Más allá del reino o de un caballo

junio 12, 2014

Por:

Arte, teatro, Vista

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La tragedia más larga de William Shakespeare y la última parte de su cuarteto de obras basadas en la historia de Inglaterra (claro, la historia que hasta ese entonces era como tal). Bajo la dirección de Mauricio García Lozano, Teatro del Farfullero presenta, en el Teatro Julio Castillo del centro Cultural Del Bosque, Ricardo III.

 Difícil es poder hablar de un autor que se ha interpretado de miles de formas, ¿cómo reinventar la narrativa en una solución atrayente y dominante? La  literatura shakesperiana es un material con el que se ha jugado de distintas formas para darle una estructura final alrededor de todo el mundo y desde la existencia de los mismos textos; Bastaría analizar tan solo cuántas obras de Shakespeare, o inspiradas en, se han montado en nuestro país en lo que va del 2014. La influencia es autoritaria.

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 En Ricardo III, el bardo nos cuenta la historia de la abominable ambición de Ricardo de Gloster, Duque de York, por poseer la corona de Inglaterra, sin importar quien se cruce en su mortífero camino. Ricardo es un hombre frío, sin escrúpulos o interés en velar por el bien de alguien más que el de él mismo. Pesa con la existencia de una deformidad en su cuerpo, empero que no flaquea en su avasalladora campaña de hipocresía y despojo para alcanzar la cima del dominio real y así poder ser aún más respetado, temido y poderoso de lo que ya es. La política cobrando vidas ¿Actual o no tanto?

 El autor dibuja al monarca inglés como un abominable ser que busca no menos que partir del desprecio que siente a su propia sangre para cortar de tajo con los nexos y encontrarse así como un ente único y absoluto. Ricardo III es una mente maníaca y un ser humano despreciable que tiene la capacidad de hacernos reír, hacernos temerle, sentir pena por él y tenerle asco; Todo bajo el candor de la ironía depositada en la pluma y de la evolución del texto, una acción lleva a una reacción, así Shakespeare va quitándole las capas a la historia y tal como al quitar las capas a una cebolla: el olor cada vez es más fuerte.

No haré mucho ahínco en algo que todos sabemos: Mauricio García Lozano es un fantástico director (No me hagan hablar de La Pequeña Habitación Al Final De La Escalera de la cual, confió en los astros exista una pronta reposición). En esta ocasión propone una visión bastante fiel al texto original, ataviando a su reparto con la vestimenta de una aristocracia moderna y hasta cierto punto excéntrica y con fuertes influencias latinas. García Lozano filtra cualquier dejo de la sociedad isabelina para idear la puesta en el contemporáneo, para retomar lo violento del texto y darle vida con la violenta actualidad, logrando un Shakespeare visceral y muy directo que conecta de maravilla y es plenamente asimilable.

Carlos Aragón

Carlos Aragón

Para dar vida al Duque de York, el director convoca a Carlos Aragón, cuyo trabajo en el escenario es indudablemente único. Aragón se adentra en la piel y la ambición del monarca con el tono y forma correcto, dirigiéndose sobre las tablas con precisión, fuerza y determinación absolutas. La complejidad del personaje parece no ser en absoluto un factor de importancia para el histrión, pues adopta de forma natural cada acción y cada línea transformándose poderosamente en el monstruo que avanza tomando almas y partiéndolas entre la propia vida y la muerte.

Acompañando al actor, un reparto uniforme, sólido y congruente entre sí mismos. Una compañía que desempeña su labor con gran precisión y se desdobla en mil personajes con destreza y agilidad: Haydée Boetto (un gozo en todos los personajes que interpreta), Paloma Woolrich, Sophie Alexander-Katz, Leonardo Oztigris, Américo del Río, Tamara Vallarta, Assira Abbate, Daniel Haddad y Ricardo Esquerra. La compañía se siente unificada, la química es evidente. Ningún miembro del elenco construye personajes flacos, así sean breves todos crecen en la medida justa para permitir la interacción adecuada y el impacto, pocas veces se logra un reparto con tal homogeneidad dónde todos puedan responder con la misma entrega y dedicación a las psiques de aquellos a quienes interpretarán.

El director marca la acción en un trazo ágil, que aprovecha espacios al máximo y crea diversos puntos de fuga sin perder el foco ni el hilo dramático. El ritmo es ascendente, la tensión dramática es apabullante y logra atrapar a la trama desde el primer momento soltando preguntas que se responden con otra pregunta hasta llegar a la suma máxima, respeta la composición Shakesperiana. La escenografía (de Jorge Ballina) junto a la iluminación (de Ingrid SAC) son piezas clave para un producto fascinante, espacios que lucen simples y se transforman con mínimas inclusiones en todo un plano distinto constantemente, jugando tanto con la fragmentación a partir de la neutralidad y destacando una idea original de la obra: “una pequeña acción puede cambiar el rumbo de las cosas”.

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Al principio uno entra y está aislado de todo, como cualquier cosa que a uno le dan en una bolsa de plástico al comprar en el supermercado, pero aquí no se saca al producto de la bolsa, sino que el público entra dentro de la bolsa para ver y sentir la hipocresía, la desesperación, la angustia y la muerte.

Lo fascinante de esta puesta en escena es que no es en ningún momento ajena, al contrario, cada vez es más cercana, destacable pues aunque Shakespeare sea un gran autor, no es algo fácil de trabajar para cualquier dirección. Ricardo III es dura, sangrienta, intensa, (en ciertos y gloriosos momentos) cómica y profundamente devastadora. Un espejo creado muchos años atrás que continúa reflejando los horrores de la sociedad y del poder a través de la rabiosa mirada de sus ocupantes. Perderse esta puesta es negarse a ver un clásico con una ejecución de primera.

Saúl Campos

Comunicólogo, apasionado del arte y la información. Adicto al teatro.