La cuiriosidad de los números primos

marzo 11, 2014

Por:

teatro, Vista

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Tanto había oído hablar del éxito de “El Curioso Incidente Del Perro A Media Noche”: de su calidad, de sus actores, de que si se ganaron un APT  (Premio de la Asociación de Periodistas Teatrales) a la obra del año, que no podía quedarme así con los brazos cruzados, tenía que develar ese misterio, personal claro.

 Christopher John Francis Boone es un adolescente  de  15 años, 3 meses y 3 días de edad. Vive con su padre en Swindon, Inglaterra, su madre murió hace no mucho, no le gustan los colores amarillo y café (su color favorito es el rojo), tiene una rata mascota llamada Toby, le encantas las matemáticas y no le gusta hablar con extraños. Por cierto Christopher tiene síndrome de Asperger.

 Entre las características del síndrome antes mencionado se encuentran: dificultad para socializar, ser empático y expresar sus sentimientos, sensibilidad en sus sentidos y una forma particular  de moverse y entender la lógica del mundo. No entiende de expresiones coloquiales, sarcasmos o bromas (toma su significado directo). Pero a cambio es un muy buen observador de una memoria envidiable.

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 El perro de la señora Shears fue asesinado a la medianoche, es un crimen que necesita ser resuelto, pero que nadie considera necesario, excepto Christopher, el emprenderá una investigación criminal para descubrir al asesino, sin imaginar que encontrará más cosas de las que se imagina en su paso, hallando incluso respuestas a cuestiones que le atañen, como la muerte de su madre.

 Desde que uno toma asiento y ve el imponente armatoste en el escenario, que simula un cuaderno abierto y que tiene cierta inclinación, se dice “esto va a ser un reto actoral”, pero cuando la acción ocurre, se rompe toda expectativa.

 Quiero comenzar por el hecho de que todo elemento escenográfico se resume a este dispositivo, sobre el cual se proyecta todo espacio necesario, en verdad impactante. No solo el señorón Jorge Ballina nos antepone un genial diseño con muy buenas proyecciones, sino que a la par hace una complicidad exacta con la iluminación, a cargo de Sergio Villegas, que se vuelve impecable. ¡Qué difícil iluminar una escenografía hecha con proyecciones! Reto superado.

 El discurso del texto nos invita a adentrarnos en el mundo de una persona con esta enfermedad, en una manera bastante compleja, pues nos sitúa en la adolescencia del principal, con todas las inquietudes y sueños, en este caso los más puros y nobles, pero eso no quita del medio a las discapacidades del personaje, de manera que  hay una duro golpe de realidad a cada momento. Sin embargo, eso no convierte a la persona que padece el síndrome en un vegetal, solo es una capacidad diferente, después de todo puede hacer muchas cosas por el mismo

 Para hacerle justicia al hermoso guión de Simon Stephens (basado en la novela de Mark Haddon, adaptado por María Renée Prudencio), el director Francisco Franco guía a sus personajes en un sendero de entera franqueza y apego al sentido humanístico de los personajes, sujetándolos a todos como piezas de un rompecabezas cuya pieza clave es (como debe ser) el personaje de Christopher.

 Franco da una mirada profunda al conflicto del personaje, dando un valor esencial a su padecimiento clínico, sin ridiculizarlo en ningún momento, dedicándose más a estructurar a un personaje central que se vuelve entrañable instantáneamente y que genera el mismo efecto con los que lo rodean.

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 Pese a que la duración total se aproxima a las tres horas, el ritmo con el que se desenvuelve la trama es bastante ágil y con una precisión exacta, tanto del dispositivo y sus proyecciones como del cuerpo actoral en general. Cuidando cada detalle y elemento a escena con una coreografía impecable y que permite una isóptica favorable.

 Resulta ponderante la existencia de una puesta que aborde esta temática, en una sociedad que desgraciadamente necesita aprender a ser mucho más incluyente. Si  bien no es general, no todos estamos preparados para tratar directamente a una persona con capacidades diferentes, podemos sentirnos ajenos, incuso amenazados en su presencia, por el simple hecho de que no entendemos como su mente puede funcionar de manera distinta a la de nosotros, y esta es la oportunidad perfecta para poder adentrarnos a este mundo, ver desde fuera a aquello de lo que somos parte. Es un llamado a la inclusión.

 Un elenco sólido y en equilibrio conformado por Alejandro Camacho, Rebecca Jones (alternando con Mónica Dionne), Cecilia Suárez (alternando con Mónica Huarte), Luz María Aguilar y un ensamble de 9 actores que dan vida a los diferentes escenarios ubicados en Inglaterra, dando forma y estructura a la pieza de una manera destacable con momentos memorables.

 Obviamente me guardo lo mejor para el final: ¡la actuación de Luis Gerardo Méndez!, señores que bella y entrañable cátedra de actuación desempeña este joven actor en el escenario, demostrando una versatilidad ejemplar con este papel (sí, Javi Noble queda atrás) que definitivamente marca un hito en su carrera, consolidándolo como uno de los mejores de su generación.

 Es increíble la manera en la que se adentra en el sentir, adoptando las características del padecimiento de su personaje y externándolas de una manera natural, creíble y original.Anexo aquí un ¡Amén a la fantástica música que acompaña  la puesta!, original de Julieta Venegas, simplemente perfecta y altamente sensible.

 ¡Por supuesto que es imperdible! Por favor dispóngase a disfrutar de uno de los mejores trabajos que desde el año pasado existen en cartelera, y esperemos permanezca por más tiempo.

Saúl Campos

Comunicólogo, apasionado del arte y la información. Adicto al teatro.