LA COSA DEL HELÉNICO

agosto 2, 2014

Por:

Arte, teatro, Vista

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La fantasía, aislada de la razón, sólo produce monstruos imposibles.

Francisco De Goya

Vamos a comenzar este bello escrito dedicado a La Cosa Del Mar, montaje que se presenta en el Teatro Helénico bajo la dirección de Luis López y la dramaturgia de Rebekka Kricheldorf.

 Bueno, la historia va así: Una doctora es ascendida a jefa en el hospital donde labora, para conmemorar la ocasión convoca a sus amistades a un festejo a bordo de un barco. La acompañan su amiga alcohólica, su hijo con problemas mentales y su amante en turno. Al día siguiente de la celebración se dan cuenta de que la navegación se ha soltado del puerto y ahora flota en medio de la mar. Acechándolos en espera del rescate, un ser, que puede y no debe ser un pez los vigila de cerca, esperando el momento exacto para dar acto de presencia.

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 Es curioso porque si usted asiste y remueve la etiqueta con los nombres del elenco en su programa de mano, notará que la puesta originalmente iba a ser estelarizada por Laura Almela, Carlos Aragón e Inés de Tavira junto a Dobrina Cristeva y Sinaí Segovia, pero  ahora esa etiqueta guarda los últimos dos nombres y sustituye a los otros con Ana Karina Guevara, Blanca Alarcón y Rodrigo Mendoza. Qué uno de los actores no haya culminado el montaje se entiende, pero ¿La mitad de la compañía? Algo debió de haber pasado aquí.

 La puesta en escena intenta sostener un discurso acerca de la incapacidad del hombre moderno por encontrar el justo medio entre su construcción física y la espiritual. Los personajes ya descritos antes, más una chica del servicio, quedan varados en medio de la nada, no se tienen más que a ellos mismos aún en la lejanía personal que conllevan entre sí y sin embargo se aíslan en la desunión, lucha de egos, personalidades y sistemas de creencias. Todo entra en combate cuando se quiere asegurar una realidad, la de cada quién.

 A través de la dramaturgia de la alemana Rebekka Krichendorf se sujeta  un vaivén de metáforas hilado por una principal: para encontrar su identidad en medio de la inmensidad de su existencia el hombre necesita combatir las opresiones principales que acechan y amenazan sin dar siquiera una cara fija. Un texto con un análisis lleno de humor negro que se cocina bien y se disfruta. Fatalista hasta cierto punto y apelante en giros inesperados y con calidad.

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 Sin embargo, la realidad es que aunque la idea y concepto escrito son bastantes buenos, la obra no logra arrancar realmente o transmitir el mensaje. Con 20 primeros minutos que desaprovechan cualquier tipo de enganche a la historia y concentran toda la acción en un foco tan expuesto que junto con el sonido de fondo de olas marinas solo logran arrullar al espectador y por ende provocar que duerma placenteramente hasta el contiguo cambio abrupto de sonido.

 Esta puesta avanza con distancia entre los miembros del elenco para demostrar la inestabilidad y falta de congruencia de cada cuadro. Si bien el director se preocupa por definir totalmente la psique de cada personaje, gasta todo su tiempo en esta labor dejando a un lado la necesidad de un trazo que mantenga el flujo y ritmo entre la palabra y el movimiento corporal, de tal manera que lucen apelmazados a ratos para activarse completamente en otros y repetir el proceso. Total que para describir al ritmo usted podría señalar una montaña rusa llena de vueltas mal estructuradas y da lo mismo.

 Retomando al elenco, me asusta pensar en que quienes se fueron lo hicieron por los detalles antes descritos. Si bien Dobrina Cristeva ejecuta un trabajo de calidad, Ana Karina Guevara le hace segunda y Blanca Alarcón roba toda la atención con sus intervenciones, es a cada momento que Rodrigo Mendoza da una línea cuando se cae el arco y todo cambia de tono. El actor se siente sobreactuado y con problemas de proyección y pronunciación, por lo cual es difícil llevar una estabilidad en la interacción y creer las conexiones que realiza.

Sinaí Segovia se cuece aparte, lamentablemente no lo digo en un buen sentido. Si bien está señalado que su personaje tiene problemas para pensar y razonar de forma “común”, la ausencia de dirección provoca que los problemas esquizoides del rol se mal interpreten y dejen al actor luciendo como un niño malcriado y soso que no tiene fin objetivo alguno en toda la puesta.

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 Es quizás la escenografía sencilla, que corta 3 áreas de la embarcación, lo que resulta más interesante al final, pues la iluminación sobre expone a momentos y genera cambios inexplicables que suponen partes del día que uno no puede lograr ubicar en un plano real, en parte por los colores y en parte por su duración.

 Hay una clara intención de notar la contradicción y ambigüedad de la humanidad moderna enajenada con la tecnología y la banalidad, empero ninguna intención se materializa. Al menos los momentos de comicidad entran rescatándola trama, pero al final, tal como sucede con los personajes, los miembros de esta compañía interpretan a la cosa del mar como un ser diferente para cada quien, al no tener un referencial claro es evidente que la puesta se abre en mil direcciones tratando de complacerse en cada área. Fracasa por obviedad, entre timing y otras causas naturales.

 Si ha tenido un día cansado y busca desahogarse en el arte teatral, esta no es la opción, tal vez se canse más.

Saúl Campos

Comunicólogo, apasionado del arte y la información. Adicto al teatro.