Gaarder conoce a Shakespeare o viceversa

mayo 14, 2014

Por:

Arte, teatro, Vista

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¿Si el cerebro del ser humano fuera tan sencillo que lo pudiéramos entender, entonces seríamos tan estúpidos que tampoco lo entenderíamos?
Joestein Gaarder

Entre las grandes obras de William Shakespeare se encuentra una tragedia situada en Verona, Romeo y Julieta; junto a un romance tardío ubicado en el asilamiento de una isla desierta. La Tempestad. Ambas obras convergen en el patrón de personajes románticos con ambiciones y sueños truncados por la maniobra del destino a un fin mejor o equivalente a sus propias intenciones. No es ningún spoiler que al final de Romeo y Julieta la muerte alcanza a ambos para que al menos junto a ella puedan vivir libremente su amor, ni que en La Tempestad, el mago Próspero  termina renunciando a su magia por el amor a su hija. Pero ¿y si la historia hubiese acabado de otra forma?, la visión toma forma en el Teatro El Galeón del Centro Cultural del Bosque.

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  José Sanchis Sinesterra (El lector por horas, El cerco de Leningrado) toma el marco Shakesperiano de tomar títulos predecesores para generar uno nuevo, así que sustrae a Próspero y a Julieta de sus respectivas historias para jugar con ellos al último capítulo de El Mundo De Sofía de Joestein Gaader.

 Próspero se encuentra conjurando a las tempestades en un ciclo aparentemente sin fin, su libro no ha terminado, Miranda sigue a su lado; al mismo tiempo, Julieta lleva 20 años encerrada en las criptas de Verona dada su fallida muerte, viendo la vida pasar junto al cadáver de su amado estacionado en la juventud, pero a ella la edad si ha pasado encima. Entonces un día los dos se encuentran, y comienzan a darse cuenta que siempre han estado ahí, en el mismo espacio, pero separados por una categoría quizás, sólo que nunca habían podido verse realmente al creerse fantasmas ajenos.

  Ambos personajes, manteniendo su línea shakesperiana, se muestran como  seres con añoranza de encontrar la estabilidad en sus vidas, cumplir sus objetivos. Los dos reniegan la posición que el destino les ha dado en el presente, más los dos piensan que hay algo más allá de los universos que comparten, ambos podrán descubrir de que se trata al reflexionar juntos y recordando sus historias.

 ¿Por qué la asociación a Gaader?, porque justo como él hace en  El Mundo De Sofía, Sanchis Sinesterra propone enfrentar a dos personajes  en directo a su creador, poniendo en la mesa la posibilidad de abandonar su plano para integrarse en forma espiritual al del ser que les ha dado vida y los ha colocado en tales infortunios.  Se burla de sus absurdos y de su prisa por vivir mediante un discurso circular que entrevé la locura sujeta a ambos caracteres, todo bajo un lenguaje isabelino mezclando en el coloquial contemporáneo.

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 Ignacio Flores de la Lama dirige esta fantasía cómica, poniendo a los personajes sobre un armatoste escenográfico a base de madera que emula cajones, muebles, puertas, escalera y demás elementos sin relación aparente pero en un orden estratégico, todo esto representando la mente del Bardo. Es ahí donde el director propone acercar la reflexión de la verdadera propiedad y validez de los actos que una persona toma en su vida a juzgar por la sombra del designio superior que así lo quiso primero. Un acercamiento incluso muy leve a la cuestión de autenticidad del libre albedrío y sus teorías a favor y en contra.

 Shakespeare es una excusa para imaginar el interior de cualquier persona expuesto a los mandatos de la superioridad que rige al universo y la forma de poder escapar a la orden y construir el propio camino.

 Ausencio Cruz y Daniela Zavala encarnan a los desdichados personajes con una actuación justa y digna. Bajo la batuta de De La Lama, construyen seres si bien sujetos de raíz al ingenio del escritor inglés, cercanos a la realidad de un ser humano de la misma edad que representan y con las mismas limitantes, sin olvidar el sentido de la fantasía. Resultando dos actuaciones que son cercanas y disfrutables, que corren sin tropiezos con la trama e interactúan con gran naturalidad.

 Este desolado páramo, dónde los dos seres unen su desolación para aborrecer sus infames realidades, tiene dos puntos de quiebre: el pausado ritmo que puede llegar a perder la conexión con la audiencia y la iluminación. Esta última bastante simple y que si bien tiene muy buenos momentos, expone en su totalidad el espacio en general y desaprovecha los puntos de atracción fuertes a los elementos destacables. Otro elemento en tela de juicio podría ser el diseño del vestuario, el cual se aleja (en especial con Julieta) del contexto de los personajes y los muestra impecables y radiantes, contradictoria situación al resto de la puesta.

 La puesta en general es altamente disfrutable y recomendable, además logra generar el punto de reflexión en la audiencia y salvar la comicidad isabelina. Sin embargo insisto, para los que podemos relacionarla directamente a la obra de Gaarder no se sentirá tan auténtica, aunque no permeará en el gozo.

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Saúl Campos

Comunicólogo, apasionado del arte y la información. Adicto al teatro.