La nostalgia del tiempo en Austria

mayo 21, 2014

Por:

Arte, teatro, Vista

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El matrimonio es una barca que lleva a dos personas por un mar tormentoso; si uno de los dos hace algún movimiento brusco, la barca se hunde. Leon Tolstoi

El arte, la escenografía, la vestimenta. Al sonar del primer beat, temí empezar a sumergirme en una puesta pretenciosa de aire indie y maliciosa. Afortunadamente, Heimweh Estaciones, en el Teatro La Capilla no fue así.

 Sol es mexicana, Jakob austriaco, son un matrimonio joven que ha intentado vivir en varios lugares y ahora se han estacionado en el país natal de él, dónde la economía fluye (al menos para él) y son felices. Pero Sol ha comenzado a sentirse ajena a ella misma, las cosas no marchan para ella ni para bien ni para mal, solo no lo hacen, se quedan atascadas en un sitio temporal indefinido dónde sus emociones la orillan a la creencia de que tal vez esta aventura no fue la mejor idea, si bien encontró en Jakob un cómplice y además quiso ver en él a la pareja para compartir y disfrutar del resto de sus días, ahora parece una idea romántica sumergida en las costumbres de un país más liberal al natal y más frio que el mismo.

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 Del invierno al otoño, la autora Myriam Orva expone un poderoso discurso de la soledad en la pareja y la imposibilidad de lograr una al querer ser la alianza de dos seres que no están del todo completos consigo mismos. Orva deconstruye el idilio amoroso y lo somete a la rutina de lo absurdo y el silencio. Si bien logra condensar un espectro dramático que construye seres enteramente humanos y con la capacidad de comunicación nata, al tiempo marca la inestabilidad que representan las barreras comunicacionales, deja al lado el lenguaje para juzgar la proxémica, los tonos, las posturas y la intensidad en la pareja al compás del transcurrir de las estaciones del año.

 Los personajes podrían llegar a lucir frívolos consigo mismos, podríamos pensar que Sol es injusta al no sentirse plena frente al hombre que se entrega en cuerpo y alma a ella, pero podríamos pensar que Jakob es un desalmado que no quiere lo suficiente a su mujer para entender que no es plena en el espacio y tiempo que está viviendo. Al final, la dirección de Isael Almanza levanta la postura del acto de amar como una experiencia intransferible que depende  de muchos factores para surgir en común. Ambos seres se aman, se unen y al mismo tiempo se separan cada vez más estando en la misma casa, la misma habitación o compartiendo el mismo diálogo, simplemente habitan un espacio pero no habitan sus propios cuerpos, necesitan de ese impulso que solo les podría dar el encontrarse a sí mismos.

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 Almanza delimita a sus actores y propone reconstruir los momentos clave de la historia de la pareja que crea Orva con la firme misión de ser sincero. Para ello, la escenografía de Anabel Altamirano propone resolver con plataformas de embalaje y un armatoste plástico reflector la sensación de existencia y al mismo tiempo ausencia en el conjunto general,  hay vacios en el espacio tal cual como en los personajes y su intento de compenetrar y justamente ambos tratan de resolver esta desdicha a partir de elementos materiales: una maceta se desdoblará a una propuesta, una mantel será la despedida y un automóvil una apertura. Interesante, estética, logra ser ligera y aprovechar los espacios de manera útil, sin embargo roba foco en momentos.

 Esta es una puesta en escena circular, dónde los personajes inician buscando encontrarse en la misma dirección sin algún éxito y concluyen en la misma situación. Confronta el papel de la tecnología como un aislante más que como un vaso comunicante. Podríamos decir que incluso es una obra rosa, pero lleva delicadamente el sentido reflexivo, haciendo imposible el no percibir la franqueza de las situaciones y la volatilidad a la que se amarra la condición humana cuando se juzgan sus fundamentos, apoyándose en una coreografía enérgica y contenida.

 Paulina Sabugal y Gonzalo Guzmán dan vida a la obra, si bien son buenas actuaciones, se sienten muy medidas, pareciera que el director les hubiese pedido quedarse en la zona de confort y no buscar zonas de riesgo que conecten aún más con la audiencia. No obstante, son efectivas y disfrutables, sin embargo, es inevitable tratar de imaginar la misma obra con un elenco más maduro que precisamente de el extra de energía necesario, como Pedro de Tavira y Karina Díaz o tal vez Marina de Tavira. Insisto, no son comparaciones negativas, sino un ejemplo en pro de exaltar el talento de los actores que ya están arriba del escenario y que pueden (en verdad) lograr creaciones enternecedoras.

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 La iluminación jugará el negrito en el arroz, la dirección busca atreverse a delimitar espacios y recrear sin tanta necesidad de un juego, pero se siente perdida a ratos, y deja necesidades de verla interactuar más con la selección musical fría y directa.

 Heimweh Estaciones es pensar en uno para no hacerle mal al otro, pero primero, para no serle infiel a sí mismo. Un ensayo sobre la imposibilidad de responder a un sentimiento que no se siente pleno de expresarse. Una propuesta valiosa y que necesita ser vista.

Saúl Campos

Comunicólogo, apasionado del arte y la información. Adicto al teatro.