La palabra que me recuerda a ti: Gabriel

abril 24, 2014

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Literatura

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Más duelen las cenizas de un libro; duele ser testigo de ver como se hace gris el cuerpo y el alma.

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Es ahora que nos damos cuenta que sobran los aplausos y las gracias. Después de emprender el camino, todo está de sobra.

 La muerte se viene anunciando gloriosa desde que nacemos; Gabriel García Márquez lo sabía y, como siempre, se anticipó. Para suerte de unos cuantos (como todo en este mundo y en el otro) hay excepciones, y la muy tonta nos ofrece dos maneras humanas de burlarla: amor y literatura.

 Como buen escritor, él ha vencido al tiempo y sus múltiples accidentes. Ahora, sólo nos queda el polvo de su materia y el aroma de su esencia. Se respira.

 García Márquez pensó: voy a escribir tanto, que me van a tener presente en todas las palabras. Acertó. Lo encontramos en lo dicho y en lo escrito, en la brisa y en las hojas, en el alma y en el cuerpo.

 Nació uno de los tantos 1927 para nunca morir. Se apalabró con la vida para un día dejarlo ir con la condición de que le diera una promesa a cada palabra escrita. Lo cumplió. García Márquez nos enseñó que la historia empieza cuando uno se calla, permitiéndole al pasado llevarse consigo lo que alguna vez pudimos haber sido.

 Se dice que era de Colombia, pero yo siento que es de todos lados. Nunca tuvo fronteras, tampoco habló el mismo idioma cien veces; hablaba la lengua universal: la del amor, la soledad, el otoño, la sangre, la vida.

 A la larga, el escritor se vuelve un personaje de la novela más extensa y fascinante; poco a poco se le recuerda con aquella fantasía que se nos graba en el corazón, mencionando las palabras más mágicas y reales: uno muere en la medida que se le deja de recordar.

¡No te preocupes, Gabriel, que ni aquí ni en Macondo te vamos a dejar morir dos veces!

 Si desde la oscura noche escuchan que se proclama la muerte de un genio, lejos de llorarle y mal gastar su nombre, piensen que cada vez está más cerca de su verdadero hogar. Hablo del lugar de los poetas, donde “uno extiende la mano y los pájaros bajan a comer”, donde residen los grandes, los nunca olvidados, los que escribieron con los puños y hasta con las uñas, rasgando las sustancias que componen el alma.

Así es. No vale la pena llorarle a los genios. Más duelen las cenizas de un libro…

 No lo aparten de casa y lo dejen entrar a las suyas como un dolor; para bien, mejor dejen que entre como lo que fue para cada uno de nosotros.

 Puedo decirles que a mi gusto, es mejor que nos despidamos con la mayor cantidad de promesas. No es un “hasta luego”, y mucho menos un “adiós”. Mejor sería decir “hasta la próxima palabra que me recuerde a ti”.

Portrait Of Gabriel Garcia Marquez