Por: Hernán Flores

 

Como en algunos otros temas –por ejemplo, la tecnología– en el lenguaje encontramos uno de los más vastos campos de exploración de esta época.

A pesar de que, por una parte, tenemos delante nuestro un momento de dudas y balbuceos ininteligibles en la gramática, la ortografía y el vocabulario (principalmente insertados en la lengua por los jóvenes y las nuevas tendencias que ésta modernidad ha albergado, como el Reggaeton con sus bellacas y su mona, las conversaciones virtuales entre usuarios de sitios web con sus abreviaciones que parecen ser no más que intentos de onomatopeyas salvajes, eructos lingüísticos, o incluso tal vez, un clásico, los emoticonos en las salas de chat que no hacen más que condensar en pequeñas bolas amarillas hasta una o dos centurias de palabras.) aún se tienen algunas esperanzas.

Hace un par de meses, exactamente el viernes 22 de Junio de 2012, el secretario de la Real Academia Española, Darío Villanueva, dio a conocer a través de la cuenta oficial de Twitter de la Academia (@RAEinforma), que dentro de las 1,697 palabras, que a partir del otoño de 2014 serán agregadas a la versión física de la vigésima segunda edición del diccionario, podremos encontrar adiciones como “tuitear”, “chatear”, “bloguero(a)”, términos como “tableta electrónica”, “USB” o “SMS” entre algunas otras. Además, y esto vale la pena recalcarlo, después de muchas sugerencias recibidas a través de distintos medios, se modificó el significado de matrimonio, anclando a él una nueva acepción después de la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo en distintas partes del globo.

Lo cual nos pone a pensar: ¿Qué camino toma la lengua a partir de ahora? ¿Es esto una evolución o un retroceso? ¿Qué tanto más hay que descubrir acerca de ella? ¿Estamos dando pie al consumismo lingüístico? ¿Estamos perdiendo formalidad y acreditando cada vez más adiciones efímeras?

El ser humano es imprescindible para el desarrollo de la lengua y viceversa. Los puentes tendidos entre ambos son los cimientos de nuestra civilización y la modernidad es consecuencia de nosotros mismos.

El lenguaje se comporta como algo con vida: se adapta al medio en que vive ahora, y con esto me refiero a la era de los fenómenos sociales como Twitter o Facebook. A pesar de que ahí podemos encontrar toda clase de atrocidades y descuartizamientos, en todos los aspectos de la lengua, en éste momento ella misma se alimenta de lo efímero, para lograr, con suerte, que esto marque pauta y con un poco más de tiempo, lograr dar la vuelta a la hoja y descubrir qué más tiene que ofrecernos nuestra lengua.

Nuestra misión es redescubrir nuestro idioma, actuar más, nombrar más, querer y tener más. Nadie salvo nosotros, humanos (a menos que haya sido descubierta otra forma de vida que alburee de la misma manera que nosotros), tenemos la única encomienda de echarla a andar, de darle palmaditas en la espalda, de escupirla, de destruirla y reconstruirla, de verla renacer y cargarla en brazos, de sepultarla y atesorarla en la memoria.

Debemos saber que todo es posible, incluso mutar. Mutar, mutar, mutar, tal vez sea lo único que nos falta, simplemente mutar. A mí no me parece tan difícil.

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