Los 20 son una segunda adolescencia

marzo 3, 2015

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Cuando tenía 13 años recuerdo que vivía triste y angustiada por mil cosas. Que si el que me gustaba no me pelaba, que si me sentía fea, que si mis papás no me dejaban hacer nada, etcétera. Sin embargo, esa época de poner jeta para todo y estar incómoda con mi cuerpo creí haberla superado. Pero no. Actualmente estoy como a los 13. Los 13 reloaded, casi 10 años después. Y no sólo yo, muchos de mis amigos y amigas que están por terminar la licenciatura también están retornando –sin querer queriendo- a esa época, cuando My Chemical Romance estaba en el top y comprábamos la revista Grita. Siento que ambas edades son comparables por el hecho de que las sensaciones son las mismas que cuando eras un adolescente bebé frente a muchas cosas que están por cruzarse en nuestras vidas a partir de ahora. Y se pondrá peor.

         Supongo que estar en los 20 y que tu sentir evoque a la adolescencia (la primera) no es una cuestión de chavoruquez o algo por el estilo. Simplemente, el sentirse bien chavo aunque tengas 22, 23 años frente a las cosas, es muestra de la negación de la realidad, de negarnos a vivir en ella. Esto es porque sabemos a lo que nos atenemos. Evidentemente ya no es como antes que no sabías si tu acné vulgar iba a dejarte el rostro marcado o no, sino que ahora sí sabes lo que viene y te resistes a aceptarlo. No estoy hablando de que no crecimos, sino de que crecimos y estamos en un limbo entre querer crecer y no, ¿me explico?

         Esta terrible sensación puede llegar a moverte el suelo de una forma en que no esperabas. Hay varios ejemplos de ello, pero entre los que mejor ilustran esta situación están la pareja y los estudios. Es decir, tienes una relación digamos larga, estable y medianamente decente y de pronto algo dentro de tu pequeño y alcohólico ser empieza a dudar al respecto y entonces decides terminar porque empiezas a pensar que ya es mucho tiempo y el tren ya se te fue (o todavía no llega). El segundo ejemplo es cuando estás por terminar una carrera profesional que en un principio te gustaba y de pronto deja de hacerlo y sólo estás ahí porque ya te faltan pocos créditos. Por otro lado, estás a nada de que se te acaben los privilegios de ser estudiante (seguro médico, becas, biblioteca..), pero ya no quieres serlo porque estás llegando al límite del hartazgo, incluso si lograste superar la fase de odiar tu carrera. O de plano abandonas y te metes a un taller de algo súper hippie que no te dejará nada bueno al final, todo por no poder con la responsabilidad que conlleva concluir las cosas que empiezas. Es una situación desagradable porque te encuentras en la delgada línea entre ser un adulto responsable y exitoso (en cualquier rubro en el que te desempeñes), o ser un frito de veintitantos que no sabe ni lo que quiere aún

         Vivir con tus papás es algo comodísimo, pero imaginarte a los 30 viviendo aún con ellos puede ser una gran tortura porque sabes que te encuentras en un eterno círculo vicioso entre la hueva, el hartazgo y las ganas de salir de eso. Todo al mismo tiempo. Estás muy chavo para hacerte responsable pero también ya estás viejo como para no hacerlo.

         Son diversas las situaciones que te hacen sentir como todo un puberto que no puede hablarle a la chava que le gusta, o como una puberta que sufre sin porque no le han crecido los senos. Pero creo que deberíamos estar tranquilos, ya que el segundo piso está padre. Justamente esa condición de joven puede tener miles de ventajas si lo vemos detenidamente, sin embargo, de las crisis nadie se salva. Ni en la primera ni en la segunda adolescencia.

Cynthia García

Casi licenciada en Estudios Latinoamericanos, FFyL UNAM. Tauro. Amo a los gatos. Amo la pizza. Hip-Hop. ¡QUESO! En la escritura he encontrado lo que jamás imaginé: libertad.