Gestar el limbo personal

marzo 9, 2015

Por:

Arte, Críticas, teatro, Vista

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“Una palabra nos libra de todo el dolor y el peso de la vida: Amor”

Sófocles

 Hay algo especial cuando  se menciona a Gaby Muñoz si el tema a tratar es técnica Clown. Quienes han visto ya su obra Perhaps, Perhaps, Quizás…, entenderán que es una de las exponentes el género más importantes de la actualidad y orgullosamente mexicana, por lo cual es de esperarse –cómo confieso es mi caso- la simple idea de verla de nuevo en otro montaje emociona y de ahí la locura de poder asistir a el Teatro Milán de Viernes a Domingo a su segunda producción, Limbo.1964973_786793311406829_8880172671767923920_n

 La paciente Greta Merengue aguarda en la cama de un hospital. Hay un problema con su corazón, es notorio, empero, el cansancio de batallar contra su propia respiración la rinde. Más ante  su búsqueda de conciliar el sueño la aparición de un extraño personaje interrumpe su  estado, podría ser su sanador. Así, el peculiar sujeto la conduce a través de su propia realidad distorsionada para localizar en el limbo de su mente a aquellos elementos que la han orillado a depender de ese espacio para estabilizar su vida. Greta está suspendida en un viaje del cual necesitaría despertar o asumir las consecuencias de la adaptación.

 Lo que Gabriela Muñoz construye en esta nueva propuesta se siente no solo personal, sino franco a través una capacidad inventiva sensacional que deja realmente estupefacto a quien se acerca. Este el punto álgido y maduro dentro de la carrera de la actriz, la coronación tras conquistar el alma y corazón de su público, ahora viene directo hacia las mentes del mismo para hacerlas volar.

 Diversos cuadros en los que la creadora transporta e hila conectores de una enfermedad que avanza con un firme y fatídico propósito se unifican para crear imágenes poéticas totalmente transgresoras, cargadas de una fuerza avasalladora en su significación, manejándose con tanta delicadez como postura que hacen ahínco a un surgimiento de autenticidad empeñada en el entendimiento colectivo.

 Esta obra se acerca a todo aquel que haya pasado por una experiencia  de desosiego, la desesperanza que puede llegar a causar el entorno se ve reflejada dentro de una lluvia de radiografías o un árbol del cual provienen soportes para caminar. El discurso planteado no solo es inteligente, sino que reclama atención plena a cada componente.

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 La autora busca retratar en cada movimiento escénico la valía y provecho para con cada uno de sus actos simples y complejos, desde respirar a compartir, agradece a la vida al tiempo que exhorta a involucrarse en ella, Muñoz elimina cualquier cuarta pared con la sutileza de su trazo firme  o un simple sonido emitido por su mudo personaje en búsqueda de transmitir un grito de guerra para disfrutar y despertar a la vida. Planea mostrarnos la desesperación de vivir flotando cuando se pueden alcanzar más cosas partiendo desde el suelo, teniendo los pies bien plantados. No sólo lo logra, provoca una experiencia sensorial y psicológica tan profunda que envuelve a toda la sala.

 Un verdadero acto de comunión, dónde el magnífico diseño de escenográfico y de iluminación que propone Ingrid SAC devela un viaje por demás fantástico, creando planos entre espacios llenos de todo y a la vez vacíos, entendiendo que la gran carga para que el mensaje se transmita recae en la siempre genial interpretación de Muñoz, quien en esta ocasión convoca al músico Ernesto García para interpretar en escena a su guía, alcanzando una mancuerna idónea.

 Sin duda un gran acierto y pieza clave será la música de Marian Ruzzi, dentro del diseño de Salvador Félix. Cada instrumento en su propio acorde entra con precisión y dirección absoluta en los sentimientos que ilustra. La música reacciona con el ritmo de la trama, toma su tiempo, evoluciona y acciona respuestas emocionales muy fuertes, vibraciones absolutas terminadas en luz, precisamente la luz que señala el camino hacia la aceptación. Dicen que la vida sin música sería un error, vivir esta puesta sin dicho elemento hubiese sido fatal.

 No puede haber más que loas hacia el trabajo en equipo que se realiza para dar alma a esta composición teatral. Dentro de este baile uno no solo se vuelve espectador, sino danzante entre la vida. La muerte y la verdad misma. Nadie sabe con certeza quien es o que busca en la vida, esta obra invita a tomar el riesgo de descubrirlo, reaccionar a pesar del dolor, transformarlo y aceptarlo, pero no dejarse abatir. Venimos al mundo a aprender y disfrutar, no a evitar hacerlo.

 Limbo es una inquietante puesta escénica que sabe generar un concepto y una experiencia a su audiencia, reflejando en el valor del boleto la calidad de la misma producción.

 Como seres humanos que somos, no podemos evitar sufrir, o ver sufrir a quien amamos, sin embargo, por más que nuestro corazón pueda desangrar debe existir la fuerza de reaccionar hacia adelante y no en retroceso. El equipo de Limbo goza de elementos que señalan la fragilidad de la humanidad junto a su fuerza interior. Impactarse y conmoverse hasta las lágrimas es lo de menos,  cuando se habla con el alma, cada palabra se llena de gloria.

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Saúl Campos

Comunicólogo, apasionado del arte y la información. Adicto al teatro.