Soledad bajo el Expresionismo : 151 años del nacimiento de Edvard Munch

diciembre 11, 2014

Por:

Arte, Críticas, Pintura, Vista

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Edvard Munch (1863-1944)

12 de Diciembre de 1863, día en que Edvard Munch nace bajo la lupa de una familia rígida  y con semblante duro. El expresionismo noruego se graba a finales del siglo XIX bajo los trazos de un nuevo icono. Quebró los límites de pensamiento del siglo pasado. Dramatismo, singularidad y un nuevo relieve para alcanzar la inspiración, fueron las pautas que permitieron a Munch esquematizar el descontento que prevalecía en él como ser individual, sin pensar que su legado iba a prevalecer desde aquéllos años donde la frialdad del mundo parecía pertenecer a la naturaleza tangente del hombre.

 La muerte fue el gran emblema de sus obras, suceso que le acechó a muy temprana edad. Esto se encuentra claramente en la obra “El funeral” (1896), donde la escena resulta desoladora y trágica, sólo falta ver que el único rostro que se vislumbra tiene el semblante caído y desvalido, las demás caras se encuentran perdidas bajo el regazo de la tristeza. La melancolía cobraba vida en el mundo del noruego que penetró sobre los dolores más sublimes del ser humano –desde la depresión hasta la esquizofrenia-. Cinco años y la muerte de su madre fue el elemento sustancial para tener una expresión visceral sobre el deceso de los seres queridos; el núcleo familiar parecía ser el complemento para desarrollar su ansiedad por retratar la conmoción del sentir humano; porque dolor y felicidad se yuxtaponen a cada momento.

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“El funeral” (1896)

 “Atardecer en el paseo Karl Johann “ (1892) muestra la singularidad del sentir del pintor. Se enfrentaba a los desaires de una sociedad que tal vez no le comprendía, y por lo tanto, no podían descubrir la magia de su pintura. Un desaire y decepción amorosa, fue la pauta que lo sumergió en una melancolía fortuita, que culminó en la soledad misma. Oslo no parecía ser su sitio preferido, por eso, la vida la pretendía más allá de lo terrenal. En su manifiesto de 1889 de “Saint Cloud” destaca lo más importante de su desenvolvimiento como artista. Las palabras se nutren de sinceridad y vocación hacia la vida misma; letras que conmueven el alma:

“  […] Ya no se deben pintar interiores con hombres leyendo y mujeres cosiendo. Deben ser pinturas sobre seres humanos reales que respiran, sufren, sienten y aman. Me siento obligado- sería fácil- a pintar una serie de estos cuadros: En ellos es preciso entender lo sagrado. La carne y la sangre tomarían forma, los colores cobrarían vida.

Hubo un intervalo. La música paró. Me sentí un poco triste. Recordé cómo muchas veces había tenido pensamientos similares y que, una vez había acabado la pintura ellos habían sacudido su cabeza y sonreído. De nuevo me encontré en el Boulevard des Italiens”

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“Atardecer en el paseo Karl Johann” (1892)

 Asgardstrand fue el sitio que desató la descripción y paradoja envuelta en Munch. Víctima del olvido, presa del dolor, corre para dibujar lo que se encuentra fuera de la mente fría. Todos son sentimientos, lo que pasa es que la sociedad olvida, percibe y olvida, recuerda y parece olvidar. Es un intento, porque la experiencia recorre cada porción del cuerpo. París fue su sitio de formación, pero Oslo vivía en cada uno de sus detalles. Recordaba su legado a través de las vivencias en aquél lugar tan antagónico. Sombrío y lleno de reflexiones, Munch caminaba por los senderos del camino para seguir descubriendo el pilar del signo de catástrofe humana. Sin saberlo, fue uno de los pioneros para indagar sobre los fantasmas más secretos del hombre.

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“Separación” (1894)

 Cuarto oscuro, penetrante con la sombra de la luna, con el resplandor de esta como única fuente de luz en una habitación es el escenario de su obra de 1890 “Noche en Saint Cloud”. Muestra de la soledad en la que el pintor yacía a cada momento. Presencia de la muerte en sincronía con la existencia, reflejo de la bruma de París sobre sus ojos. Sinónimo de anacronismo y de emblema del tumulto de su corazón.

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“Noche en Saint Cloud” (1890)

 El andar del humano entre las distintas facetas del laberinto, es una de las más quebrantables frustraciones del caminar. La obsolescencia del pasar del tiempo, del lapso entre la adolescencia y la vejez,  del vaivén de experiencias, anacronismos y puntualizaciones que manifiestan al individuo como fuente de declaración sobre los pies y las manos más arrugadas. El viaje no cesa y la sombra de los ayeres acompaña durante la travesía; esto se plasma en su obra “La danza de la vida” (1900), descripción que muestra el proceso de retrospectiva sobre el consuelo y el apetito por desear que los años no corriesen.

LA DANZA DE LA VIDA

“La danza de la vida” (1900)

 Tres años atrás y en 1897, Munch declaró a la pasión que corroe el alma en una pintura cargada de azul y de sincronía entre dos seres. Mediatizada por lo sublime, lo espectral y lo concerniente a la fascinación por ser partícipe de las diversas fuentes de amor. El título es corto, pero que origina el preludio de armonizar la concepción y la importancia del anhelo por ser amado; una necesidad natural del hombre, su nombre “El beso”. No es una cuestión ajena al desenvolvimiento fraterno, es la expresión misma del desacato hacia la formalidad. Un beso se conduele, ya sea en un afán frívolo/compromiso o en una situación de muestra de afecto.

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Fotografía de Edvard Munch (1908)

En 1892, en la exposición que tuvo como sede Berlín, la sociedad espantada y sin un sentido crítico, sólo se dispuso a alarmarse en cuanto a la obra del noruego, por lo cual el rumor corrió y se trató de desprestigiar el trabajo de Edvard Munch durante mucho tiempo. Consideraban arte a lo cotidiano, más no a la obra que presentaba elementos fuera de orden. El orden como eje maestro de la década del siglo XIX y XX, persona que no congeniara en ese patrón, simplemente se le tachaba de mezquino y sin un uso correcto de lo que el arte representaba para la clase. ¿Cuál clase? La privilegiada.

 A partir de ese año, el pintor se dedica a dibujar cuestiones más notorias hacia el delinquir humano. Presionado porque su arte era mal visto, las obras más emblemáticas fueron:”En manos (1893), Retrato de Dagny Juel del mismo año, La tormenta (1893) y  quizá la más reconocida “El grito”.

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“Retrato de Dagny Juel” (1893)

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“El grito” (1893)

 Soledad, frustración y un sentimiento de aniquilamiento recorría cada trama de Munch, conquistando el mundo de los incongruentes de una manera sutil y perfecta. Entre la enfermedad mental, consoló su mundo de sentimientos y corazones que le permitieron conocer la cruda verdad del hombre. 1944, año en que tal vez su añoranza hacia la muerte lo hizo dejar este mundo tan preocupado por cosas de suma extravagancia; la sensibilidad no era parte de la gente.

Alma Torres

El viaje es entre letras y utopías. Estudiante de Economía del IPN. Hagamos de la escritura, la revolución del amor mismo.