La añoranza hilvanada: Punto de Cruz

octubre 3, 2014

Por:

Arte, Extras, teatro

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 Bésame, bésame mucho, como si fuera esta noche la última vez. El tarareo constante. Bésame mucho, que tengo miedo a tenerte, perderte después. La misma canción.  Piensa que tal vez mañana, estaré muy lejos, muy lejos de ti…

 Rebeca es abuela de Sebastián, un (no tan) niño de trece años que queda a su cargo luego de que el padre del pequeño hubiera emigrado a Estados Unidos, y la madre le abandonara.

 Sebastián se apresura a terminar las tareas escolares porque su único afán es salir a jugar fútbol con sus amigos por la tarde. Rebeca prefiere convencerlo de quedarse a cenar juntos, de lavar los trastes y de leer la Biblia con ella porque “algo bueno debe aprender”. Él, pese a su edad —y terquedad— sobrelleva a diario los caprichos de la edad de ella, sus anticuadas creencias, historias repetidas en infinidad de ocasiones e incluso soporta los castigos a la vieja usanza que en ocasiones le son otorgados.

 Condescendencia. Se ocupa en tener en orden su ropa, los trastes de la cocina limpios, administrar correctamente las medicinas a ella, complacer sus voluntades aun cuando parecen desvaríos de los años. Es un desacuerdo constante que se detona por el choque de las costumbres, del modo de vida, de las ideas y concepciones entre el mundo real y la ilusión de lo que fue.

 ¿Realmente llega a ser abrumador el hastío de la rutina? El contagioso desánimo escondido en el día a día, el hábito soporífero, el fastidio de la repetición mecánica de los actos y, en este caso, el manotazo o el jalón de orejas aparentemente oportunos, junto de ti, que anteceden a cualquier muestra de curiosidad, a cualquier cosquillita que desde dentro te empuje a salir del molde. Porque a los trece años nadie piensa en leer la Biblia, ni en querer ser como Job; nadie disimula el bostezo inmediato al escuchar las palabras “es que cuando yo tenía tu edad…”. No se cree en las brujas que chupan el alma, ni en los males del pueblo. A esa edad hay inquietud, valentía y alboroto ante todo; crecen las agallas, a veces a la mala, y se comienza a ser consciente de esa sensación nueva que traen las ganas de querer comerse el mundo. No está el mañana, la ansiedad de vivir es del hoy.

 Pero viene la reflexión al encontrarse en un espejo ajeno y, con ello, el ineludible ejercicio personal de preguntarnos si a la edad actual, hoy, pudiéramos volver atrás a aquellos días y comprender un poco de lo que ahora sabemos para cambiarlo. Premisa abordada en muchas ocasiones, de diversas maneras, y dilema por el que más de uno ha pasado. Hacer o no hacer. Evitar o no. Irse o quedarse. Decir o no decir, incluso. “Y si te digo que te quiero, ¿ya no te mueres?”. Regresar a aquellos regaños que terminan por resultar poco menos insoportables a la distancia, el suéter protector, calientito como un abrazo suyo, y el tarareo, ése, el mismo de siempre.

 Texto que nació como proyecto de un taller de la Royal Court International Playwrights en México hace diez años a manos de Francisco Reyes y que crecía apenas a voz de una lectura dramatizada, es lo que ahora vemos convertido en una sólida pieza teatral conformada por tres capítulos. Punto de Cruz es su nombre, y es protagonizada por la entrañable actriz Concepción Márquez, y por un joven y prometedor Armando Durán quienes, bajo la siempre admirable dirección de Hugo Arrevillaga trabajaron previamente esta pieza durante poco más de dos meses.

 El dinamismo del montaje es manifiesto, como cualidad recurrente del quehacer escénico de Arrevillaga, quien es por demás una de las figuras mejor consolidadas de la dramaturgia contemporánea nacional. Las ocasionales intervenciones en tercera persona del relato como preámbulo de los episodios invita a los presentes a conocer y empaparse de la historia; la escenografía juega un papel clave en ello con una plataforma-escenario construido con piezas de madera que se presta al imaginativo del público, y que permite que las cerca de setenta personas que conforman el aforo se sientan íntimamente involucradas al acontecimiento histriónico.

 El montaje es un relato muy breve en comparación con su intensidad. Es una enternecedora historia que se teje de esa madeja de reminiscencias color azul turquesa. Una caricia al recuerdo y un consuelo al alma. Amor, memoria, legado.

 

ñewif

 

 Punto de Cruz debuta en la cartelera teatral y, aunque precipitado, no parece lejano apostar por que sea su primera temporada de muchas. Se presenta en el Teatro Benito Juárez, parte del circuito de Teatros de la Ciudad de México, los días martes y miércoles a las 20:00 hrs. hasta el 29 de octubre.

Karla M. Ricalde

(Ciudad de México) fue un jueves de la segunda mitad del año de 1992. Licenciatura en Comunicación y Periodismo por la UNAM. Fotografía y especialidad en producción radiofónica, aunque gusta también de la ortografía y la puntuación.