Somos hijos de Juan Rulfo

mayo 8, 2014

Por:

Arte, Literatura, Vista

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“Este pueblo está lleno de ecos. Tal parece que estuvieran encerrados en el hueco de las paredes o debajo de las piedras. Cuando caminas, sientes que te van pisando los pasos. Oyes crujidos. Unas risas ya muy viejas, como cansadas de reír.”

La prosa hipnotizadora de Juan Rulfo se extiende desde los ojos de las manos hasta el alma. Funciona como los ecos que persiguieron a Juan Preciado por todo Comala. Uno, palabra a palabra, se va convirtiendo en habitante de allá, de aquí y de cualquier parte. rulfo-43ede-comala-1

 Rulfo logró herir nuestra piel para asentarse ahí, donde nadie se ha atrevido a rosar, y menos acariciar. Quizá esa sea la razón por la que todos son (y somos) hijos de “un rencor vivo”, hijos de Juan Rulfo, de “un tal Pedro Páramo”.

 El escritor y fotógrafo nació el 16 de mayo de 1917. Fue hasta 1945 que comenzó a publicar sus cuentos, y unos años después comienza a  publicar su trabajo fotográfico. Para 1952 obtiene su primera beca otorgada por el Centro Mexicano de Escritores. Inmediatamente, un año después se edita lo que significaría para la narrativa mexicana el inicio de todo un culto y una tradición literaria: El llano en llamas. Este libro contiene 7 cuentos (publicados con anterioridad en revistas) más otros 8 relatos nuevos.

 En 1955, nace un libro que lleva por nombre Pedro Páramo. Junto con él, se da a luz el uso de las metáforas más maravillosas y completas; se concibe un mundo lo suficientemente real para ser imaginado, y aún mejor, para ser narrado.

“-Sí. Quizá usted debió saberlo.

-¿Y por qué iba a saberlo? Hace muchos años que no sé nada.

-Entonces ¿cómo es que dio usted conmigo?

-…

-¿Está usted viva, Damiana? ¡Dígame, Damiana!

Y me encontré de pronto solo en aquellas calles vacías.”

Juan-Rulfo

 Con Pedro Páramo se lee a Rulfo no sólo en páginas, sino en el silencio. Es padre del silencio que ensordece y amodorra el cuerpo. Está presente en la voz de todo quien se atreva a contar algo, de hablar y de disponer del lenguaje que oscila entre la vida y la muerte.

 El autor escribe que los recuerdos, con el paso del tiempo, se ven envueltos de “capitana”, de aquella planta que ocupa su lugar cuando todo está vacío y crece a causa de la lluvia que no deja ver claro lo que se tiene bien enfrente. La voz se vuelve áspera, dura como la piedra; y un día se extingue hasta convertirse en pequeñas piedras que forman parte del llano seco y deshabitado.

“Faltaba mucho para el amanecer. El cielo estaba lleno de estrellas, gordas, hinchadas de tanta noche. La luna había salido un rato y luego se había ido. Era una de esas lunas tristes que nadie mira, a las que nadie hace caso.”

 Juan Rulfo es y será el calor intenso y agotador de agosto. Cada vez que uno respire y sienta que la nariz está a punto de reventar porque el aire está acarreando almas de un cuento para otro, siéntase en confianza de contar su historia o la de cualquier otro, que alguien lo estará escuchando.

 Carlos Velo dirigió la única adaptación fílmica de esta novela corta, aquí el link para comparar su visión con el original.