Sobre la paz prometida al pasar el temporal

diciembre 5, 2014

Por:

Arte, teatro, Vista

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“NO PUEDES ENCONTRAR LA PAZ AL EVADIR LA VIDA”

Virginia Woolf

Siempre he pensado que el verdadero teatro debe ser capaz de acercarse a las raíces griegas que tenían como meta principal la catarsis. No sentencio que todo el teatro deba tener esta intención, pero sí debe de pasar en algún momento por dicho paraje. Encontrar al espectador aunque sea en una línea, gesto, o tono que lo ubique como parte de y facilite la experiencia teatral al conectar en pleno. Por supuesto, no todas las obras son para todos los públicos, los textos son diferentes, las visiones de la dirección, etc. Pero si acarician ese aspecto, entonces tendrán una calidad asegurada.

 En su cuarta temporada, Nuevas directrices para los tiempos de paz, despide el año los martes en Centro Cultural Carretera 45. Escrita por Bosco Brasil, dirigida por Gabriel Figueroa Pacheco, la obra se monta en un contexto histórico actual que la vuelve no solo importante, sino además franca. Necesaria y cruda.

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 1945, Brasil. La segunda guerra mundial ha terminado. Un inmigrante Polaco aguarda en la oficina del encargado de los asuntos migratorios para poder obtener la preciada oportunidad de una residencia. Comenzar de nuevo en un país nuevo del cual conoce únicamente el idioma junto al oficio al que busca consagrarse, la agricultura. Sin embargo, antes será necesario pasar por el cruel e indolente interrogatorio del agente, quien buscará tentar el temple del individuo, que era actor en su país natal, recordándole aquello que ha vivido. El teatro será la principal arma para quemar las naves, entre las cuales está la de la memoria. 

 Bosco Brasil explora con una efectividad magistral los horrores de la guerra en un argumento que lejos de rodear lugares comunes que asienten la brutalidad de los actos, pretende definir a la esperanza de un futuro mejor como la salida idónea ante los desperfectos mundanos. En los personajes del autor se define una incredulidad que se demuestra a través de la descalificación a través de las circunstancias reales.

 Perfilados están la víctima y el victimario, sin embargo el autor propone cambiar los roles acercando como responsables a factores externos, dejando a ambos seres en la desnudez de cada historia tratando de esquivar el dolor y la maldad de sus propios actos, tan solo para chocar violentamente con las del mundo. A través de un llanto honesto critica la ambición consumista de los sentimientos impuros. La sociedad será una hoguera que devora la paz, la tolerancia, se aviva.

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“casi me olvidaba de la guerra, casi me olvidaba de la maldad”

 Ante la sensibilidad del texto, la dirección de Gabriel Figueroa apuntala sencillez en todo elemento de producción para explotar la voz de los parlamentos en sus actores. Rescata la idea de que las palabras carecen de sentido si no conllevan la verdad, acentuando la fatal condición de la libertad como atadura principal de la libertad sobre un escenario de atmósfera oscura prácticamente limpia de principio a fin.

 Cuando la pausada coreografía retrata la utilidad de la vida, queda por sentado que solo es necesario conocer la misma para saber que es útil, porque crea acciones que permitirán el desarrollo de quienes la viven, el cual será escuela para las generaciones que procedan ya sea por sus logros o por sus errores. Conecta de nuevo con el autor, la promesa de la esperanza existe.

 Más al desarrollarse el producto, no es la monstruosa serie de atrocidades que aquellos que vivieron e hicieron la guerra ejecutaron o presenciaron la que hiere, conmueve e indigna, sino la  cercanía a la realidad de nuestro México. La temible actualidad en la cual los problemas se solventan con violencia, represión; en dónde la gente no participa hasta que se ve afectada, entre aquellos que protestan argumentados  en contra y se estrellan frente al estado opresor.

 Catarsis es purificar mediante compasión y el miedo en pleno. Lo mismo aquí, el relato se transforma dejando ver la necesidad de unificación social teniendo como antorcha la petición del cese a la tortura, a la mutilación de la humanidad en su condición. No es pretensión. Es un reclamo orgánico.

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 Los dos actores convocados ejecutan con delicada precisión esta labor. Un justo  José Antonio Falconi, medido  en su accionamiento se adhiere a la esencia del funcionario de inmigración que antes de ocupar tal labor tuviera que obedecer ante la empresa bélica en el papel de torturador. Permite descubrir los claroscuros con un trabajo sólido, empero, es en su trabajo como traductor dónde realmente brilla al generar un texto de fácil acceso y recepción que conserve sus tintes de origen.

 Hay una presencia equilibrada entre la dulzura y la desesperación que imprime Julien Le Gargasson a su actuación desde el momento en que pone un pie en el escenario. Poéticamente traza una ruta emocional genial que trasciende apresuradamente. El actor logra que una simple mirada encierre la belleza de la desolación de su alma, ganándose totalmente al público que adopta al polaco afectado por la guerra, dándole un cobijo acertado.

 Inexplicable, efímero, vital. Son solo adjetivos breves que no alcanzan a describir ni una parte mínima de lo que es el teatro, aquí es un espejo invitante y violento al reflejo, pero acciona al que haga uso del mismo, da impulso a la justicia marcando efectivamente nuevas directrices para los tiempos de paz, solo falta seguir el camino.

Saúl Campos

Comunicólogo, apasionado del arte y la información. Adicto al teatro.