No hay alcohol suficiente para matarnos todos de una buena vez

diciembre 16, 2014

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Ya se viene Navidad y yo sin novio. No lo digo en tono de lamento, que quede claro.

 No sé si es por el cliché o porque baja la temperatura y mi cerebro genera menos serotonina, pero sí empiezo a odiar todo a final de año. Si usted anda contento por favor abandone la lectura, porque hoy amanecí de mal humor y no diré nada positivo.

 Y qué si despotrico lo mucho que me cagan las fechas navideñas, porque mi familia no hace ni fiesta y para colmo no puedo salir porque son fechas para compartir con los lazos sanguíneos. Me molesta muchísimo desear felices fiestas cuando no me nace. Lo único que me gusta es comprar y comprar, eso sí. Creo que es la única utilidad razonable, tener abrigos nuevos y justificar la peda de las posadas por la llegada del niño Jebús.

 Qué lástima que la reciente victoria del América no me alcance para desafanarme del resto de la información y entonces yo, pueda andar tuiteando y publicando: #odiamemás.

 Ya que empecé me iré de filo en desgajar las cosas que odié de todo este año que –gracias al niñito Jesús– ya se va a terminar. Me molesta  estar al día de las noticias nacionales e internacionales y que cada vez mi razonamiento alcance sólo para llegar a la desesperanza, al hastío. A la indiferencia nunca, creo que ese es el problema. Ojalá me importara menos la injusticia social y las artimañas de la clase política. Ojalá.

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Entonces pienso:

No hay esperanza, no hay amor.

No hay credibilidad a los medios, ni a las personas.

No hay fe.

No hay redención.

No hay riqueza para los vulnerables.

No hay felicidad para los padres que buscan a sus hijos, asesinados por policías.

No hay congruencia en la juventud.

No hay trabajos justos y bien remunerados.

No hay tolerancia.

No hay drogas que alcancen para abandonas las temáticas actuales y sus asperezas.

No hay alcohol suficiente para matarnos a todos de una buena vez.

Fotos: Paco Macilla