Fragmentos: Efraín Huerta

septiembre 18, 2014

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Arte, Extras, Literatura, Notas, Random, Vista

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La ausente

 Arriba del silencio,

con la luz en declive,

mi retrato de niebla.

Puramente un clavel

y una gladiola. Y tú,

dominadora de ti misma,

aguja en mi cerebro,

síntesis de mi edad.

La meditación diaria,

como una resbaladiza

palabra de ternura,

se me clava en el pecho:

seguramente oye

la rapidez absurda de mi sangre

o el fin de tu recuerdo

sobre mi piel. Arriba,

donde las palabras se vuelven

pedazos de cielo, un algo

de mi muerte se siente.

Tiniebla tibia, dibujo

de mi voz.

Después de la agonía, viene la muerte.

Estoy donde no hay palabras, sólo miradas y caricias convertidas, aire y humedad; no hay necesidad de la palabra. Me veo en sueños sin poder definirme.

Nosotros, formas puras. Soy de ti lo que quieras.

Tú, enterrada viva en mis pensamientos; respiras de mi, eres lo que soy, eres lo que fui. Yo soy tú.

La contemplación. Miradas de amor fugaces, pero constantes; disponen de mi pecho para así, recorrer todo el cuerpo junto a mi sangre, viva a razón tuya.

Mi piel descansa de tu recuerdo porque estás aquí, reposa de la indigna evocación.

Es en aquel elevado lugar, donde el amante entiende todo mientras acepta el anuncio de una muerte.

El calor de tu boca; eres lo que digo.

 

Permiso para el amor

Se permite que los amantes se arrullen

y aprisionen las abejitas que la brisa decapitó

Junto al hecho concreto llamado Amor

las columnas de mármol son barcos de musgo

y el malecón un diminuto tálamo

Las bocas y los cuerpos de agua se arrullan

como arpas en el triunfo de los himnos

Se permite que las criaturas se huelan

hasta semejar hormigas furiosas

amándose a nivel de fabulosos caballos

y que esta noche sea de resurrecciones

y lo impúdico sea echado a los albañales

Puros y delicados como un salmo

los amantes se encadenan en silencio

pero el griterío sexual se escucha hasta El Morro

y yo me tapo los oídos porque no es bueno

turbar la paz deslumbrante de los enfermos

Hacer el amor no concibe una conexión con el otro; en realidad, hacer el amor es pues, encontrarse frente al amor mismo. Amor sin concepto, como “hecho concreto”, como idea y razón, episodio, como una vida entera (justificando así la inexistencia de un viejo enamorado).

El erotismo para los amantes verdaderos desemboca en un quimérico viaje de nacimiento y muerte. Marea inestable, agonía. Donde en un principio se confluye en cama y ese fin sólo marca el inicio.

Lo que no se ha dicho mas que con besos y caricias, se sienten húmedas, traspasables, de cristal. Ellos hacen de aquella pronunciación una armonía en coro de dos, con sus variaciones, sus pausas, tonos y correspondencia.

Son estos, convertidos en animales y luego en bestias, los que olfatean zumbidos seguidos del vapor de la materia frotándose. Se vuelve a la vida el agua, y se vuelve al deceso para poder regresar una vez más.

Entre los dos se niega lo reprimido.

Los amantes elogiados, sometidos uno al otro, se hacen dignos de un propia canto; empero, es para el ajeno forastero, un quejido de dudable procedencia, pues se sabe que los enamorados hacen del sexo un indicio del amor. Fatal manifestación.