Juan Gelman, múltiplo de tres

enero 21, 2014

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Extras, Literatura

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Al caer, una bomba silba imperceptible. El sonido se tensa hasta formar una cuerda liviana. Un hilo apenas. Cordón mortuorio atado para desatar el cordón de la vida. Así también, inevitables, silban las primeras gotas de lluvia antes de conocer el suelo. De gota en gota, el saco amniótico colma sus paredes hasta abrazar las pulsaciones del feto. ¿Quién escucha el sonido del agua entonces? ¿Quién atiende? El sonido es una linterna mal empleada en la guerra.

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El embrión ha crecido. El vuelo de las palabras y los silencios ahora nos trae dos brazos, dos piernas, dos corazones; el niño se llamará Juan, su apellido es Gelman. Es 3 mayo en Buenos Aires, Argentina. 1930 figura en el calendario. Ahí los tienen, insaciables lectores, una vez más los números nos salen al paso.
Juan es un número. ¿Por qué no? Todos somos un número. Juan fue el tercer hijo de José Gelman y Paulina Burichson, matrimonio judío-ucraniano. Aprendió a leer a los tres años. Sus primeros versos de amor aparecieron cuando contaba ocho y, tres años después, publicó el primer poema en la revista Rojo y Negro. A la puerta, su casa tenía el número 300. Dios no juega a los dados, y de hacerlo, insisto, apostaría al número tres. Ganamos todos.

En 1948, Juan va a la Universidad de Buenos Aires, pero dimite. La química no entiende a la física y del peso molecular se arroja a las aguas de la nueva poesía. El susto se resta con el pan. En 1955 Gelman funda, junto a otros jóvenes camaradas, el grupo El pan duro. La crítica, en seguida, se deshizo los dientes parloteando acerca del dicho, que no del hecho, porque la crítica nunca ha hecho mucho. ¡Chispas! No abusemos del chantaje.
Violín y otras cuestiones fue su primer libro, 1956 es el año. Seis más cuatro suman 66, 1966, año en que Juan comienza su labor periodística en la publicación Confirmado. Ese peldaño lo conduciría a otros puestos: jefe de redacción, secretario de redacción, director, entre otras.

Lazo indisoluble el político y el comunicativo, un año más tarde, en 1967 pasó a formar parte de la organización Fuerzas Arnadas Revolucionarias (FAR), donde llegó a ser secretario de prensa hasta 1979.

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Juan fue exiliado. Su hijo, Marcelo Ariel, y su nuera, María Claudia, fueron secuestrados. La resolución de tan ametrallada situación no llegó nunca. Gelman emprendió una búsqueda meticulosa por el cono sur hasta volverlo una espiral que le diera de vuelta, años más tarde, a su nieta María Macarena Gelman García. El pasado nos mira todo el tiempo.
Todas y cada una de las experiencias del hombre exigen una ruta de evacuación. No para salir despavoridos, sino para recalibrar lo vivido y manifestarlo de forma que fecunde todo a su alrededor para colmarlo, una vez más e incansable, de vida. Con más de 20 libros publicados, entre obra poética y periodística, Gelman halló en las palabras un cálido sendero donde hacer frente al olvido.

Juan lo ganó todo. No sólo el reconocimiento literario. No fueron el Boris Vian, el Mondello, el Juan Rulfo, el Pablo Neruda, el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, o el Premio Cervantes. No. Juan ganó algo más valioso aún. El bardo vivió tan consecuente a sus palabras que hizo cuanto dijo y escribió sin reposo. La fatiga del alma es mayor cuando no se responde a su exigencia: escribe, Juan, escribe. Por abajo, por arriba, deshijándote, Juan, escribe. Buscándote la voz secreta de estar, Juan, contra las órdenes, canta…

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Juan enmudeció su mirar hace seis días. A los 83 años, en Argentina, se declararon tres días de luto nacional. Hoy es 20 de enero. Inicien la operación; cuenten sus dedos.

Las bombas, al caer, silban imperceptibles en el aire. Como imperceptible es el murmullo de un parpadeo antes de nacer, o de morir, o de arder. ¿La causa de muerte? Qué importa. Capital es la causa de vida.
A la sombra de un árbol sin hojas, resplandece el delirio de un hombre. Si atiendes con atención, escucharás el trazo del poema sobre el papel.

 

Contempla el fulgor de las palabras: Juan Gelman aletea todavía.

 

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