundo que tanta depresión le ocasionaba. Corrompía el delito de sentir más de la cuenta, su grado de sensibilidad le permitía frustrarse día a día por tanto dolor e iniquidad humana, quería olvidar que el mundo parecía estar despierto pero que a su vez, solamente estaba adormecido por el temor contemporáneo.

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Crédito:La Vanguardia.

 Parecía ser una mezcla de antónimos y más con los estereotipos que le bombardeaban la cabeza, una y otra vez. Cansada de andar por el camino con otros zapatos, quería adoptar unos de color más chillante – de esos que la gente aprecia más-, y la emoción le llegó de una forma tan ingenua, que quiso ser como las demás mujeres, tan asfixiadas de falsedad. Ella pensaba, que las personas sólo querían a las chicas que eran agradables a la vista –según los requerimientos sociales-, y todas las noches anhelaba ser otra persona, ser como las demás, porque ya se había cansado de llorarle e implorarle a la luna, que solamente quería ser aceptada.

 Le gustaba la noche, porque la magia de las estrellas le permitía soñar despierta y además, podía confiarle todos sus secretos a unas hojas de papel plagadas de tinta negra. Parecía que la oscuridad se conjuntaba con sus miedos, y así se hacían mejores aliados para poder platicar con el muro sobre las angustias que la acechaban cada día, cada tarde, a cada momento. Mientras las lágrimas brotaban de repente, las manos parecían articular todo el dolor que sentía, y plasmaba sobre el cielo un mar de esperanzas por cumplir, y una de ellas era ser normal y aceptada.

TE ECHO DE MENOS
Crédito:Blogspot.

 Tal renuencia para amarse a si misma, le provocó grandes inseguridades y trató de ahuyentar los miedos de miles de formas, pero siempre fallaba y la aflicción llegaba para corromper su estado de ánimo, cuando éste tipo de situaciones la acechaban. No creía en ella, y desgraciadamente no podía ver la hermosura de sus pensamientos, de su espíritu y de su gran talento para amar, lo malvado de esto es que siempre la abrumaban tantos complejos que no podía sentirse completa. Ella sólo quería ser como las demás, como esas chicas que eran normales, esas que la gente acepta rápidamente y que parecen no tener problemas, porque su mente es tan superficial que no pretenden ir más allá del presente. Esa  mujer se la vivía soñando, era su pasatiempo favorito. Divagaba tanto, que se perdía entre la gente para tocar los pétalos de las flores en el parque, para dibujar caritas felices en los dedos de los demás, le gustaba oír ruidos extraños mientras la gente peleaba, disfrutaba caminar en medio de la noche, porque la noche era tan hermosa, que todos parecían olvidarla y se consolaban con la diversión que ofrecía, pero no con su significado real.

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Crédito:Blogspot.

 Mientras los hombres pasaban y se detenían a ver a la chica más guapa, ella pasaba inadvertida bajo sus letras y sus pensamientos, sabía que eso no le pesaba, sino que creía que no era tan divertido ser tan diferente, eso a la gente parecía aturdirle y la hacía más vulnerable hacia el dolor. Todo pasaba mientras ella caminaba, sólo escuchaba el rumor del mundo para poder entender el porqué de tanta injusticia… y así, pasaba la vida, llena de suspenso y de una grotesca pizca de advertencia.

 Harta del mundo, fastidiada de su propia persona, decidió ser como las demás y empezó a celebrar las cosas más estúpidas del mundo; planeta en el que se augura una mujer aceptable. Buscó pertenecer al mundo, siendo como las demás y obviamente, se sintió más infeliz que nunca por adoptar lo más somero de la existencia. Se preocupó tanto por dejar de ser ella, que de repente se encontró con la espada que le haría más daño. En ese afán por buscar un cambio, olvidó la belleza de toda su singularidad, ese toque que la hacía tan especial a la vista de los demás, sólo que ella no quería darse cuenta de lo que era realmente; era la gota de aceite sobre el agua, pero se empeñaba en no serlo.

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Era lo que el viento le dijera. Crédito:Blogspot.

 El espejo parecía mentirle y ser su peor enemigo, es por eso que no se llevaba muy bien con él y su trato siempre fue ofensivo, no había una situación cordial entre ellos, al grado de que mandó a quitar todos los espejos de su casa, para poder sentirse más tranquila. Ellos no eran amigos y parecía que no iban a tener una relación de respeto. Porque esas láminas resplandecientes, le mostraban algo que no quería ser.

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Lo sublime del viento fue su guía. Crédito: Flickr.

 Pasaba el tiempo, y de repente encontró que el mundo merecía pensamientos sinceros y bellos. Y decidió por primera vez ser ella, con esa luz tan deslumbrante que se negaba a ver, con toda esa lluvia de emociones que no quería que le invadiera, puso un espejito sobre su tocador, para verse de vez en cuando y poder quererse poco a poco. La aceptación comenzaba a fluir y de repente sin demora alguna, llegó alguien que la haría sentir más especial de la cuenta, era un alma que también disfrutaba de los detalles más sublimes de la vida. Eran unos soñadores entre el mundo que está dormido. Así comenzaron la existencia de lo desconocido. Ella, ahora es lo que siempre quiso desechar. La vida no se equivoca.

Reencarnación

Escupió cerca de la puerta de su casa pensando que el gargajo no alcanzaría su propiedad, pero no fue así. Resbaló de la madera comida como un caracol. Tomó los papeles, respiro fuerte y empezó a correr hacia el rancho.

A su paso podía ver las casas desmoronándose como mazapán, los caballos llenos de costras asustando a las moscas con su cola, la tierra mojada de tristezas y seca de otras tantas, árboles cansados, y el aire, pesado y sucio, tanto, que le costaba dar el siguiente respiro.

Llegó a la entrada de “Los Sandovales” y le chifló al borracho de Jacinto. Chifló tres o cuatro veces. Nada, no aparecía nadie. Abrió los papeles que llevaba en la mano, sudados por la carrera que se había echado. Volvió a ver ese conjunto de letras manchadas y sintió la misma emoción de días pasados.

Se sentó a la entrada, dejó su sombrero unos pasos adelante y comenzó a lanzarle piedras.

Después de un rato, apareció Jacinto tambaleándose. Se reía y gritaba, le chupaba a la botella dejando caer más alcohol en su pecho que en la boca. Escuchó el silbido y volteó hacia la entrada, logró distinguir a alguien detrás de la reja y sonrió al percatarse de que era su amigo.

– Si yo reencarnara, y Dios mediante no lo haga –al mismo tiempo que se persignaba- rogaría para hacerlo en ti, Encarnación.

Soltó una de sus sonoras carcajadas y lo abrazó.

– ¿Qué se te ofrece, Chon?, ¿andas buscando a la patrona, tan chula?

– ¡Cállate, tú! Te van a jalar las patas, burro. Vengo a ver a la Teresita pa’ que me lea lo que dice aquí. Pa’ mi que es algo importante y aquí no’mas ni nos enteramos de lo que pasa en la capital.

– ¿Y pa’ qué te quieres enterar de tanta burrada? Que si esto, que si’l otro, que la chingada…nada puede ser pior. Mira, mira –y le enseñó sus manos, negras y partidas por el trabajo de las minas de unos años antes- estas manos ya no sirven en el campo, y si sirvieran de algo, preferiría cortarlas antes de servirle a estos desgraciados. O, ¿qué?, ¿ya no ti acuerdas, Encarando de mi alma?

– ¡Ay, Jacinto! Se le olvida que ai’ que comer y vestir, y pa’ uste’, pues chuparle fondo al tarro. Hasta el vicio sale caro, Jacinto.

– ¡Vete a la fregada!

– Ándele, lléveme con la muchacha, ella es la única que sabe leer y escribir en este méndigo pueblo.

Empezaron a caminar por la vereda empolvada mientras Jacinto cantaba las canciones de la Revolución. Por primera vez, Encarnación se dio cuenta que las manos de su amigo eran idénticas a las suyas, simplemente unas estaban lastimadas de  tanta oscuridad y las otras de luz. Pobre Jacinto –pensó- pa’ pronto se nos va.

Al llegar a la cocina de la casa, las mujeres saludaron al hombre sin hacer mucha cuenta de su presencia.

Hablaban de la mascare a los campesinos del pueblo vecino. Mataron 17 hombres y una mujer que iba pasando, que para su mala suerte sirvió de testigo. Por eso –decían ellas- las mujeres no deben salir de la cocina.

– Vete por la Teresa, Lupe –dijo Jacinto- Chon necesita verle.

La mujer salió corriendo de la cocina hacia el establo. Teresa era la única muchacha educada del pueblo porque era hija del patrón y de una de las hermanas de la difunta señora. La patrona, al enterarse del desatino de su esposo, obligó al mismo a no reconocer a la niña. Dejó que la cuidaran las criadas, pero permitió que se le diera educación y un plato más de comida al día.

Lupe regresó con Teresa y le señaló al hombre que quería hablar con ella.

– ¿En qué le sirvo, Encarnación? – le dijo sonriendo mientras se limpiaba las manos con un trapo.

Se fueron al otro lado del rancho, por donde estaba el establo y los camastros de los peones, todos juntos como teclas. A unos cuantos metros estaba el cuarto de Teresa. Mejor acomodado, menos apestoso, menos húmedo, menos indecente. Se metieron alejado uno del otro. Todos en el rancho pensaban que dormían juntos y, aunque no era cierto, los dos dejaron que el pueblo entero pensara eso.

– ¿Qué traes en las manos que lo agarras como si fueran los muslos de una mujer? – se rio.

– Nada, patrona. Con la noveda’ de que yo ya sé leer tan bien como uste’.

– Ya era hora, Chon. Llevas años viniendo. ¿Si leíste todo lo que te di?

– Si, patrona. Todo y un cachito más. Periódicos que llegaban a la cooperativa hablando del Tata  y las reformas, y por lo que nuestros papacitos se murieron hace 20 años. La noveda’ de la repartición de tierra, como decía Zapata, patrona…

– Ten cuidado con lo que lees, Encarnación –dijo Teresa interrumpiendo el entusiasmo de aquel hombre –deja te digo que las ideas son de los dueños y para los dueños, no para nosotros, mucho menos para ti…

Él bajó la mirada con vergüenza y rabia. ¿Cómo carajos se atrevía a menospreciarle así? Después de todo, pensó, él era el único indio que sabía leer. Sólo le faltaba aprender a escribir para largarse a la capital y verse como los dones que visitaban al patrón.

– No tienes buen nombre, Chon –continuó Teresa.

– Con todo respeto, patroncita –se quitó el sombrero apretándolo contra su pecho –uste’ tampoco.

– ¿Los periódicos te enseñaron a insultar?

– No, patrona. No’mas me ando dando cuenta, a estas alturas de la vida, que la culpa y la jodida es di uno. Pero así, di uno a uno, se van a ir yendo como fueron llegando, sin nada.

– No me estarás diciendo que fue justicia divina la muerte de los 17 miserables del otro pueblo, ¿verdad?

– Pues yo que voy a saber, patrona. Dios dispone y uno se agacha. Y se lo digo, de uno a uno.

– El que lo hizo es un perro, y los perros dependen de un amo.

Se salió del cuarto maldiciendo a la mujer. Eso le pasa a los hocicones –se dijo a sí mismo- primero aprendí a callarme y luego a hablar. Se puso el sombrero y dispuso volver a su casa. No dejaba de escuchar las últimas palabras de Teresa: “Cuando aprendas a escribir, fíjate que la tinta no sea roja, Encarnación”. Pinches viejas, dijo, son como la diarrea, no’mas nos aguadan hasta el alma.

Siguió cuesta abajo, convencido de su labor, de su tarea, del papel que habría de jugar en los nuevos tiempos.

La mató sin que se quejara, no hubo llanto ni lamentos, mucho menos suplicas. Deseaba que Jacinto y todas las gallinas fueran igual de obedientes, pero sabía que no sería así, que toda esa bola le iba a dar batalla al igual que los otros 17 y la viejilla sin suerte del otro lado.

–  ¿Por qué no entiende, patroncita? -le dijo al cuerpo aún tibio de Teresa- aquí dice -golpeando las hojas amarillas y quebradizas con el dorso de su mano negra- y no lo digo yo, lo dice el Tata, “La miseria, la ignorancia, las enfermedades y los vicios esclavizan al pueblo”.

Mató a todos sin saber que el pueblo era Jacinto, eran los 17 peones, la mujer desafortunada, él mismo.  Mató a todos sin saber que el Tata  era pasado. Mató a todos sin saber nada.

Llegando a la casa, se detuvo. Al final, pensó, la puerta de esta casa nunca fue mía. Y escupió hasta sentir la garganta seca como la tierra.

Suele suceder

Para Rubén Ramírez

Advertencia lector: medítese, tómese con calma.

 Ese hombre me miraba con una envidia memorable. Las grietas de su furia rompían todos los terrenos de mi ser, una neblina absurdamente blanca componía el cosmos sobre el que vacilaban nuestras francas sensaciones. Todo giraba sobre un prisma inconsciente y palpitante, y en medio de ese hermoso caos, estaba ella, sanguinariamente feliz. Con la latitud sur de sus lindos labios parecía borrar los ceños fruncidos de aquel hombre. De pronto, la reverberación de un siniestro aleteo detuvo mi sueño.

 Desperté agitado como si el golpe de la realidad no pudiera precipitar mi sistema nervioso hacia alguna dirección, entonces provocaba una especie de titubeo en todo mi maldito cuerpo, anciano y decrépito, como si los paradigmas del onírico caos y el orden del insomnio coincidieran durante un instante, en una única sensación de recuerdo y olvido, hambre y nerviosismo.

 Una palomilla intrépida se agitaba por la línea delgada de la noche, se desenvolvía y dibujaba círculos absurdos e innecesarios por toda mi habitación. Las paredes de mi cuarto son blancas como la nieve, y el insecto café las surcaba sin timidez alguna; quería atraer mi atención visual, tal vez para no ser olvidado y ser descrito en estas perversas páginas, ahora transversalmente desleídas.

 La gama sombría de matices que moraba en sus alas, me recordaba lo infeliz que era. Me recordaba mi infancia en casa de la abuela, correr de forma provocativa para decir de cierta manera que existo. “Aquí estoy, idiotas, ¡no me olviden!”. El surcar sin ningún temor me provocaba cierta admiración y envidia, pero en la degradación oscura de su figura había un cierto reflejo de lo profundo de mi alma.

 Se dice que las palomillas se adaptan inmediatas al ambiente hostil de las ciudades: de las fábricas oscuras, del humo estéril y bien logrado. Generación tras generación degradan el color de sus alas, un proceso que los extraviados científicos han denominado melanismo industrial. Esta impulsiva transformación me recuerda tanto al desarrollo opaco de los hombres; un reflejo cercano de lo que seremos o, de alguna forma, lo que somos. Hombres sin tinte alguno.

 La captura fue rápida. Sólo dos movimientos: de un trapo viejo, y de mi imprudente mano, aún más vieja. Ya Darwin intuía de niño que los insectos procedían de alguna especie similar, un origen común para la diversidad de individuos. De grande aplico sus bienaventurados métodos para desentrañar sus macabras hipótesis infantiles. Todo lo que logro con base en la captura y sacrificio eventual de algunos especímenes.

 Decidí arrancarlo fuera de este universo pitagórico. Resolví mostrarme fiel a mi cordial perversidad  y arrojarlo a la laguna del olvido perpetuo. Arrancarle las alas antes de matarlo, mostrarle la certidumbre de los hombres amables. O tal vez era la envidia efímera de no poder volar adonde quiera y como yo quisiera, con surcados desfiguros —causa de estos actos nostálgicos llenos de olvido–. No lo sé, simplemente lo hago.

 Primero pensé en arrancarle la cabeza, pero recapitulé que algunas abejas suelen volar y rascarse durante largo tiempo después de ser delicadamente degolladas, esto es porque su cerebro inhibe y limita sus movimientos durante su corta vida, una programación restringida en la periferia de su supervivencia. Todo ello levantaba en mis longevos recuerdos muchas amistades que conocí. Sus mentes limitaban sus desplazamientos. Con el pasar de los años, me doy cuenta que debí despedazar la cabeza de esos camaradas. Ahora ya no puedo; mi mente no me limita, mi cuerpo sí. Con la polilla solucioné otra aptitud.

 El ala occidental de su cuerpo inútil ahora es tan mía como el universo. Al igual que Virgilio, me deleita abismalmente lo asimétrico; la desproporción placentera de otro individuo brinda un sortilegio que los alemanes, en un determinado siglo, experimentaron. Esa excitación tenue, ahora tan íntimamente mía, construía una serie de afirmaciones sobre lo que de joven no pude tantear.

 Son las 2:57 de la mañana y lo que señalará ese momento no es reloj, ni los dígitos, ni el hecho de saber la hora. Lo que marcará para siempre ese instante es esa posibilidad de que yo contemplara por un momento la totalidad cruel e íntima de mi yo sanguinario y dichoso con el cosmos, esa dialéctica encantadoramente cruel entre un yo y un él. Uno vive para que otro pueda sufrir, uno sufre para otro pueda vivir. No lo entiendo, nunca lo entenderé, pero ese delirio me encanta, y en ese instante siento la potencia tímida de mis manos clementes matando a un pequeño sujeto entre la confusión graciosa de este afortunado universo.

 Cada libro escribe sus propias páginas, cada insecto vuela bajo sus propios delirios. Tengo una siniestra fe en que la palomilla quisiera ser asesinada por mis manos piadosas, mis manos amables; su suicidio premeditado no tiene objeción alguna. Ahora dormiré accidentadamente tranquilo, sabiendo que fabricamos y tejemos lo exacto cada noche bajo la mirada de los sueños, y sobre estas provocativas y misteriosas coincidencias.

 La noche siguiente, otro aleteo conquista mi vigilia. Otra palomilla audaz, otro insecto inepto quería morir bajo la tutela de mi sombra, bajo los brazos fuertes de mi cuerpo viejo. Mi masa arcaica tan aferrada a este tiempo aún quería moldear la realidad, aún quería, deliberadamente, destruir a los seres que la componen.

 Quizás era el mismo insecto de anoche que se reintegró a este universo comprensible. Quizás fui yo quien regresó a la noche previa y, de algún modo, mi yo anterior se corrompió y fulminó como polvo ante el viento sombrío de este orden de espacio y tiempo. Entre todas estas justificadas cuestiones, una máxima llega a mi mente: Entre mi y mi, ¿qué diferencia existiría?

 Pienso, y tal vez Dios me juzgué con crueldad, pero la mejor forma de aprovechar el tiempo de otros es matarlos, herir su tranquilidad, transformar su estabilidad en un movimiento de homicidio vertical; llevarlos al límite del suspenso de otra posible realidad. Petrificaría a cualquier ser por el resto de mi vida, pero mi vitalidad es escasa y cada vez más tenue.

 Volví a atraparlo. Los titubeos se mostraron cada vez menores, la experiencia me enseñó que debes ser cruelmente rápido con los débiles, sin vacilar. Nuevamente le estrangule sus  delicadas alas, nuevamente me pongo a la disposición fiel de sus miembros desprendidos. ¡Ah!, qué maldita satisfacción. Todos deberían experimentar al menos una vez la sensación de ser despiadado.

 Algunas veces quisiera ser el personaje bueno de una película de ciencia ficción donde todo es tan definido: los buenos en blanco, los malos en negro. Todo tan tétricamente fácil, tan atractivamente estúpido. En lo sueños suelo ser un personaje bizarro con la anticipación de que ya sé a dónde voy, pero también reconozco que no me gusta recordar. Lo poco que se escribe en mi delgada memoria es que no consagro la dicha en los sueños. Me frustra no tener esas noticias ilustres de los sueños, o tenerlas en determinados instantes y por alguna extraña, necesidad olvidarlas.

 Lo maté otra vez. Otra noche volvió a aparecer y  volví a descuartizar su anatomía oscura. Pensará usted —y acertará seguramente, querido lector— que mi vida es tan vacía que me satisface ser el actor-verdugo de los insectos en esta realidad repetitiva, pero ahora mismo usted es el actor-lector de este auditorio cruel y repetitivo, así que juzgarme con anticipación sería contradictoriamente vago e inútil.

 Lo que procede a continuación quise escribirlo con el propósito, tal vez, de olvidarlo en letras, y que usted, de algún modo, al momento de leerlas, tome un poco de mi recuerdo personal, de mi íntimo olvido. Mi voluntad no es convencerlo de forma estéril o con la argumentación más elocuente y razonable de la que el cosmos pueda producir, sólo es revelar una profunda parte de mí en usted, sin prescribir nada, sin enseñar nada.

 Todo para mí ya es un viaje de vuelta, un retroceso en la desventura diaria; sin embargo, esta noche me sorprende la ruptura brutal de la costumbre recibida y bien arraigada. El universo onírico se tiñe de astros, y conquisto descifrar la sustancia prometedora de los sueños. Que otros odien y lloren por el mundo, argumentando que las sombras son perversas. Esta noche no, esta noche empaño mi onírico vuelo con adversidad y alegría, con mentira y ansiedad.

 Contemplo el ocaso de mis años, de la muchacha que tal vez quise y dejé ir, de sus labios perversos y provocadores. Una reveladora narcosis se encierra en un revoloteo arcaico, en un viejo y oculto aleteo. Me doy cuenta de lo idiota que fui y de los jubilosos instantes que entrelazan mi doble vida, mi duplo infinito de vigilia y sueño. Admito con resentimiento que en este vagabundo desvarío, mi rencor reconoce un espejo perpetuo, pues somos lo que siempre odiamos. Que las mariposas vuelen aunque nuestra semejanza sea una oscura polilla.

 Ahora estoy seguro de que cada insecto introvertido, cada mirada retraída, cada sueño no recordado, la pesadilla amarga de tu padre antes de que nacieras, cada gesticulación prolongada y malhumorada, cada rosa amarilla perdida en el desierto, cada vergonzoso atardecer que no tuviste, cada mujer no encontrada, cada mentira alargada —y tal vez desconocida—, cada risa tenue, cada conversación no dicha, cada ciencia —afortunadamente— no descubierta teje y desteje este universo inútil y bien adaptado como una polilla en medio de una trastornada noche, y que cada hombre será su propio insecto, cada hombre será el delirio de su propio sueño.

 Yo, simplemente seré mi propio antagonista perpetuo en esta celda de espacio y tiempo. Ese hombre me miraba con una envidia memorable…

 

Leonora Vallejo 

Gracias por todo

Hiciste un juramento. Juraste no delatar que tu maestro era Mago. Recuérdalo. Lo juraste. Lo hiciste antes de ser bautizado por el Concilio. Nada de Mago. Tú, mas no Mago.

 Anoche estabas, estabas ante las puertas que resguardaban a la arquitectura dada por el Concilio, mas no tenías un objetivo. ¿Para qué? Era la primera vez que lo hacías, y sólo había que ejecutar unos ejercicios bastante simples. Había que andar por las calles que el Concilio había trazado específicamente para ti. Pero tú te desviabas e ibas tras ella. No tras tu esposa sino tras ella. ¿La recuerdas? Ella, la de los años de escuela. Ella, la que tiene o tenía un nombre que comienza con la letra L. ibas tras ella y utilizaste lo que te enseño Mago. Desperdiciaste horas de práctica sólo para entrar por la ventana de ella. La ventana del apartamento que le construiste a L.

 Calles antes de llegar a ese apartamento te había bastado con dar un salto y, con brazos y manos, aletear ligeramente unas tres veces para poder en un principio levitar, y luego volar. Al volar, olvidaste las enseñanzas de Mago. Ahora entiendes, ¿por qué tú, mas no Mago? Olvidaste las enseñanzas de Mago, pues al volar no reconociste el norte del sur, ¿verdad, que es diferente a lo que los demás suelen pensar? Los demás únicamente transcurren e imaginan que vuelan, únicamente eso. Únicamente transcurren, especulan. Tú no te puedes permitir eso. El Concilio apostó por ti.

 Anoche volabas, pero olvidaste lo de Mago, lo olvidaste y por eso te dio miedo volar a través de las nubes. Porque los demás únicamente transcurren e imaginan que vuelan a través de las nubes, mas sólo es la adrenalina que en algún momento fluye sin control a través del cuerpo, es la adrenalina la que les hace creer que vuelan, y que vuelan a través de las nubes.

 Llegaste hasta la ventana del apartamento que le construiste a L, la abriste con cuidado, fuiste hasta su cama, descorriste el fleco que le caía sobre la frente, posaste un beso tibio sobre ésta y luego te sentaste sobre el borde de su cama; ella, aún dormida, extendió su brazo y entrego su mano a la tuya. Lloraste, llorabas. Había algo en el sueño de L, algo que la perturbaba. Tú te preguntabas qué soñaba.

 —Sueña a algunos de los líderes del Concilio dijo un hombre con traje negro y gafas doradas salido de la oscuridad del apartamento que le construiste a L. Luego el hombre sonrió maliciosamente, se acercó a la ventana por donde antes habías entrado tú, te dio las gracias y saltó.

 Habías echado todo a perder. En el sueño de L escondiste las identidades de algunos líderes del Concilio y ahora Ellos las conocían. Entiendes, ¿por qué tú, mas no Mago?

 Vuelves a posar un beso tibio sobre la frente de L pues quizá sea la última vez que la veas, mas, al hacerlo te das cuenta que la que duerme ya no es L, sino tu esposa. Te arrepientes del beso mientras te acercas a la ventana y saltas a través de ella y vuelas. Toda la ciudad que el Concilio construyó, específicamente para ti, ahora arde. Vuelas a través de nubes negras. Vuelas a través del alma del fuego, buscando a un hombre con traje negro y gafas doradas. La ciudad arde y el despertador suena.

 Anoche soñabas con el fuego que vuela, con el fuego que corría presuroso hacia arriba queriendo ser cielo. Anoche soñabas con luciérnagas que reventaban y al hacerlo sus restos ardían, sus muertes de fuego, luego, sus fantasmas negros. Luciérnagas-nubes de fuego, sus fantasmas negros-humo traicionero. Anoche soñabas con fuego y al despertar tu esposa posó un beso tibio sobre tu frente, luego salió de la cama y se dirigió hacia la cocina.

 Estás decepcionado y no querrás ir hoy hacia lo del Concilio, porque Mago no te dirigirá la palabra, ni siquiera la mirada. Anudas tu corbata. Anoche soñabas que volabas. No era un sueño cualquiera, era una práctica constituida por ejercicios simples. Vas a volar, eso sí, lo harás sin necesidad de aviones, sin necesidad de aparatos. Vas a volar, sólo no vuelvas a desobedecer a Mago. Vas a volar porque el Concilio necesita que lo hagas, no en un sueño, sino durante el día, durante el tiempo de vigilia. Anoche soñabas y tu esposa hace huevos mientras tú lustras tus zapatos. Tocan la puerta de tu casa y tu esposa abre.

¿Vive aquí Sila Govea? pregunta alguien.

Sí, es mi esposo responde tu esposa mientras llegas a la puerta.

¿Tú eres Sila Govea? se dirige a ti un hombre con traje negro y gafas doradas.

Entonces recuerdas que anoche soñabas y que no puedes decir nada sobre Mago.

Sí, soy yo respondes.

Sila Govea, queda usted detenido dice el hombre, que en ese momento llama a otros dos, y estos te apresan mientras tu esposa grita por qué y llora totalmente aterrada.

 Te apresan y te meten dentro de un Corsar negro modelo 91. Miras, a través de la ventanilla, a tu esposa que está sobre el suelo, llorando desesperada, sin saber qué hacer. Hoy, sin duda alguna, no irás a lo del Concilio y Ellos, los que te llevan apresado a un lugar desconocido, los que te llevan dentro de un Corsar negro modelo 91, no te dejarán dormir pues podrías alertar a los del Concilio; y ahora que Ellos conocen las identidades de algunos de sus miembros más prominentes, te torturarán hasta que les entregues las de los demás, ubicaciones, así como sus planes, estrategias y próximas reuniones.

 Hiciste un juramento. Juraste no delatar que tu maestro era Mago. Recuérdalo. Lo juraste. Lo hiciste antes de ser bautizado por el Concilio. Nada de Mago. Tú, mas no Mago.

 Y anoche soñabas con el fuego que vuela, con el fuego que corría presuroso hacia arriba queriendo ser cielo. Anoche soñabas con luciérnagas que reventaban y al hacerlo sus restos ardían, sus muertes de fuego, luego, sus fantasmas negros. Luciérnagas-nubes de fuego, sus fantasmas negros-humo traicionero. Anoche soñabas con fuego y al despertar tu esposa posó un beso tibio sobre tu frente.

 Anoche soñabas que volabas, pero Ellos te han apresado y te llevan mientras tu esposa continua sobre el suelo, llorando desesperada, sin saber qué hacer, mientras los huevos que ella hacía para ti se queman sobre la sartén.

El buen adiós

Cuento de muerte: Horacio Quiroga

“No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir y evócala luego. Si entonces eres capaz de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino.”

 La diferencia entre distancia y tiempo se mide entre palabras. Fueron lejanos y, a la vez, tan similares. O eso es lo que muchos afirman sobre dos grandes autores que no pertenecen a nada igual, ni siquiera a ellos mismos.

 Hablo del genio, Edgar Allan Poe y el gran cuentista de habla hispana, el padre del cuento latinoamericano, Horacio Quiroga.

 A simple vista y con una revisión superficial de estos dos escritores, bien se hubieran hundido juntos en el desatino, tristeza, tinta y fatalidad (¿o será acaso que este último “elemento” fue el impulso devastador detrás de la genialidad?)

 Bien, Quiroga nació en un Uruguay en proceso de modernización, en 1878. Desde pequeño, el destino desgraciado se mostró ante él al presenciar la muerte de su padre. Tiempo después, su padrastro se suicidó; y así, le regaló el segundo acercamiento con la muerte. Ha pasado el tiempo y Horacio vuelve a caer de rodillas, ahora frente al fracaso y el hambre. Una vez más estuvo a su lado junto al fallecimiento de sus hermanos. Y continúa, una de las mayores tragedias para el escritor uruguayo fue la muerte accidental de su amigo Federico Ferrando, a causa de un disparo detonado por el propio autor. Posteriormente, la muerte culminó con el suicidio de su esposa…

 Una muerte más y se convierte en ficción.

Horacio Quiroga
Horacio Quiroga

 Nos resulta difícil pensar en destinos cuando las tragedias se funden en el viento, en el agua, en todo lo que sea vida.

 Su estancia en la selva muestra la frágil situación del hombre frente a seres y situaciones desconocidas. La autonomía, según Horacio Quiroga, es crucial para la supervivencia en un ambiente “hostil” como la selva. Sus vivencias inspiran una de las publicaciones más famosas del autor: Cuentos de la selva, en la cual se reúnen nueve relatos breves donde se traza una naturaleza dual: enemiga y fiel.

 Los relatos dentro de este libro terminan con una enseñanza. Bien parecen ser cuentos infantiles, como si fueran fábulas. A pesar de que en algunos intervienen los seres humanos, los protagonistas principales son los animales. Flamencos que se disfrazan, yacarés que luchan contra un buque, abejas que enseñan una lección, cachorros coatíes junto a cachorros humanos y más.

Caricatura de Quiroga
Caricatura de Quiroga

 La relación entre los ciclos de cada uno de los seres vivos que intervienen en las historias de Horacio nos muestra la idea obsesiva que tiene el artista con la muerte. Nadie lo culpa.

 Entre las recomendaciones más notorias de su obra se encuentran Una estación de amor, Los arrecifes de coral, Diario de viaje, Anaconda, Cuentos de amor, de locura y de muerte, Las sacrificadas, Historia de un amor turbio, Los desterrados, etcétera.

 No sólo trabajó en el mundo de la literatura, los cuentos, la novela, poesía, el teatro y la crítica; también fue fotógrafo, agricultor, carpintero, educador, activista y “misionero”.

 Después de la muerte de Horacio en 1937, siguieron los suicidios de dos de sus hijos y el de su mejor amigo (y no es la muerte) Leopoldo Lugones. Fiel amiga, como si fuera un reflejo.

 Para sentirnos más cerca de la literatura de Quiroga, es necesario ver en el autor la quietud, paciencia y, sobretodo, el conocimiento de vida en sí misma. Observador, detallista, rotundo, maduro y leal. Así se lee a este artista. Sin lugar a duda, el infortunio en la vida de Quiroga sólo deja ver una de tantas pruebas superadas por el autor y que al final, logran determinar su escrito y la estrecha relación que mantiene con la aventura y el riesgo.

 Horacio Quiroga y la muerte, como si fuera una obsesión; quizá lo único que no le faltó en la vida pero, ¿quién quisiera ser amigo cercano de ella?

Para Eugenio

Mentiras

¿Cómo nací, mami? preguntó el pequeño Eugenio.

Ah, pues tú, mi niño especial, fuiste un regalo del cielo- contestó mamá.

Esa tarde, cosa extraordinaria, llovían bebés de todas las razas y tamaños posibles.

El pequeño Eugenio, con el ceño fruncido, veía detrás de su ventana la llovizna aquélla.

Pues el pequeño Eugenio estaba celoso de que alguno de esos bebés, ocupara, su lugar especial.

 

Costumbres

Hola dijo el pequeño Eugenio mientras salía del cuarto de mamá.

Hola le respondió cariñosamente la muñeca de porcelana que estaba recostada sobre la cama de mamá.

Sobre la fe

Niño, suelta la mano de tu mamá— decía un hombre vestido de blanco.

No respondió el niño con lágrimas en los ojos.

El niño estaba recostado junto a su mamá mientras más y más gente engrosaba el grupo aquél de personas curiosas.

Niño, suelta la mano de tu mamá repetía el hombre vestido de blanco.

No volvió a responder el niño.

Bebé, ella ya se fue con Dios— dijo una mujer llorando, sintiendo pena por el niño que permanecía a un lado de su madre muerta.

Y, ¿quién es ese Dios, y quién le dio derecho de llevarse a mi mamá?— gritaba el niño furioso mientras un cura llegaba tarde a la escena del accidente.

 

 

 

Un tal “Sábado”

Se despertó bien. Pocas veces había dormido tan cómodo. No supo en que momento, ni dónde dejó los calambres del pasado. Miró a Gelman echado en la orilla de la cama. Como siempre, tenía pesadillas. Ladraba en murmullo, y movía sus patas de atrás hacia delante, como si corriera.

 Sonrió ante la idea de que un perro pudiera tener recuerdos y exponerlos en sueños, sueños felices donde corretean un hueso gigante o las tinas de baño no existen. Lo acarició y se levantó de la cama.

 La empezó a tender no sin antes realizar un ritual más sagrado: oler la almohada de Nica. Siempre olía a vainilla. Ese olor le recordaba a su tía Matilda que, entre más se enojaba, más desprendía su olor dulce. Por eso, todos los días hacía exactamente lo que no debía. Él tenía 9 años y la tía Matilda, 16. Era la mujer más hermosa y regordeta que había visto; tenía una piel rosa, nariz redonda, ojos grandes y tristes.

 Se sonrojó con sólo pensar que ella fue la primera en desvirgar sus labios inexpertos. Lo que nunca supo fue que los labios de Matilda eran igual de vírgenes que los de él.

Recordó. Ese era el día que había estado esperando. El día que pudiera recordar sin morirse un poco en el trayecto.

 Evocó a su papá. Lo primero que le vino a la mente fueron sus enormes manos, siempre cargando un libro viejo. Recordó a su mamá, y la única foto que tenía de ella. Salía caminando tapándose del Sol con una mano. “Qué tonta es mamá”-decía. Cuando era niño, imaginaba que él estaba a su lado, sonriendo como ella y haciendo el ridículo acto de taparse del Sol. Inmóviles.

 Su papá le había explicado que así como en las fotos, donde ninguno de los personajes se pueden mover; así había quedado mamá. “Tu mamá estaba enferma y por eso murió. Pero, no te pongas triste. Será más cómoda una cama de nube que un colchón normal”, y le cerraba un ojo de donde descendían un sinfín de lágrimas todas las mañanas al ver que la almohada de su mujer estaba intacta.

 Los libros que leía papá eran para gente grande. Papá conocía a todos los que leía. Hablaba de ellos todo el tiempo. Un día robó uno de ellos. Un tal Sábado o Sabato que nunca apareció en la casa. Después de las primeras siete palabras…Esa tarde decidió que no había nacido para leer ni para que sus manos olieran a hojas viejas como las de su padre.

 El vicio de la “no lectura” lo llevó hasta Verónica. Desbancó a la tía Matilda con sólo verla una vez y de reojo. Con Verónica siempre era al revés. Cada vez que sonreía, salía el olor. Como si en su boca, en sus brazos y en sus piernas plantaran vainilla.

 Todo el tiempo que le debiera de dedicar a la lectura, lo dedicó al cine. Asistía a clubs de cine pequeños, con entusiastas y muchos pseudo intelectuales que no hacían más que decir idioteces. Prefería no decir su opinión frente a los idiotas.

 Fue un 24 de Septiembre que encontró a Nica. Estaban proyectando una de las mejores películas de todos los tiempos según él: In the mood for love. Estaría eternamente agradecido con Wong Kar-Wai por la obra cinematográfica que le regaló. Sentía que esa película era para él. Desde Maggie Cheung hasta la música de Umebayashi.

In the mood for love
In the mood for love

 No sabía si Verónica había entrado a propósito, en el momento justo para que todos la voltearan a ver, o fue una simple y perfecta coincidencia. Prefería las coincidencias, al igual que su papá. Después se enteró que esa idea de las coincidencias era de Julio y no tanto de su padre.

Julio Cortázar
Julio Cortázar

 Entró y comenzó a retumbar la música, aquellos violines y el desconsuelo de los mismos. Caminaba lento, como lo hacían en la película. “Así caminaba mi mamá”-pensó.

Luego de pensar, se enamoró. Con Verónica siempre era al revés.

 No vivió una historia de amor digna de contarse en una novela o una película china, pero pensaba que Verónica merecía ser inmortalizada de alguna u otra manera. Es simplemente hermosa. Tiene los ojos de un color que, mientras la amara y lo amara, nunca podría descifrar. Sin embargo, no era tanto el color porque, aún con los ojos cerrados es igual de linda.

 Se le antojó Nica un poco más que el habitual café de la mañana. Fue a la cocina a preparar la respectiva dosis. La taza de Nica estaba medio llena (o medio vacía), y a la cafetera le quedaba un charquito de café. Se extrañó de eso. El día que se casaron, prácticamente se habían jurado tomar café en las buenas, en las malas y en la mañana después de despertar.

 Preparó la segunda ronda. No le dio mucha importancia a la “infidelidad” de Nica. “Verónica, mi Nica”-dijo.

 Escuchó la regadera. Supuso que podía ser la oportunidad perfecta de abrazarla, de arrancarle la piel a besos. Se fue desvistiendo mientras caminaba hacia el baño. Abrió la puerta y el vapor lo vistió. No se veía nada. Entró a la regadera y la vio. Contempló toda su espalda llena de cicatrices. La comenzó a besar, a tocar su cuello, bajar las manos hasta la cadera. Sentía que sus manos eran peces. Nica nunca volteó. Nica no dejaba de llorar.

 Se puso enfrente de ella. Siempre que Nica lloraba, él secaba sus lágrimas con los labios y después la besaba. Le decía, “No me hagas limpiarte los mocos”, y se reían.

 Hizo exactamente lo mismo, pero Verónica nunca rió.

 Poco a poco fue desapareciendo. Cada parte de él se fue con las lágrimas, una a una. Él, sólo podría existir en el café de Nica. Cuando sólo quedaba un pedazo pequeño, una lágrima, entendió todo.

Se despertó bien. Había dormido en una cama de nube.