Pasar o Pesar

mayo 22, 2014

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Literatura

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PASAR O PESAR

por Zureima Zaldivar

A veces, mientras intento quedarme dormido, puedo escuchar mis propios gritos, el llanto incontenible de mi nacimiento. Y con esfuerzo abro los ojos.

La luz es enceguecedora, se escuchan murmullos inentendibles. Es claro que jamás comprenderé el idioma de quienes a sí mismos se llaman “hombres”. Existieron, antes de su llegada, miles de cosas que mirar alrededor, pero nada me ha maravillado tanto como observarles.  Les miro, cada vez con más curiosidad.

Pero no los entiendo, los veo correr con desesperación. Tratan de abarcar cada espacio a su alcance, ver más allá de los rostros de otros, jamás tropezar. Y por último, dar pasos tan firmes que yo no pueda borrarlos. Es inevitable, mis pasos siempre terminan por borrar la mayoría de sus huellas.

Desde el día en que empezaron a correr, trato de pasar inadvertido. Sin embargo, por alguna razón que no he podido esclarecer, de pronto choco contra sus frentes. El impacto es tal que se vuelven locos, dejan de correr y empiezan a encorvarse. A veces, se quedan dormidos y ya no despiertan.

Yo nunca duermo. Mi andar es casi siempre lento, me voy aún más despacio en algunas sonrisas, me da por querer mirar los llamados “besos”, y trato de pasar rápido ante las tragedias. Siento que puedo darme lujos como esos, pero “algo” siempre me obliga a avanzar sin correr en realidad, y sin jamás poder detenerme.

insomnio

Estoy seguro de que mis primeros pasos junto a los primeros hombres fueron más lentos. Pero me he visto influenciado por el rápido andar de los transeúntes. Cada vez se escucha menos la lluvia, los árboles movidos por el viento, o los grillos cantando. Suspiro extrañándoles mientras maldigo el constante saludo del Sol y la Luna, están tan cansados como yo de ver este espectáculo una y otra vez, con diferentes actores pero mismo escenario y escenas.

Pero más que las quejas y el saludo eterno de los astros, lo que ahora aturde a mis oídos es el caminar de los hombres, los gritos ahogados de sus hijos, y los detestables relojes insultándome: “tic tac, tic tac”

Donde Wonderland es nuestro destino

Ilustración: Gabriela Morales / Donde Wonderland es nuestro destino.

Al menos ellos dan la cara, porque existen despiadadas creaciones de los hombres llamadas “calendarios”. Y las peores, “agendas”. Los calendarios en principio, intentan imitarme o descifrarme, qué sé yo. No hablan mi idioma, nombran “días” a mis pasos sin saber que, si quiero, voy despacio entre una semilla y un árbol. Y a voluntad corro sobre flores que han sido cortadas. Provocan mi ira, un tanto menos que sus aliadas. Agendas o planificadores que no pueden planear nada. Que no saben de mí más que mi nombre y nunca lo mencionan. ¡Ay, los hombres y sus mitos! Tampoco saben de mí más que mi existencia e ignoran ante todo que aparezco de pronto, que me quedo sin que puedan verme, me hago fuerte en sonrisas pero también en lágrimas renazco en la memoria.

Ignoran que sin dormir he muerto y resucitado, pero  soy el mismo, siempre el mismo tiempo.

Una y otra vez.
*Texto que podrán encontrar en:
 http://issuu.com/revistaliterariainfame/docs/6to_tiempo_transici__n_inexorable

 

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