Mucho limón y mucha azúcar

marzo 5, 2014

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teatro

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“¡Que cursi!” pensé, apenas había visto la imagen gráfica oficial de esta nueva reposición de Crímenes Del Corazón. “¡De por sí el título es muy rosa!”, sí, ese era yo realizando prejuicios sobre una de las verdaderas imperdibles de esta temporada, yo pecador, me arrepiento profundamente.

 Afortunado es quien pudo ver la primera versión de esta obra, en ese entonces bajo la dirección de la leyenda Héctor Mendoza, actuada por las maestras Margarita Sanz, Julieta Egurrola, Margarita Isabel y Christian Bach. Ahora lo será quien la vea en su temporada en el Teatro Helénico.

Irene Azuela, Marina De Tavira e Ilse Salas

Irene Azuela, Marina De Tavira e Ilse Salas

 Hoy es cumpleaños de Lenny Magrath, entre los pormenores: su hermana menor Babe irá a la cárcel por un supuesto crimen que acaba de cometer y del cual ella misma se ha declarado culpable, su hermana Meg (que se ha dedicado a su carrera como cantante en Hollywood los últimos años) viene en camino para enterarse de lo sucedido; La prima Chick es una molestia que se avergüenza de sus parientes y hace presencia solo por aparentar ser quien lleva el honor de en la familia, además el viejo abuelo está agonizante en el hospital, para cerrar, la propia Lenny atraviesa (gracias a su cumpleaños en gran parte) por una crisis existencial.

 Más o menos esta es la entrada a la historia de estas tres hermanas, quienes se reunirán por azares del destino a exorcizar viejos demonios. Beth Henley escribió la puesta en los 70’s (época en la que se ambienta la obra), fue un hit instantáneo, incluso nominado al Tony, pues el guion es una joya, donde la autora no solo sabe guiar directo a la sensibilidad la trama, sino que aprovecha para efectuar una comedia fastuosa en un melodrama intenso.

 Henley propone tres personajes que son tan iguales como diferentes (como buenas hermanas al fin) y las confronta para tratar de encontrar el alma y la autenticidad en cada una de ellas en un punto de quiebre general para esta familia, que precisamente nunca ha tenido un buen manejo de los puntos de quiebre. Al tiempo que presenta simbolismos geniales (que se explican solos con el pasar de la trama) en cada personaje para exteriorizar sus pensamientos y sentimientos reales.

 Por su parte, la dirección de Enrique Singer transporta a sus protagonistas a un plano dónde cada una podría ser muy egoísta, pero al mismo tiempo necesita urgentemente de alguien que la escuche, lo cual crea una empatía automática con los espectadores sin duda alguna. Desde el primer momento delimita a los personajes con exactitud para entender los modos y formas distintivos que nos hagan identificar la psicología de los personajes, más allá de lo que sus acciones hablan.

Consulte cartelera

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 Y a pesar de que la trama sí podría ser muy pesada, el estilo de escritura la hace fresca, esto junto al excelente ritmo que lleva la obra (sin perder el hilo jamás o el timing entre actores) hace que en verdad las dos horas de duración se pasen volando sin darse cuenta.

 Singer expone a su talento sobre una escenografía que conceptualiza una vieja casa, con azulejos desgastados y todo, un diseño tan agradable como dinámico por parte de  Erika Krayer, que despide una sensación de derrumbe y calidez al mismo tiempo. Se le suma una justa iluminación de Víctor Zapatero, un vestuario bastante ad hoc con la época a revivir diseñado por Amanda Cárcamo, además de una muy buena musicalización de Alejandro Gicomán, que entra exacta a las necesidades que los elementos escénicos piden.

 El elemento clave sería el reparto que es el sueño de  cualquier director: Marina de Tavira, Irene Azuela, Ilse Salas, Martin Altomaro, Jana Raluy y Pedro de Tavira Egurrola. ¿Por qué es un sueño? ¡Porque es un cast perfectamente equilibrado! Todos actores con una preparación basta y trabajos previos que hablan por sí solos de la calidad de la que cada uno está hecho, en general un marco de actuaciones convincentes, francas, que se van tornando en conmovedoras y  necesarias. Definitivamente no hay alguien más sobresaliente que otro, son en verdad una delicia: La poderosa inocencia que transmite Salas, la inevitable compasión que crea De Tavira, el carisma y naturalidad de Azuela, la irritabilidad instantánea que imprime Raluy, en fin, la lista de detalles actorales a percibir sigue y sigue.

 El discurso que propone la puesta  en general, acerca de la importancia de los lazos familiares y el estar presentes siempre para nuestros seres queridos, si bien sí puede ser muy rosa, viene directo del corazón, por ende su franqueza logra enternecer y en verdad afectar para reflexionar. Es bastante importante esta obra, puesto que es el tipo de puesta que cualquiera puede ver y salir con una buena cara al día a día, ideal para ver en familia, amigos, solos, el efecto es el mismo, una sensación de bienestar. Definitivamente imperdible.

Saúl Campos

Comunicólogo, apasionado del arte y la información. Adicto al teatro.