La línea de la autoevaluación

agosto 21, 2014

Por:

Arte, Críticas, teatro, Vista

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“El erotismo es una de las bases del conocimiento de uno mismo, tan indispensable como la poesía.”

Anais Nin

¿Se acuerdan cuando los servicios de Hot Line eran lo que estaba en boga? ¿Alguno fue partícipe de la experiencia? Si la respuesta a ambas interrogantes es no, descuide, la puesta en escena a dialogar a continuación les refrescará la memoria y presentarán el concepto. Laíla de Renato Guillén llega al Foro Shakespeare a presentarnos a una mujer con un peculiar segundo empleo, uno vespertino que no interfiere con su jornada laboral de 8 horas, una contestadora en una línea erótica.

 Eulalia (Laíla para los cuates) es una oficinista de 32 años, con una carrera trunca y un montón de esperanzas que chocan con la realidad. Este personaje llega ante el espectador tras un arduo día de trabajo, dispuesta a  atender a todo cliente que pase por la bocina de su teléfono y escapar de la rutina, o de las quisquillosas llamadas de su madre, para ahondar en su soledad y en  la de los otros.

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 A lo largo de toda la obra, escucharemos el confesionario clasemediero de Laíla en busca de satisfacer a las personas detrás de la línea, ya sea con perversiones o tan solo momentos de contacto y entendimiento. La puesta se construye como un pretexto para, además de analizar la condición femenina ante la sexualidad, poder entender el significado del gregarismo entre humanos.

 Nuestro personaje será pintora frustrada, consciente de sus vanos esfuerzos por aprender se sus errores y erigirse fuerte sobre ellos entendiendo una posición de poder y mando, lo cual la lleva a dilucidar entre la realidad  en la que habita y que exige pagar las cuentas, sobre el imaginario colectivo al que da vida atendiendo a seres solitarios que desesperadamente tratan de hallar a alguien que entienda.

 Las personas que la contactan tienen miedo de sentirse rechazados, de no ser comprendidos, es ahí donde una mujer común y corriente, pero con una labor fuera de lo común además de ajena a los preceptos de la retorcida moralidad, se propone no juzgar a nadie, hilando las ideas que le arrojan mediante las reglas de acción y reacción del Hot Line interpuesto o más bien de las relacione humanas como tal.

 Saldré un momento del plano objetivo, para poder expresar entonces que  esta puesta me encantó. Me divertí mucho como espectador  teniendo una premisa previa muy vaga, me pareció ligera e incluso tuvo un buen efecto en sus aspectos sentimentales sobre mí. Volvamos a la visión crítica: El proyecto aunque aparentemente sencillo es muy ambicioso y desgraciadamente no logra consagrarse.

 Adriana Burgos es la actriz encargada de dar vida a LaÍla, si bien asimila el personaje  en general no logra desdoblarse en todas las caras que el propio texto le va pidiendo de una manera efectiva. Precisamente al atender una línea erótica los clientes cambian radicalmente de necesidades y aunque la actriz hace un gran esfuerzo por proyectar estas personalidades se queda pasiva ante la réplica en varios momentos, lo cual le va restando ritmo al total, dejándola pequeña ante un posible tour de force implícito.

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 Sumemos una falta considerable de timing en la primera parte, sostenida entre la actriz y el audio. El público escucha todas las llamadas que le hacen al personaje viendo la respuesta del mismo a las demandas, pero el desequilibrio en la interacción entorpece en momentos el diálogo, entonces se siente como si en vez de una línea directa escuchásemos el audio del enlace internacional de un noticiario.

 El audio mismo es el eje central, incluso a nivel escenográfico Laíla está confesándose sobre un diván (de calidad cuestionable) en medio  de la voz de su autoanálisis mediante cuadros que representan el espectro de sonido. Empero, la calidad del mismo es bastante pobre, los desniveles de acústica de cada “llamada” realizada por los clientes sobresalen problemas de popeo y estática. En otro aspecto los actores invitados a ser los clientes no están del todo correctos en los tonos necesarios para cada uno, hasta el punto que en verdad  algunos suenan más a una broma telefónica que a erotismo auditivo.

 Omar Quintanar dirige este desfile de personalidades que van permitiéndole al personaje encontrarse consigo misma en el momento que está para hacer el dolor a un lado recordando que pese a lo adverso está viva y cual canción ochentera “siempre vendrán tiempos mejores”. El mensaje es  entendible, honesto,  incluso hay una propuesta interesante al llevar la percepción del oído a la vista con un juego interpretativo en la iluminación, que queda a condición de su aprovechamiento en las áreas desfavorecidas antes descritas para ser más orgánico.

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 Pero en este caso no me perturba tanto pensar en que la obra sea de mediana calidad en su ejecución, pues tiene apuntes hacia una apertura de cambio y corrección que la encarrile más, permitiendo un desarrollo integral que controle entre otras cosas el espacio la intención, la intensidad, los estados o simplemente permitir desde la dirección el soporte de elementos que le den mayor soporte a la historia y a la construcción del personaje mismo. Hace tiempo que no me gustaba algo que no estuviera  necesariamente bien hecho, para ser honestos extrañaba la situación.

 Laíla quiere terminar el cuadro de su propia pintura, que la composición sea ideal y perfecta para ella misma. Está en proceso.

Saúl Campos

Comunicólogo, apasionado del arte y la información. Adicto al teatro.