La poesía armada hasta los dientes: Miguel Hernández

diciembre 19, 2014

Por:

Arte, Extras, Literatura

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“No, no hay cárcel para el hombre.

No podrán atarme, no.

Este mundo de cadenas

me es pequeño y exterior…

…Libre soy. Siénteme libre.

Sólo por amor”.

— Miguel Hernández (Antes del  odio)

 

 

Las  montañas de Orihuela, la  yunta de  cabras, el  pasto, el amor, la muerte  y la  vida  son los  ingredientes que nutrieron  al niño pobre que  escribía sobre el lomo del  ganado, aquel de la casa  pintada y nunca vacía, el hombre  con  oficio de  poeta que durante la  Guerra  Civil  Española y el  fango de  las  trincheras del  bando  republicano, afiló su  pluma, un personaje que quiso arrancarse de cuajo el  corazón en  cada  palabra, el hombre  que  se  llama barro, la  muerte  enamorada,  aunque Miguel lo  llamen.

 

ave maria

En el centro de la parte superior, Miguel Hernández en la escuela Ave María.

Miguel  Hernández  Gilabert o simplemente  Miguel Hernández  nació el 30 de octubre de 1910 en  Orihuela, Alicante. Proveniente de una  familia  con  recursos  limitados, estudió la primaria  en la  escuela  para  pobres anexa al Colegio de Santo Domingo, Ave María. Su papá era un pastor  de  cabras,  así  conoció el valor del trabajo desde muy niño, motivo por  el cual tuvo  que  abandonar  sus  estudios en  diversas  ocasiones.

 Su  acercamiento a  la poesía sucedió de  manera  temprana, acompañado por José Ramón Marín Gutiérrez  mejor  conocido  como Ramon Sijé -quién fue  su  gran  amigo- Miguel cultivó sus  inquietudes literarias y políticas a su lado, se  esforzó en ser autodidacta con los libros que conseguía en la biblioteca del Círculo de Bellas Artes, orientado por el clérigo Luis Almarcha,  descubre a  autores  como  Cervantes, Lope, Calderón, Góngora, Paul Valery, Garcilaso y Antonio Machado. Sijé, quien fue estudiante de derecho en la universidad de Murcia, resultó  fundamental  dentro  de  la  vida  y  obra  de  Miguel Hernández, orientó  su  lectura hacia los clásicos y la poesía religiosa, también lo alientó  a desarrollar su habilidad creadora que,  para  entonces,  veía  la luz  sobre  papel  destraza,  mientras  las  cabras  pastaban en  la  montaña.

“No quiero morir -dormir-,
no quiero dormir muriendo
en la sagrada tierra estéril…
¡Yo quiero morir viviendo!”

Miguel_hernandez

Miguel Hernández

 Para inicios de la década de 1930, Hernández publica algunos poemas en el semanario El Pueblo de Orihuela y el diario El Día de Alicante.  Pronto su nombre hizo eco en  revistas y diarios locales. En el amanecer de  esa  década, viaja por  primera vez  a Madrid  donde ya  es  conocido  el mote de “cabrero-poeta”; el impacto de la  capital mezclado  con sus  influencias  literarias  y su infancia dan como  producto  a su  pirmer  obra, Perito en lunas (1933). Un  crisol  de  una poética épica-mística como  muestra  inexorable  de  un estilo, la  capacidad de  agencia  del  poeta, había  llegado  para  quedarse.

“Pero al fin podré vencerte,
ave y rayo secular,
corazón, que de la muerte
nadie ha de hacerme dudar.
Sigue, pues, sigue cuchillo,
volando, hiriendo. Algún día
se pondrá el tiempo amarillo
sobre mi fotografía”.

Después  de su  auto-afirmación,  regresó  a Madrid para  conocer a Josefina  Manresa – quien sería  su mujer-, más  tarde publicó El  rayo  que  no  cesa (1936) , obra  que  aún mantenía  los  rasgos  de métrica, misticismo  y  formalidad que  hasta  entonces eran distintivos de Hernández, posteriormente conoció a  Pablo Neruda y  Vicente Alexaindre quienes  influirían de  manera definitiva  en su  estilo, le  abrieron  el campo del verso  libre  y el surrealismo, se alejó de  sus  creencias  religiosas, desde  entonces,  se vio a si mismo como  poeta del  y para el pueblo.

España  pasaba  entonces  una  inestabilidad  política  y efervescencia social importante. La  Guerra  Civil  estaba en puerta,  Ramón Sijé  había  muerto  en 1935 y Miguel  le dedicó una elegía  que se distinguría  de  la  poesía de  su  tiempo en El rayo  que  no cesa.

“No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada…
…Quiero escarbar la tierra con los dientes…
…Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.” 

Al  estallar  la  guerra, Miguel  tomaría  partido  en el  bando  republicano,  el 18 de septiembre de 1936 se  alistó en el 5º regimiento, se  alejó del Hedonismo académico que practicaban Rafael Alberti y Luis Cernuda, por eso se  fue  a combatir, a ver  caer  a su compañeros  y amigos, sin embargo,  más  tarde  fue  designado Comisario de Cultura del Batallón de El Campesino. En  esta  época  su  poesía se  volvió  una llama de  denuncia, que se  plasmó en sus obras Vientos del pueblo (1937) y El hombre acecha (1939). Hernández  recibió  invitaciones para  simpatizar con los  franquistas, y alcanzar  el  indulto, a lo que  siempre  respondió: “Como  si Miguel Hernández  fuera  una  puta  barata”.

“Cantando espero a la muerte,
que hay ruiseñores que cantan
encima de los fusiles
y en medio de las batallas”.

El 9 de marzo de 1937 logra escapar durante la  guerra a Orihuela para casarse con Josefina Manresa. En diciembre de ese año nace Manuel Ramón su primer hijo que muere a los pocos meses, a  él está dedicado el poema Hijo de la luz y de la sombra, para enero de 1939 nace Manuel Miguel su segundo hijo,  a quien dedicó las famosas Nanas de la cebolla.

“Desperté de ser niño.
Nunca despiertes.
Triste llevo la boca.
Ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma”.

 

Ese  año   transcurrió  para  Miguel entre arrestos   y libertad momentánea, un detrimento  en su  estado de  salud  y  carencias  económicas. La cárcel le quitó el  aliento de  a poco, las prisiones de Madrid, Ocaña y Alicante, lo resguardan  hasta  que una tuberculosis pulmonar aguda atacó ambos pulmones,  se intento un traslado al Sanatorio Penitenciario de Porta Coeli  pero se  fue  imposible. Neruda  intentó  abogar  por  él, sin embargo  tampoco  tuvo  éxito. El 28 de marzo de 1942 a los treinta y un años de edad Miguel Hernández  cerró los  ojos y se  fue  como  llegó,
con sus  tres  heridas.

“Llegó con tres heridas: 
la del amor, 
la de la muerte, 
la de la vida.”

 

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