La belleza y la incongruencia de lo humano: Arturo Rivera y su obra

octubre 16, 2014

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Lo fantasmagórico, el sentido inusual y la complementariedad de los trazos, mezclan el sentido exótico y extraordinario del pintor mexicano Arturo Rivera. El concepto antagónico a la normalidad, se enriquece en la expresión refrescante de cada rostro perdido, de cuerpos desparpajados y de una nube de emociones siniestras y espectrales.

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Crédito: Las voces.

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Crédito: Club horror.

 Todo corresponde a la vida, a la inquebrantable obsolescencia del ser humano –perfidia emocional–, y a la necedad de querer mediatizar todo, explayando al individuo como centro de la conmoción y de la inseguridad. Admiración y terror, dos palabras contrapuestas que se yuxtaponen en cada pintura, un escenario y mucha sinergia se forjan en un solo contexto: la tragedia humana.

 Cuerpos con manchas explícitas, mezclados con heridas implícitas y conflagrados con un sólo objetivo: La muestra del horror a sí mismo. El trabajo no aparenta opulencia ni escándalo, la potencialidad surge de la misma realidad, del ventrículo primario del ser y del estar. Miedo a la vanguardia, temor a la vida. Miles de detalles, se reflejan en el trabajo pasional de Arturo Rivera. Es el concepto más parecido a la realidad, por la que atraviesa el ser humano en tiempos de crisis, el infortunio de la desgracia misma se desquebraja en el escape – falsedad y cobardía–, y por lo tanto, el individuo rehuye a su capacidad misma de valorarse y amarse.

 La deformación social, vincula al sujeto en una especie de trama que lo aísla y que lo mantiene expuesto a la locura , a la terquedad por no renovarse y al miedo omnipotente por no querer descubrirse. La exposición de cuerpos desnudos, se podría referir al nulo conocimiento hacia el interior mismo, y que a su vez, dicha muestra se dirige a la frustración y al cobarde impulso de negarse a si mismo. De la generación sarcástica a la soledad, pasa el gran espectáculo social que se plasma en el ardid de mentes y caras cubiertas de heridas, que derraman sangre y que se acompañan de diversas deformaciones corpóreas.

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 Del desnudo mental al corporal, implícitamente se concreta el síntoma del delirio humano y de la ruptura hacia lo visualmente aceptable.

 Pareciera como si el tiempo se detuviera en cada detalle, la retrospectiva de cada cuestión enraíza al humano con su entorno de realidades, eufemismos y vanaglorias. El gris encabeza al mundo, el rojo a lo palpable y el rostro a la máscara de lo profundo y de lo inadmisible, en el contexto de la paradoja. Miradas perdidas, cuerpos rebosantes de miedo y angustia. Todo se relaciona, nada se contrapone.

 Conceptos definitivos no existen para el sentimiento humano, la pintura de Rivera esquematiza bien el sentido de vivencia actual, de un mundo que finge pensar y que actúa a la manera de ser de los demás y que pierde, su sentido más amplio de sincronía emocional. El modo de vivir y la influencia  de una cultura sometida, se vinculan para darle forma al horror del hombre, que mezcla su ocurrencia por mediatizar absolutamente todo lo que se haya fuera de la normalidad.

 Colores y fuerzas magnánimas, describen la cúspide sensorial del individuo y de sus asechanzas  al andar. Al descubrirse – frío y benevolente-, exterioriza que su mirada está perdida en el vacío y sin embargo, su vestimenta es color oscuro que refleja la somnolencia de su alma… y de su vida entera.

  El detrimento humano, la seriedad de una cara consternada y la sutilidad de exquisitez visual, se contempla mediante la corrupción mental y antagónica de la sociedad, expresada en el declive armónico y esto a su vez, crea en el espectador una obsesión por encontrar el significado a cada detalle. Sin importar el escenario de cada pintura, todo se conjunta para expresar indignación y humillación, a cada cuerpo y mente mutilados por la incongruencia de la normalidad.

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Crédito: La otra revista.

 El réquiem de la existencia, corrompe el esquema a priori de toda característica social, pidiendo clemencia por cada rostro que pide a gritos la separación de lo normal y lo anormal, para crear un criterio sólido y fuera de orden. El lloriqueo ausente, prepara a la obra para lo inaudito y para la expresión más concreta y permisible.

 La belleza, se sitúa en todo el trabajo del pintor mexicano. Crea el vínculo primario del miedo del hombre, expresa el complot hacia sí mismo, añade el toque especial a la persuasión humana, indaga sobre el caos existencial, y a partir de los colores recrea escenarios fortuitos  y mueve el sentido del reloj hacia a lo inusual.

 La simbiosis humana, recrea el paraíso mental del pintor, se muestra el detalle más opulento de la vida misma, contraponiéndose el meticuloso dramatismo de siempre, al que se acostumbra ver a la sobrevivencia. Es una mezcla de ansiedad y conmoción humana –vida y reencarnación–, el concepto anima a la verdad que transgrede, que hiere.

 La angustia pura, se remite al abismo entre vida y muerte. Arturo Rivera, reconoce la concupiscencia terrenal y sobre todo, incluye un conjunto de elementos que permiten ser de la obra: La regocijante ira del humano. Todo se recrea, todo se pierde… nada es voluntario.

Alma Torres

El viaje es entre letras y utopías. Estudiante de Economía del IPN. Hagamos de la escritura, la revolución del amor mismo.