Sobre la palpitante sangre que expone el corazón

diciembre 10, 2014

Por:

Arte, teatro, Vista

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“Es pacífica la profundidad, porque de cualquier manera no puedes respirar, no necesitas rezar, no necesitas hablar.” 

Florence + The Machine

 

Siempre es grato poder acudir a nuevos espacios dedicados al arte, emociona la sensación de poder entrar por primera vez a un lugar que se transforma o crea como galería, sala de conciertos, centro cultural, etc. En esta ocasión, un teatro.

 Ubicada en Churubusco, a una distancia breve del Centro Nacional de las Artes (CENART), Casa Actum ha iniciado labores para cerrar bien este año con una obra completamente nueva, recién salida de la mente de Ro Banda, quien así mismo dirige esta pieza titulada Oler La Sangre, que se presenta de viernes a domingo en el mencionado recinto.

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 La abuela ha muerto, al fúnebre encuentro que viento ha traído asisten los nietos de la susodicha. Ale no sabía de la existencia Alo, él nunca había querido volver a saber de su familia, sin embargo ahí están. Dos hermanos frente a un cadáver que en cartas individuales les pide ir al encuentro de la madre de ambos que Ale creía muerta, para que los fantasmas se congreguen, para que la sangre circule dentro de un mismo aparato.

 Una de las infinitas lecciones que pueden quedar es que no importa la distancia, o lo que dejó el pasado, al final la sangre verdaderamente llama y uno responde, por inercia quizás. Aquí los hermanos separados fueron criados de diferente forma y crecieron para ser entes de círculos equidistantes, sin embargo hay una constante en ambos, que los atará por siempre. Ese lazo puede incluir -o no- sentimientos como el amor, el odio; pero existe.

 De tener que describir la dramaturgia de esta obra en una palabra, probablemente sería “propia”, Ro Banda desarrolla un texto dónde los arrepentimientos danzan alrededor de dos seres humanos flagelados, son demonios buscando la carne de personajes demasiado confundidos para entender el funcionamiento de estos o para sopesarlos. Empero, son cercanos a sí mismos y al público que presencia su reunión. No solo hay comprensión en los rasgos de abandono y necesidad, sino que se desarrolla un planteamiento activo en poesía que hilvana el relato. Cada frase encierra tensión, pareciera que están dispuestos a destazarse en reclamos, pero solo consiguen construirse mutuamente, porque así somos los humanos.

 No solo el autor denota honestidad, sino entereza del diálogo para poder tomar una historia que pudiese ser común, en un montaje transparente que analiza íntimamente las posibilidades de reconocer al otro dentro de uno mismo, por el lazo familiar o por las carencias similares. En su dirección da dos líneas completamente diferentes a sus personajes, él está vació y ajeno, mientras que ella se sostiene firme en su desesperación interna. Ante tal paralelismo el rechazo se imprime mientras que el tiempo se detiene, reflejando una unión inevitable que resulta del hartazgo que da la lejanía.

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“AHÍ ESTABA LA INMENSIDAD, Y NOSOTROS AHÍ”

 Aunque, sin duda, existen tropiezos en esta primera temporada que imposibilitan explotar la grandeza del texto mediante una representación a pleno. Primero, el ritmo, que dentro de su tenor pausado llega a provocar que si el espectador se distrae en lo mínimo se vaya definitivamente del viaje. Debido quizás a que los círculos no conectan a partir de la segunda parte de la trama.

 Suma la desviación de tono en los actores, si bien el trabajo es bueno, de calidad y disputable, no hay un equilibrio en el trabajo que se desarrolla. Este detalle tendría que ver más con el tipo de actor con el que se está trabajando y su diapasón emocional para adoptar al cien los elementos de origen en el texto, pero al cocinarse sobre el mismo espacio planteado por Banda, deriva de aquí la responsabilidad de nivelar su propia creación.

 Claro que estas situaciones no disminuyen la capacidad tanto como la valía que otorga este producto, dónde se reta a la disminución de la acción coreográfica para exaltar al parlamento. La narrativa asemeja a una compleja proveniente del 1800, empero, el sabor añejo (como con los buenos) vinos se disfruta más.

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 Establecido está de entrada el reto coreográfico al tener que disponer de un espacio escénico acortado, en dónde el personaje de Carlos Rodríguez Rodríguez, sumido en la arrogancia un tanto pesimista propia de Alo (con clara influencia del estilo de Beckett) trata de ir hacia adentro a pesar de que su argumento denota lo contrario, viceversa con el rol de Cecille Zepol como Ale (ubicada como una mujer de clase media-alta que ostenta el porte y la elegancia de la infelicidad). Estos dos hermanos quieren construir una historia fragmentada, tal vez para sentirse amados por alguien equivalente o al menos igual de roto.

 Los actores construyen actuaciones justas con chispazos de fiereza escénica que necesitan crecer a incendios. Más la atmósfera pesada en la que los claroscuros de la iluminación juegan con la apertura de la historia apoya correctamente junto a la atinada musicalización inexistente. Se cocina un sello personal para el joven autor y director que promete convertirse en un dramaturgo contemporáneo de alta importancia en el panorama teatral mexicano.

 Oler La Sangre es una obra para los que tienen hermanos, para los que no los tienen, o tal vez simplemente para los que saben del dolor que da cualquier ejemplo de distanciamiento. Crecerá hasta coronarse a futuro como una gran puesta, dejando a sus espectadores la indescriptible sensación de tener que tomar el teléfono para comunicarse con cualquiera, decirle tan solo “hola”, aunque también podría ser que no haya intercambio e palabras, que se aproveche el silencio, ambiguo paladín, que es más explícito en momentos que cualquier verso.

Saúl Campos

Comunicólogo, apasionado del arte y la información. Adicto al teatro.