Breve manía del escribir

 

Famosos por obra y gracia de la pluma, los escritores nos llevan contra las cuerdas. Nos toman de la solapa (o la blusa), y llevan nuestra a-tensión hasta el límite. Conducen hasta conquistar la palabra, no la domestican, la despiertan; sacuden a quien se atreve de ellos.

En el principio no fue la palabra; digámoslo.

Todo artista es dos rostros. Quien escribe está supeditado a la fuerza interior que lo hace alinear las letras en su justo desorden. Escribir es aferrarse. Sin embargo, el otro semblante se compone de pequeñas cosas. Se trata de manías, fijaciones o curiosidades que el escritor atesora consciente o involuntariamente.

Julio Cortázar, por ejemplo, era un amante empedernido del juego. Saludable ludópata, nombró una de las novelas más influyentes del siglo XX en honor a uno de estos juegos: Rayuela. Los amantes saben de qué hablo; al día de hoy siguen llegando trazos de pequeñas rayuelas hasta su guarida en Montparnarsse; París es una fiesta.

Cortazar

 

José Saramago, el único premio Nobel en lengua portuguesa, solía coleccionar piedras de río. A su retorno a casa, la mayoría de las veces traía consigo una o dos elipses de granito, mineral y fuego que recolectaba en sus andanzas. Gustaba también de los caballos; no le apetecía montarlos, entretenía su curiosidad cabalgando a distancia.

Herta Muller, escritora rumano-alemana y también premio Nobel, solía confeccionar poemas durante sus viajes en tren. Recortaba palabras de periódicos, revistas y otras publicaciones que transformaba en “viajeras de una estación que esperan emprender su viaje.” Su afición al léxico periodístico lleva más de veinte años; aún continúa haciéndolo.

 

muller

 

Yukio Mishima, inconforme letrístico japonés, se sobrepuso a la presión de su padre quien no concebía que su hijo fuera un escritor. Mishima escribió gran parte de su obra durante las noches. Al llegar el día, su madre era la primera persona en leer sus relatos. Una vez más, la noche se forjaba a un escritor en secreto.

Seguir el conteo es impreciso. Todos los escritores, antes de serlo, son seres escritos; poseen historia.

Algunos tienen oído para la melodía de Shakespeare, otros son ludópatas sociables, otros coleccionan piedras de río, otros recortan palabras mientras viajen en tren, y otras escriben de noche, al amparo de su necedad.

mishima

En el principio no fue la palabra, ni siquiera la tinta o el papel.

En el principio fue el hombre.

Y no hay hombre que resista los embates de su propio corazón.

El escritor es otro.