Reencarnación

octubre 23, 2014

Por:

Arte, Literatura, Vista

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Escupió cerca de la puerta de su casa pensando que el gargajo no alcanzaría su propiedad, pero no fue así. Resbaló de la madera comida como un caracol. Tomó los papeles, respiro fuerte y empezó a correr hacia el rancho.

A su paso podía ver las casas desmoronándose como mazapán, los caballos llenos de costras asustando a las moscas con su cola, la tierra mojada de tristezas y seca de otras tantas, árboles cansados, y el aire, pesado y sucio, tanto, que le costaba dar el siguiente respiro.

Llegó a la entrada de “Los Sandovales” y le chifló al borracho de Jacinto. Chifló tres o cuatro veces. Nada, no aparecía nadie. Abrió los papeles que llevaba en la mano, sudados por la carrera que se había echado. Volvió a ver ese conjunto de letras manchadas y sintió la misma emoción de días pasados.

Se sentó a la entrada, dejó su sombrero unos pasos adelante y comenzó a lanzarle piedras.

Después de un rato, apareció Jacinto tambaleándose. Se reía y gritaba, le chupaba a la botella dejando caer más alcohol en su pecho que en la boca. Escuchó el silbido y volteó hacia la entrada, logró distinguir a alguien detrás de la reja y sonrió al percatarse de que era su amigo.

– Si yo reencarnara, y Dios mediante no lo haga –al mismo tiempo que se persignaba- rogaría para hacerlo en ti, Encarnación.

Soltó una de sus sonoras carcajadas y lo abrazó.

– ¿Qué se te ofrece, Chon?, ¿andas buscando a la patrona, tan chula?

– ¡Cállate, tú! Te van a jalar las patas, burro. Vengo a ver a la Teresita pa’ que me lea lo que dice aquí. Pa’ mi que es algo importante y aquí no’mas ni nos enteramos de lo que pasa en la capital.

– ¿Y pa’ qué te quieres enterar de tanta burrada? Que si esto, que si’l otro, que la chingada…nada puede ser pior. Mira, mira –y le enseñó sus manos, negras y partidas por el trabajo de las minas de unos años antes- estas manos ya no sirven en el campo, y si sirvieran de algo, preferiría cortarlas antes de servirle a estos desgraciados. O, ¿qué?, ¿ya no ti acuerdas, Encarando de mi alma?

– ¡Ay, Jacinto! Se le olvida que ai’ que comer y vestir, y pa’ uste’, pues chuparle fondo al tarro. Hasta el vicio sale caro, Jacinto.

– ¡Vete a la fregada!

– Ándele, lléveme con la muchacha, ella es la única que sabe leer y escribir en este méndigo pueblo.

Empezaron a caminar por la vereda empolvada mientras Jacinto cantaba las canciones de la Revolución. Por primera vez, Encarnación se dio cuenta que las manos de su amigo eran idénticas a las suyas, simplemente unas estaban lastimadas de  tanta oscuridad y las otras de luz. Pobre Jacinto –pensó- pa’ pronto se nos va.

Al llegar a la cocina de la casa, las mujeres saludaron al hombre sin hacer mucha cuenta de su presencia.

Hablaban de la mascare a los campesinos del pueblo vecino. Mataron 17 hombres y una mujer que iba pasando, que para su mala suerte sirvió de testigo. Por eso –decían ellas- las mujeres no deben salir de la cocina.

– Vete por la Teresa, Lupe –dijo Jacinto- Chon necesita verle.

La mujer salió corriendo de la cocina hacia el establo. Teresa era la única muchacha educada del pueblo porque era hija del patrón y de una de las hermanas de la difunta señora. La patrona, al enterarse del desatino de su esposo, obligó al mismo a no reconocer a la niña. Dejó que la cuidaran las criadas, pero permitió que se le diera educación y un plato más de comida al día.

Lupe regresó con Teresa y le señaló al hombre que quería hablar con ella.

– ¿En qué le sirvo, Encarnación? – le dijo sonriendo mientras se limpiaba las manos con un trapo.

Se fueron al otro lado del rancho, por donde estaba el establo y los camastros de los peones, todos juntos como teclas. A unos cuantos metros estaba el cuarto de Teresa. Mejor acomodado, menos apestoso, menos húmedo, menos indecente. Se metieron alejado uno del otro. Todos en el rancho pensaban que dormían juntos y, aunque no era cierto, los dos dejaron que el pueblo entero pensara eso.

– ¿Qué traes en las manos que lo agarras como si fueran los muslos de una mujer? – se rio.

– Nada, patrona. Con la noveda’ de que yo ya sé leer tan bien como uste’.

– Ya era hora, Chon. Llevas años viniendo. ¿Si leíste todo lo que te di?

– Si, patrona. Todo y un cachito más. Periódicos que llegaban a la cooperativa hablando del Tata  y las reformas, y por lo que nuestros papacitos se murieron hace 20 años. La noveda’ de la repartición de tierra, como decía Zapata, patrona…

– Ten cuidado con lo que lees, Encarnación –dijo Teresa interrumpiendo el entusiasmo de aquel hombre –deja te digo que las ideas son de los dueños y para los dueños, no para nosotros, mucho menos para ti…

Él bajó la mirada con vergüenza y rabia. ¿Cómo carajos se atrevía a menospreciarle así? Después de todo, pensó, él era el único indio que sabía leer. Sólo le faltaba aprender a escribir para largarse a la capital y verse como los dones que visitaban al patrón.

– No tienes buen nombre, Chon –continuó Teresa.

– Con todo respeto, patroncita –se quitó el sombrero apretándolo contra su pecho –uste’ tampoco.

– ¿Los periódicos te enseñaron a insultar?

– No, patrona. No’mas me ando dando cuenta, a estas alturas de la vida, que la culpa y la jodida es di uno. Pero así, di uno a uno, se van a ir yendo como fueron llegando, sin nada.

– No me estarás diciendo que fue justicia divina la muerte de los 17 miserables del otro pueblo, ¿verdad?

– Pues yo que voy a saber, patrona. Dios dispone y uno se agacha. Y se lo digo, de uno a uno.

– El que lo hizo es un perro, y los perros dependen de un amo.

Se salió del cuarto maldiciendo a la mujer. Eso le pasa a los hocicones –se dijo a sí mismo- primero aprendí a callarme y luego a hablar. Se puso el sombrero y dispuso volver a su casa. No dejaba de escuchar las últimas palabras de Teresa: “Cuando aprendas a escribir, fíjate que la tinta no sea roja, Encarnación”. Pinches viejas, dijo, son como la diarrea, no’mas nos aguadan hasta el alma.

Siguió cuesta abajo, convencido de su labor, de su tarea, del papel que habría de jugar en los nuevos tiempos.

La mató sin que se quejara, no hubo llanto ni lamentos, mucho menos suplicas. Deseaba que Jacinto y todas las gallinas fueran igual de obedientes, pero sabía que no sería así, que toda esa bola le iba a dar batalla al igual que los otros 17 y la viejilla sin suerte del otro lado.

–  ¿Por qué no entiende, patroncita? -le dijo al cuerpo aún tibio de Teresa- aquí dice -golpeando las hojas amarillas y quebradizas con el dorso de su mano negra- y no lo digo yo, lo dice el Tata, “La miseria, la ignorancia, las enfermedades y los vicios esclavizan al pueblo”.

Mató a todos sin saber que el pueblo era Jacinto, eran los 17 peones, la mujer desafortunada, él mismo.  Mató a todos sin saber que el Tata  era pasado. Mató a todos sin saber nada.

Llegando a la casa, se detuvo. Al final, pensó, la puerta de esta casa nunca fue mía. Y escupió hasta sentir la garganta seca como la tierra.