Los bomberos que incineraban cultura

agosto 9, 2014

Por:

Arte, teatro, Vista

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De nueva cuenta me permití abrirme paso entre las butacas del siempre bello Teatro La Capilla, en esta ocasión para presenciar algo de teatro infantil (después del buen sabor que me dejó Asimov, ya andamos más asequibles para dicho género) en esta ocasión  para El Increíble Caso De Los Hombres Libro que llega con la compañía La Edad Del Loro Teatro. Dicho sea de paso amo su original nombre.

 En un futuro frío y desolado la lectura es considerada un acto de sublevación. El televisor es la única vía de entretenimiento y aprendizaje, la razón ha sucumbido ante la enajenación digital. Los bomberos ya no apagan incendios, sino que los provocan y además son encargados de incinerar todos los libros existentes y capturar a sus lectores mientras ven arder el conocimiento. En medio del caos, Montag (un bombero) conoce a Clarisa, una niña que le cuestiona si en realidad está de acuerdo con su trabajo, tras regalarle un libro en secreto la aventura comienza.

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 En algún lugar, los hombres libro han memorizado las líneas de muchos escritos, uno por cada ser. Están destinados a compartir su saber de forma oral, ocultándose entre los bosques, incitando, preservándose. Sabiéndose salvadores.

 Esta historia es una adaptación de un fantástico libro titulado Fahrenheit 451, escrito por Ray Bradbury, la esencia del escrito original permanece en la puesta en escena, depurando aquellos elementos que podrían tornarla más oscura para el entendimiento infantil. La novela de Bradbury fue aclamada y criticada en su momento por la imaginativa versión de  una realidad no tan distante, dónde lo material ha sido apoyado por los medios masivos para convertirse en  la base del raciocinio humano. Un futuro que ya no es tan distante ni imposible.

 Curiosamente podemos analizar esta puesta en discursos distintos: primero en el punto de vista infantil, la puesta convoca a una demanda social que fomente e impulse la lectura entre los niños. Dar a entender la importancia de la misma y como no debe derogarse a otro plano, además de la diversión que la misma produce y los efectos de gastar todo el tiempo libre pegado a una pantalla.

 Para la segunda lectura apuntamos el mensaje directo a los padres, tutores, hermanos o cualquiera que sea el parentesco de los adultos que acompañan a estos pequeños a disfrutar de una experiencia tan mágica como lo es el teatro: los niños deben de mantener activa su capacidad creadora. La imaginación debe de ser un músculo en constante ejercicio y la capacidad de asombro un requisito imperdible.

 Ahora bien, la última mirada que podemos delimitar (en un escrito corto, vaya) es aquella postura analítica persistente  tanto al texto original como a esta adaptación de Verónica Albarrán: la acción de control de  la televisión sobre las masas ha alcanzado niveles increíbles. Hoy un comercial o el discurso de un presentador, a los cuales se les puede denominar con libertina irresponsabilidad como líderes de opinión en cuestión de corto tiempo, puede persuadir al máximo pero ¿es fácil notarlo en el cotidiano?

 La dirección de la ya mencionada Verónica Albarrán presiona sobre las tres interpretaciones dadas, permite acercar  a la historia por medio de  momentos coreográficos que hacen un despliegue de imágenes llenas de color y vida. Albarrán pretende y logra divertir a la audiencia infantil sin perder las transgresoras figuras que el texto emplea como el “hombre televisor” o la incineración de la cultura. Conduce sus momentos violentos con resoluciones bastante acertadas que permiten comprender la gravedad sin dar ahínco.

 Otro de los aspectos que entran en juego es la musicalización, a cargo de Diego Alejo, la historia se relata con composiciones frescas, divertidas e intrigantes, justo lo necesario para sazonar y mantener atractivo junto al juego de iluminación de Víctor Colunga que permite crear dimensiones e interactuar con el público de manera orgánica.

 Los actores que dan vida a este montaje comprenden a su público y encuentran a sus personajes en el tono correcto para presentarlos con la firmeza necesaria.  Fernando Villa y Fernando Memije se llevan la puesta gracias a su franca naturalidad cómica que domina y marca el compás de la narrativa cada que aparecen en escena. Son dos bomberos temibles pero humanos al fin, temerosos de lo que los amenaza y poco elocuentes en sus propias locuras. No sin menos valía, Paco Silva y Mariana Moyers completan el simpático equipo actoral.

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Es quizás Moyers el punto frágil de la dirección, puesto que pese a que su personaje es una niña tenemos de frente a una adolescente valiente. No es creíble la edad que pretende aparentar, empezando por los rasgos y ademanes que se le dan a la actriz para desenvolverse. Sin embargo la actuación es buena y entendible al final de cuentas.

El ritmo corre con fluidez, no permite que se estanque alguna idea, al contrario, apura la asimilación para presentar nuevas directrices de entendimiento.

 Volviendo a la objetividad del público de esta obra, el producto es altamente necesario y recomendable para hacer presente y seguro el ejercicio literario en los niños. Es de vital importancia inculcar los hábitos de lectura, lo que conlleva forzosamente vigilar y apoyar al crecimiento de un gusto por la misma. El poder de leer radica en que podemos ser transportados a mundos indescriptibles de página a página, ahí  entra el montaje como respuesta inmediata con una pretensión válida y justificada.

Si acompaña a un niño a verla, analice cuál es su comportamiento tras ver algo tan fuerte como el acabose del mundo que lee frente . Al final queda una decisión por tomar para todos, ¿Encenderé el televisor al llegar a casa? Y de ser una respuesta negativa ¿Qué haré entonces?

Altamente recomendable. Obligada para los pequeños.

Saúl Campos

Comunicólogo, apasionado del arte y la información. Adicto al teatro.