Los colores del tamale

Por Ana Maraí Jiménez López- Artificial Radio

Una muestra de que la gastronomía cambia sin perder esencia

De mole rojo o verde, de rajas, de cerdo, de crema, y de pollo, son algunos de los tamales que he probado en Puebla, uno de los platillos más ricos y tradicionales que podemos disfrutar en México. Aunque, sin duda, los mejores que he comido son los que hace mi abuela entre el calor del mar y el paso a la Sierra, allá donde caliente todo sabe mejor, en Xochistlahuaca Costa Chica de Guerrero.

En esta región, no solamente la comida, también la música, los bailes y las fiestas, se vuelven gusto antes que entretenimiento; todo se hace por amor y no por comercio. El cariño a la tierra y a las raíces es algo que no se olvida, es lo que nos hace parte de este territorio, y da identidad a nuestra raza indígena.

La gastronomía mexicana es única, la singularidad de sus colores y sabores varían en cada estado y en cada una de sus regiones, haciendo un paladar cada vez más exigente, volviéndolo crítico, como el espectador al momento de ver una obra de teatro.

Cuando probamos un platillo de algún otro estado, le buscamos todos los detalles en sabores para desacreditarlo diciendo que “en nuestra tierra se cocina mejor” o con otro sazón y no estamos contentos hasta que ese último granito de sal le pone el toque necesario para sentirnos satisfechos.

Otra de las modalidades en las que se pueden apreciar las tradiciones indígenas es a través de las danzas, si se venera a un santo o se tiene alguna petición a la madre tierra, se  realizan comparsas a modo de ritual que son tan disfrutadas como el sabor de un tamale de cuco o frijol, de chipile o chípil, que se elaboran solamente en algunas zonas rurales del país y aunque tienen un procedimiento sencillo dejan mucho para degustar.

Un tamale de carne cruda, denominado así en la región amuzga de Guerrero —porque todos sus ingredientes se cuecen hasta el momento de vaporizarlos—, es lo más delicioso que alguien puede probar. Aquí se pueden encontrar los sutiles trabajos indígenas acompañados de la alegría del mestizaje, misma que podemos observar en la Danza del Toro de Petate festejada en Costa Chica, con muchas influencias afroamericanas, o la Danza de los Tecuanes, festejada en la Mixteca Poblana con la influencia de los conquistadores, y que aún así, no deja de ser autóctona. El mestizaje da alegría a los tamales como a estas danzas, pero no olvidemos que la raíz siempre será lo fundamental, así como la hierbasanta le da el particular sazón a los mencionados tamales de carne cruda.

En Puebla, probar los ricos tamales del Parián, con sus nuevos sabores, es una muestra de que México es cada vez más colorido, pues ya no sólo encontramos sabores heredados por nuestros abuelos, ahora disfrutamos de innovadores sabores —sin dejar a un lado el ingenio mexicano— como los de chocolate, limón, piña, fresa e higo; al igual que las artes contemporáneas, que si no llevan algo de lo nuestro simplemente no son atractivas.

Los nuevos sabores del tamale son como esos ritmos y colores vanguardistas que agregamos a las artes para hacerlas más vistosas, aunque a veces no les haga falta ese último granito de sal o esa pincelada, sin embargo esto es un ejemplo de que hasta en lo más tradicional puede haber variedad e innovación.

Conservar nuestra identidad, sin necesidad de decir “no” a los cambios, es tarea difícil, pero no imposible, pues se adaptan sin perder esos ingredientes básicos. Nuestra nación morena es como la hoja de plátano o el totomoxtle —hoja del elote— que envuelve  al tamale y que integra nuevos sabores sin que por ello cambie la masa del maíz, indispensable para su hechura.

tamales-salvadorec3b1os

Regresar al inicio
WP2Social Auto Publish Powered By : XYZScripts.com