Suele suceder

octubre 13, 2014

Por:

Arte, Literatura

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Para Rubén Ramírez

Advertencia lector: medítese, tómese con calma.

 Ese hombre me miraba con una envidia memorable. Las grietas de su furia rompían todos los terrenos de mi ser, una neblina absurdamente blanca componía el cosmos sobre el que vacilaban nuestras francas sensaciones. Todo giraba sobre un prisma inconsciente y palpitante, y en medio de ese hermoso caos, estaba ella, sanguinariamente feliz. Con la latitud sur de sus lindos labios parecía borrar los ceños fruncidos de aquel hombre. De pronto, la reverberación de un siniestro aleteo detuvo mi sueño.

 Desperté agitado como si el golpe de la realidad no pudiera precipitar mi sistema nervioso hacia alguna dirección, entonces provocaba una especie de titubeo en todo mi maldito cuerpo, anciano y decrépito, como si los paradigmas del onírico caos y el orden del insomnio coincidieran durante un instante, en una única sensación de recuerdo y olvido, hambre y nerviosismo.

 Una palomilla intrépida se agitaba por la línea delgada de la noche, se desenvolvía y dibujaba círculos absurdos e innecesarios por toda mi habitación. Las paredes de mi cuarto son blancas como la nieve, y el insecto café las surcaba sin timidez alguna; quería atraer mi atención visual, tal vez para no ser olvidado y ser descrito en estas perversas páginas, ahora transversalmente desleídas.

 La gama sombría de matices que moraba en sus alas, me recordaba lo infeliz que era. Me recordaba mi infancia en casa de la abuela, correr de forma provocativa para decir de cierta manera que existo. “Aquí estoy, idiotas, ¡no me olviden!”. El surcar sin ningún temor me provocaba cierta admiración y envidia, pero en la degradación oscura de su figura había un cierto reflejo de lo profundo de mi alma.

 Se dice que las palomillas se adaptan inmediatas al ambiente hostil de las ciudades: de las fábricas oscuras, del humo estéril y bien logrado. Generación tras generación degradan el color de sus alas, un proceso que los extraviados científicos han denominado melanismo industrial. Esta impulsiva transformación me recuerda tanto al desarrollo opaco de los hombres; un reflejo cercano de lo que seremos o, de alguna forma, lo que somos. Hombres sin tinte alguno.

 La captura fue rápida. Sólo dos movimientos: de un trapo viejo, y de mi imprudente mano, aún más vieja. Ya Darwin intuía de niño que los insectos procedían de alguna especie similar, un origen común para la diversidad de individuos. De grande aplico sus bienaventurados métodos para desentrañar sus macabras hipótesis infantiles. Todo lo que logro con base en la captura y sacrificio eventual de algunos especímenes.

 Decidí arrancarlo fuera de este universo pitagórico. Resolví mostrarme fiel a mi cordial perversidad  y arrojarlo a la laguna del olvido perpetuo. Arrancarle las alas antes de matarlo, mostrarle la certidumbre de los hombres amables. O tal vez era la envidia efímera de no poder volar adonde quiera y como yo quisiera, con surcados desfiguros —causa de estos actos nostálgicos llenos de olvido–. No lo sé, simplemente lo hago.

 Primero pensé en arrancarle la cabeza, pero recapitulé que algunas abejas suelen volar y rascarse durante largo tiempo después de ser delicadamente degolladas, esto es porque su cerebro inhibe y limita sus movimientos durante su corta vida, una programación restringida en la periferia de su supervivencia. Todo ello levantaba en mis longevos recuerdos muchas amistades que conocí. Sus mentes limitaban sus desplazamientos. Con el pasar de los años, me doy cuenta que debí despedazar la cabeza de esos camaradas. Ahora ya no puedo; mi mente no me limita, mi cuerpo sí. Con la polilla solucioné otra aptitud.

 El ala occidental de su cuerpo inútil ahora es tan mía como el universo. Al igual que Virgilio, me deleita abismalmente lo asimétrico; la desproporción placentera de otro individuo brinda un sortilegio que los alemanes, en un determinado siglo, experimentaron. Esa excitación tenue, ahora tan íntimamente mía, construía una serie de afirmaciones sobre lo que de joven no pude tantear.

 Son las 2:57 de la mañana y lo que señalará ese momento no es reloj, ni los dígitos, ni el hecho de saber la hora. Lo que marcará para siempre ese instante es esa posibilidad de que yo contemplara por un momento la totalidad cruel e íntima de mi yo sanguinario y dichoso con el cosmos, esa dialéctica encantadoramente cruel entre un yo y un él. Uno vive para que otro pueda sufrir, uno sufre para otro pueda vivir. No lo entiendo, nunca lo entenderé, pero ese delirio me encanta, y en ese instante siento la potencia tímida de mis manos clementes matando a un pequeño sujeto entre la confusión graciosa de este afortunado universo.

 Cada libro escribe sus propias páginas, cada insecto vuela bajo sus propios delirios. Tengo una siniestra fe en que la palomilla quisiera ser asesinada por mis manos piadosas, mis manos amables; su suicidio premeditado no tiene objeción alguna. Ahora dormiré accidentadamente tranquilo, sabiendo que fabricamos y tejemos lo exacto cada noche bajo la mirada de los sueños, y sobre estas provocativas y misteriosas coincidencias.

 La noche siguiente, otro aleteo conquista mi vigilia. Otra palomilla audaz, otro insecto inepto quería morir bajo la tutela de mi sombra, bajo los brazos fuertes de mi cuerpo viejo. Mi masa arcaica tan aferrada a este tiempo aún quería moldear la realidad, aún quería, deliberadamente, destruir a los seres que la componen.

 Quizás era el mismo insecto de anoche que se reintegró a este universo comprensible. Quizás fui yo quien regresó a la noche previa y, de algún modo, mi yo anterior se corrompió y fulminó como polvo ante el viento sombrío de este orden de espacio y tiempo. Entre todas estas justificadas cuestiones, una máxima llega a mi mente: Entre mi y mi, ¿qué diferencia existiría?

 Pienso, y tal vez Dios me juzgué con crueldad, pero la mejor forma de aprovechar el tiempo de otros es matarlos, herir su tranquilidad, transformar su estabilidad en un movimiento de homicidio vertical; llevarlos al límite del suspenso de otra posible realidad. Petrificaría a cualquier ser por el resto de mi vida, pero mi vitalidad es escasa y cada vez más tenue.

 Volví a atraparlo. Los titubeos se mostraron cada vez menores, la experiencia me enseñó que debes ser cruelmente rápido con los débiles, sin vacilar. Nuevamente le estrangule sus  delicadas alas, nuevamente me pongo a la disposición fiel de sus miembros desprendidos. ¡Ah!, qué maldita satisfacción. Todos deberían experimentar al menos una vez la sensación de ser despiadado.

 Algunas veces quisiera ser el personaje bueno de una película de ciencia ficción donde todo es tan definido: los buenos en blanco, los malos en negro. Todo tan tétricamente fácil, tan atractivamente estúpido. En lo sueños suelo ser un personaje bizarro con la anticipación de que ya sé a dónde voy, pero también reconozco que no me gusta recordar. Lo poco que se escribe en mi delgada memoria es que no consagro la dicha en los sueños. Me frustra no tener esas noticias ilustres de los sueños, o tenerlas en determinados instantes y por alguna extraña, necesidad olvidarlas.

 Lo maté otra vez. Otra noche volvió a aparecer y  volví a descuartizar su anatomía oscura. Pensará usted —y acertará seguramente, querido lector— que mi vida es tan vacía que me satisface ser el actor-verdugo de los insectos en esta realidad repetitiva, pero ahora mismo usted es el actor-lector de este auditorio cruel y repetitivo, así que juzgarme con anticipación sería contradictoriamente vago e inútil.

 Lo que procede a continuación quise escribirlo con el propósito, tal vez, de olvidarlo en letras, y que usted, de algún modo, al momento de leerlas, tome un poco de mi recuerdo personal, de mi íntimo olvido. Mi voluntad no es convencerlo de forma estéril o con la argumentación más elocuente y razonable de la que el cosmos pueda producir, sólo es revelar una profunda parte de mí en usted, sin prescribir nada, sin enseñar nada.

 Todo para mí ya es un viaje de vuelta, un retroceso en la desventura diaria; sin embargo, esta noche me sorprende la ruptura brutal de la costumbre recibida y bien arraigada. El universo onírico se tiñe de astros, y conquisto descifrar la sustancia prometedora de los sueños. Que otros odien y lloren por el mundo, argumentando que las sombras son perversas. Esta noche no, esta noche empaño mi onírico vuelo con adversidad y alegría, con mentira y ansiedad.

 Contemplo el ocaso de mis años, de la muchacha que tal vez quise y dejé ir, de sus labios perversos y provocadores. Una reveladora narcosis se encierra en un revoloteo arcaico, en un viejo y oculto aleteo. Me doy cuenta de lo idiota que fui y de los jubilosos instantes que entrelazan mi doble vida, mi duplo infinito de vigilia y sueño. Admito con resentimiento que en este vagabundo desvarío, mi rencor reconoce un espejo perpetuo, pues somos lo que siempre odiamos. Que las mariposas vuelen aunque nuestra semejanza sea una oscura polilla.

 Ahora estoy seguro de que cada insecto introvertido, cada mirada retraída, cada sueño no recordado, la pesadilla amarga de tu padre antes de que nacieras, cada gesticulación prolongada y malhumorada, cada rosa amarilla perdida en el desierto, cada vergonzoso atardecer que no tuviste, cada mujer no encontrada, cada mentira alargada —y tal vez desconocida—, cada risa tenue, cada conversación no dicha, cada ciencia —afortunadamente— no descubierta teje y desteje este universo inútil y bien adaptado como una polilla en medio de una trastornada noche, y que cada hombre será su propio insecto, cada hombre será el delirio de su propio sueño.

 Yo, simplemente seré mi propio antagonista perpetuo en esta celda de espacio y tiempo. Ese hombre me miraba con una envidia memorable…

 

Leonora Vallejo 

Chulavista

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