Gracias por todo

agosto 13, 2014

Por:

Literatura, Oido, Tacto, Vista

No hay comentarios

Hiciste un juramento. Juraste no delatar que tu maestro era Mago. Recuérdalo. Lo juraste. Lo hiciste antes de ser bautizado por el Concilio. Nada de Mago. Tú, mas no Mago.

 Anoche estabas, estabas ante las puertas que resguardaban a la arquitectura dada por el Concilio, mas no tenías un objetivo. ¿Para qué? Era la primera vez que lo hacías, y sólo había que ejecutar unos ejercicios bastante simples. Había que andar por las calles que el Concilio había trazado específicamente para ti. Pero tú te desviabas e ibas tras ella. No tras tu esposa sino tras ella. ¿La recuerdas? Ella, la de los años de escuela. Ella, la que tiene o tenía un nombre que comienza con la letra L. ibas tras ella y utilizaste lo que te enseño Mago. Desperdiciaste horas de práctica sólo para entrar por la ventana de ella. La ventana del apartamento que le construiste a L.

 Calles antes de llegar a ese apartamento te había bastado con dar un salto y, con brazos y manos, aletear ligeramente unas tres veces para poder en un principio levitar, y luego volar. Al volar, olvidaste las enseñanzas de Mago. Ahora entiendes, ¿por qué tú, mas no Mago? Olvidaste las enseñanzas de Mago, pues al volar no reconociste el norte del sur, ¿verdad, que es diferente a lo que los demás suelen pensar? Los demás únicamente transcurren e imaginan que vuelan, únicamente eso. Únicamente transcurren, especulan. Tú no te puedes permitir eso. El Concilio apostó por ti.

 Anoche volabas, pero olvidaste lo de Mago, lo olvidaste y por eso te dio miedo volar a través de las nubes. Porque los demás únicamente transcurren e imaginan que vuelan a través de las nubes, mas sólo es la adrenalina que en algún momento fluye sin control a través del cuerpo, es la adrenalina la que les hace creer que vuelan, y que vuelan a través de las nubes.

 Llegaste hasta la ventana del apartamento que le construiste a L, la abriste con cuidado, fuiste hasta su cama, descorriste el fleco que le caía sobre la frente, posaste un beso tibio sobre ésta y luego te sentaste sobre el borde de su cama; ella, aún dormida, extendió su brazo y entrego su mano a la tuya. Lloraste, llorabas. Había algo en el sueño de L, algo que la perturbaba. Tú te preguntabas qué soñaba.

 —Sueña a algunos de los líderes del Concilio dijo un hombre con traje negro y gafas doradas salido de la oscuridad del apartamento que le construiste a L. Luego el hombre sonrió maliciosamente, se acercó a la ventana por donde antes habías entrado tú, te dio las gracias y saltó.

 Habías echado todo a perder. En el sueño de L escondiste las identidades de algunos líderes del Concilio y ahora Ellos las conocían. Entiendes, ¿por qué tú, mas no Mago?

 Vuelves a posar un beso tibio sobre la frente de L pues quizá sea la última vez que la veas, mas, al hacerlo te das cuenta que la que duerme ya no es L, sino tu esposa. Te arrepientes del beso mientras te acercas a la ventana y saltas a través de ella y vuelas. Toda la ciudad que el Concilio construyó, específicamente para ti, ahora arde. Vuelas a través de nubes negras. Vuelas a través del alma del fuego, buscando a un hombre con traje negro y gafas doradas. La ciudad arde y el despertador suena.

 Anoche soñabas con el fuego que vuela, con el fuego que corría presuroso hacia arriba queriendo ser cielo. Anoche soñabas con luciérnagas que reventaban y al hacerlo sus restos ardían, sus muertes de fuego, luego, sus fantasmas negros. Luciérnagas-nubes de fuego, sus fantasmas negros-humo traicionero. Anoche soñabas con fuego y al despertar tu esposa posó un beso tibio sobre tu frente, luego salió de la cama y se dirigió hacia la cocina.

 Estás decepcionado y no querrás ir hoy hacia lo del Concilio, porque Mago no te dirigirá la palabra, ni siquiera la mirada. Anudas tu corbata. Anoche soñabas que volabas. No era un sueño cualquiera, era una práctica constituida por ejercicios simples. Vas a volar, eso sí, lo harás sin necesidad de aviones, sin necesidad de aparatos. Vas a volar, sólo no vuelvas a desobedecer a Mago. Vas a volar porque el Concilio necesita que lo hagas, no en un sueño, sino durante el día, durante el tiempo de vigilia. Anoche soñabas y tu esposa hace huevos mientras tú lustras tus zapatos. Tocan la puerta de tu casa y tu esposa abre.

¿Vive aquí Sila Govea? pregunta alguien.

Sí, es mi esposo responde tu esposa mientras llegas a la puerta.

¿Tú eres Sila Govea? se dirige a ti un hombre con traje negro y gafas doradas.

Entonces recuerdas que anoche soñabas y que no puedes decir nada sobre Mago.

Sí, soy yo respondes.

Sila Govea, queda usted detenido dice el hombre, que en ese momento llama a otros dos, y estos te apresan mientras tu esposa grita por qué y llora totalmente aterrada.

 Te apresan y te meten dentro de un Corsar negro modelo 91. Miras, a través de la ventanilla, a tu esposa que está sobre el suelo, llorando desesperada, sin saber qué hacer. Hoy, sin duda alguna, no irás a lo del Concilio y Ellos, los que te llevan apresado a un lugar desconocido, los que te llevan dentro de un Corsar negro modelo 91, no te dejarán dormir pues podrías alertar a los del Concilio; y ahora que Ellos conocen las identidades de algunos de sus miembros más prominentes, te torturarán hasta que les entregues las de los demás, ubicaciones, así como sus planes, estrategias y próximas reuniones.

 Hiciste un juramento. Juraste no delatar que tu maestro era Mago. Recuérdalo. Lo juraste. Lo hiciste antes de ser bautizado por el Concilio. Nada de Mago. Tú, mas no Mago.

 Y anoche soñabas con el fuego que vuela, con el fuego que corría presuroso hacia arriba queriendo ser cielo. Anoche soñabas con luciérnagas que reventaban y al hacerlo sus restos ardían, sus muertes de fuego, luego, sus fantasmas negros. Luciérnagas-nubes de fuego, sus fantasmas negros-humo traicionero. Anoche soñabas con fuego y al despertar tu esposa posó un beso tibio sobre tu frente.

 Anoche soñabas que volabas, pero Ellos te han apresado y te llevan mientras tu esposa continua sobre el suelo, llorando desesperada, sin saber qué hacer, mientras los huevos que ella hacía para ti se queman sobre la sartén.

El buen adiós

Chulavista

Somos una plataforma multimedia que vincula proyectos productivos y participación ciudadana en la solución de problemas públicos. Arte y Cultura para cambiar nuestro entorno.