Mudanza

noviembre 21, 2014

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Literatura

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  ameca Desde la cocina veo cómo las cosas que me han acompañado atraviesan entre otras manos las puertas de la casa de mi abuela. Tengo ocho años. Hace dos que vivo aquí. Hay figuras oscurecidas al fondo, por la luz de las dos de la tarde que entra por la puerta, son mi primo y mi tía. Estoy llorando. Aún no sé lo que me espera pero lo adivino, y siento desde ya la ausencia de otra figura que me ha cobijado: la de mi abuela materna.

 Antes… en una anterior mudanza perdí los brazos de mi tío y hoy me toca perderla a ella. Digo que adivino porque de lo único de lo que tengo certeza es de que me voy a un lugar casi desconocido, a una casa hecha de tierra, enorme, con pasillos largos y un tapanco que me aterra, en aquella casa la luz es bajita; los árboles arañan las piedras incrustadas entre la tierra y parecen garras, afuera, para internarse en ella, hay que cruzar algo que llaman “huerta” hay árboles frutales, enormes y el pasto verde, vivo, alto y delgado que parece ocultar todo el tiempo algo.

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 Las paredes de fuera son también hechas de tierra y en algunas partes se está cayendo. Esta era la casa de algunos fines de semana de mi familia; allá vive un hombre antiguo que la cuida, que se llama Luis, que cuando llegamos “hace como que barre”, el hombre no habla mucho y cuando deja escapar palabras apenas, el olor a alcohol nos llega hasta donde estamos. En aquella casa nunca hay qué comer, me imagino que me espera el hambre, el frio porque lo he sentido, porque allá los volcanes se ven desde el jardín de la casa bañados en nieve blanca. Vamos a estar solas, otra vez, voy a vivir con la mujer que hoy me arranca de los brazos de su madre, la mujer a la que solamente llamo María.

Brenda Mitchelle

Licenciada en mercadotecnia, actriz, productora, directora de teatro y escritora con frecuentes vaivenes de fe en la humanidad y miedos portentosos de ella. Convencida de ser hombre desde los ocho años.