Jamás incontables: 5 de noviembre

noviembre 7, 2014

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“Pies, para qué los quiero…” y nuestras voces se convirtieron en alas, crecimos, se supera un duelo infinito. No se sintió ni el calor, mucho menos el frío; se sintió la gente, la “lucha estudiantil”. Ayer, 5 de noviembre, miles de personas y estudiantes marcharon por la justicia, por una respuesta y una mano amiga que calmara el dolor.

 “¿Por qué nos asesinan, si somos la esperanza de América Latina?”, gritaban con una fuerza específica en la voz. Se escuchaba en las voces de nuestros poetas estudiantes, palabras que lograban curar la identidad perdida.

 Lo sucedido en Ayotzinapa ahogó la indiferencia y por fin la venció. Finalmente, el mexicano se dio cuenta que todos somos maestros de nuestra historia, de nuestra familia. Desaparecen maestros, desparecen estudiantes, periodistas, niños, sin pensar que el hambre y la sed no se calma con el olor de la sangre, mucho menos el de la piel quemada.

 No importa que al pueblo le duelan los oídos, hasta el cansancio lo vamos a decir. Como decía nuestro Sabines en aquella carta de amor: “hasta que te cansaras tú de oírlo pero no yo de pronunciarlo”. Cuidado, no es un dolor de agonía, muerte o ausencia, pero sí de consciencia.

 Muerta la democracia, la igualdad y la justicia, encontramos en Ayotzinapa y otros tantos, muerta la vida del hombre en sociedad, como nación.

 El gobierno cometió el gravísimo error de buscar cadáveres, asumiendo ya la muerte; sin embargo, miro noble la necesidad de insistir la búsqueda del mexicano como tal (individuo, ciudadano, obrero, campesino y estudiante). No hay muerte tras la muerte en vida. No han muerto.

No desaparecieron 43, desaparecimos millones. Búscame y te encontrarás…

 Palabras que se han convertido en canciones, poemas que arden, poesía por el pueblo y para el pueblo. Cuando mojes tus labios, amigo, un arrebato me obligará a gritar tu nombre.

América,

no puedo escribir tu nombre sin morirme.

Aunque aprendí de niño,

no me salen derechos los renglones;

a cada sílaba tropiezo con cadáveres,

detrás de cada letra encuentro un hombre ardiendo,

y no puedo ni cerrar la a

porque alguien grita como si se quedara dentro.

 

Vengo del Odio,

vengo del salto mortal de los balazos;

está mi corazón sudando pumas:

sólo oigo el zumbido de la pena.

 

Yo atravesé negras gargantas,

crucé calles de pobreza,

América, te conozco,

yo mismo tendí la cama

donde expiró mi vida vacía.

 

Yo tenía dieciocho años

yo vivía

en un pueblo pequeño,

oyendo el diálogo de musgo de las tardes,

pero pasó mi patria cojeando,

los ahogados empezaron a pedir más agua,

salían de mi boca escarabajos.

Sordo, oscuro, batracio, desterrado,

¡era yo quien humeaba en las cocinas!

 

¡Amargas tierras,

patrias de ceniza,

no me entra el corazón en traje de paloma!

¡Cuando veo la cara de este pueblo

hasta la vida me queda grande!

 

¡Pobre América!

En vano los poetas

deshojan ruiseñores.

No verán tu rostro mientras no se atrevan

a llamarte por tu nombre, ¡América mendiga,

América de los encarcelados,

América de los perseguidos,

América de los parientes pobres!

¡Nadie te verá si no deshacen

este nudo que tengo en la garganta!

— América, no pudo escribir tu nombre sin morirme. Manuel Scorza