Soñar más allá de la guerra

enero 26, 2015

Por:

Arte, teatro, Vista

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Los buenos líderes deben ser primero buenos sirvientes.

Robert Greenleaf

Una reina huye del gobierno de su esposo en búsqueda de renacer, encontrarse, con el anhelo de acariciar la frontera para saberse de sí misma. Al llegar ahí por fin podrá hablarse con indulgencia, lavará su pasado y comenzará de nuevo para ser libre con nada más que su propia persona, con fuerza para lograrlo. Sin embargo en el camino del desierto no podrá andar sola. Por ello su fiel sirvienta la lleva, disfrazada de una vendedora de reliquias de la guerra va tirando de una cama móvil, sobre la cual la soberana camuflada pretende soñar que no está huyendo. Hasta que un sicario pretenda su muerte con el fin de cobrarse la paga de manos del rey, ahí el verdadero viaje comenzará.

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 Por una breve temporada, “Para soñar que no estamos huyendo”, escrita y dirigida por Ana Francis Mor se presenta en el Teatro Benito Juárez. Ana Francis nos introduce a un espacio casi como un limbo, donde Madre Coraje (Bertolt Bretch), La Reina Margarita (Ricardo III, Shakespeare), Jasmine (Blue Jasmine, Woody Allen) y  Las Reinas Chulas se sentaron frente a una botella de mezcal para tratar de generar un discurso sobre la virtud del género femenino a pesar de las vicisitudes de  la vida diaria.

 Aquí la autora presenta a una poeta inmersa dentro amor del creador, tratando de explicarse el sufrimiento que le representa a Dios tener que ver su creación, más aún, convivir con ella. La realidad humana es absurda, los puestos de la sociedad ambiguos; empero, la obediencia femenina persiste como un tratado de esperanza para la cotidianidad. Un interesante y valioso análisis sobre la redención utópica, lo poco común que resulta culpar cuando se entienden los motivos del otro.

 El texto de Mor es fiel a sus raíces. La demanda feminista busca orígenes en bases literarias clásicas para crear personajes sólidos, de psicologías  complejas y ambiciones francas. Estos seres idealizan entornos de prosperidad, pero dejan entrever que en el fondo son presas del costumbrismo, por lo cual ahora están dentro de una zona de confort automático, prensil.

 La trama diseña un viaje en el que la mercader ocultará mediante transacciones –de posesiones aparentemente banales– los pedazos resquebrajados de todos los que han pasado por las batallas contra uno mismo en el desierto. Aquí se apuntan vibrantes imágenes que desenvuelven el clamor dramatúrgico por exponer a una sociedad que se queja de las fallas de un sistema al cual le da miedo cuestionarlas y resolverlas.

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“¿QUÉ ACASO NI A LA MUERTE LE IMPORTA ESTAR RODEADA DE MIERDA?”

 Se pretende lograr una dirección que sea tan entrañable y divertida sin salir del violento drama que representa. Cuida un trazo bastante bello que luce diversas aristas de la narrativa (lo cual sugiere una reposición futura en un escenario tipo arena) al tiempo que se da permiso de delimitar una gama de tonos que exploten la polaridad de su texto.

 Sin embargo, hay una necesidad por subrayar la vigencia de la historia que llega a provocar la caída del ritmo en momentos, escasos, pero que alejan de la perfección. Es entendible porque al final de cuentas la directora quiere conservar (en las oportunidades que tiene) la interacción del cabaret a la que tiene acostumbrado a su público, pero aquí dicho elemento sobra al tener un material escrito tan redondo como explicativo, que no necesita mayores indicaciones.

 La obra produce un desconsuelo impactante. El ver a una mujer que ondea la falsa bandera de la paz, resumida a un plástico blanco, que no puede exigirla por medio del camino árido, un recordatorio directo para cada espectador de su condición ciudadana, humana pues.

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 Amanda Schmelz, Marisol Gasé y Antonio Cerezo protagonizan la historia. Schmelz proyecta a esa deliciosa reina sumida en la depresión de su posición, la de no entender quién es pero desesperada por huir de sí misma, sujeta a la arrogancia monárquica que debe de sellar sus acciones y sentencias para no dejar salir la fragilidad que la consume. La actriz despliega un trabajo tan franco como elegante, conduciéndose cínicamente inquebrantable, hasta el derrumbe auténtico capaz de convencer a su público del dolor generado al saberse acabado.

 Pero  Schmelz no se queda sola, Marisol Gasé demuestra en esta puesta que ostenta el oficio de la actuación con todas sus letras, en mayúsculas, negritas y subrayado. Lejos de su área de trabajo usual, teje un personaje que va agigantándose para envolver en la verdadera mirada de la historia que hay que seguir para comprender la situación contextual. El talento innegable se traduce en disciplina, perseverancia. Gasé delimita el imaginario para sumarlo al discurso transgresor que debe atender, lo imprime honestamente en una grata exposición, dejando un excelente efecto de veracidad.

 Coronando al montaje, la musicalización en vivo de Leika Mochán resulta plenamente acertada. La manera en que su desgarradora y caótica composición sonora señala cada transición en la que aparece es orgánica. La clave es entender desde el corazón el sentimiento y traducirlo efectivamente, Leika  halla el dolor y lo traduce por ritmos sensibles, propios del realismo mágico.

 ¿Es esta una invitación a abrir los ojos? no, quizás más bien una sacudida para despertar. Que el sueño siga siendo tal, ya sea perfecto o tormentoso, no equiparable a la realidad, con el único fin de que esta última algún día pueda ser mejor, tal vez al cruzar la frontera.

Saúl Campos

Comunicólogo, apasionado del arte y la información. Adicto al teatro.