Por Hernán Flores

[Jueves 25 de Octubre 2012]

 

3:00 p.m. ¿Se lo pido o no se lo pido?, discutía en mi mente mientras pensaba pedirle un trago de agua al chico de al lado. Pero qué condenada resaca me cargo: síntomas de una noche más que blandimos como un sable en llamas. Esta vez el metro iba más bien vacío, yo leía con comodidad mis Cuentos Completos de Capote y no me preocupaba por nada más que yo y mi ego. Con una que otra turbulencia y amarres de frenos, llego mi vagón hasta a la estación de Zócalo donde me repetía sin cesar que éste sí que sería un buen día. Jamás lo sería y yo lo sabía muy bien, sin embargo no perdía nada con intentarlo, o al menos eso creía.

 

3:30 p.m. “1) No usar condón te ahorra una lanérrima. Neta. Para que se den una idea, con esa lana ahorrada ayer fuimos (la mujer que amo y yo) a comer a Los Mercaderes, ese restaurante sostenido por cuatro Atlantes en la calle cinco de mayo.” fue lo único que escuché. Mi atención ya estaba dominada por sus palabras, no sé si porque era lo que más o lo que menos quería escuchar, pero de la manera que fuera, decidí sentarme y poner atención, obviamente. Uno no puede irse así como así después de escuchar esas palabras. Gerardo Díaz leía un fragmento del comienzo del onceavo número de la revista “Los Bastardos de la Uva”. Después de una lectura ligeramente torpe explicó que “éste fue un proyecto que nació en una cantina, junto con unas buenas caguamas y un plato con cacahuates picantes y salados.” Decía que ésta, su revista, era un verdadero logro y un bote que estaba saliendo muy bien a flote. Que publicaban bimestralmente y que éste era ya su número 11, que esperaban publicar muchos más. En las manos de Ricardo Lugo Viñas, se encontraba una tablet donde él leía una carta mandada por un poeta reconocido y que clamaba, exigía ser publicado por su revista. Ego. “No hay que vulgarizar el acto de robar libros” decía Gerardo, cosa que yo le celebré hasta el cansancio y la comezón característica después de aplaudir sin parar durante un rato. Decidí comprar un par de números y aunque no pensaba gastar más de 50 pesos, encontré una revelación: “Mariana con M de música” era su título. Curiosa coincidencia, (¿era ésta una coincidencia?) un día antes había querido desangrar ese nombre hasta la muerte, sin piedad y sin calma. Hoy lo volvía a poder pronunciar, podía leerlo de nuevo sin morderme los labios y apretar los puños. Compré un número y el libro. Esperaba que hubiera sido una buena inversión.

 

4:00 p.m. Con mis dos nuevas adquisiciones en mano decidí ir a trabajar más, a buscar algo atractivo. No tuve que buscar demasiado, enseguida que salí del “Café Literario” encontré el “Foro Carlos Fuentes” donde estaba a punto de comenzar un homenaje luctuoso a Alí Chumacero, el segundo. Me fumé un cigarro mientras preparaban todo. Dio comienzo el homenaje que bueno, más que un homenaje me pareció un taller de exposición a todas luces. Sí, hablaban de Alí y decían los grandes hallazgos que hizo, de las 25 lecturas que hizo de “La Picardía Mexicana”, que después de recibir un gran premio gordo donó toda la plata a la que era acreedor a los jóvenes invidentes, que gracias a él comenzó a forjarse, que le encantaba decir una que otra frase, por ejemplo: “Más vale pájaro en mano que SIDA en el ano.” O “de tanto darle y darle aunque sea quesito sale.” Lo que en verdad me sorprendió fue la lectura de Melquiades Sánchez Orozco que seguramente nadie lo sabe, pero es ese señor que anuncia las alineaciones del América cuando juega en el Estadio Azteca o ruega por información de los desaparecidos intermitentemente en canal 5. Su voz de gigante retumbó en el foro con una lectura sin muletillas, sin tropezones ni palabras atoradas. Una muy buena lectura. Sentí nostalgia y dejé a todos los participantes en la “barra de luto” seguir explayando su ego sin restricciones.

 

5:30 p.m. “Qué lugar tan bonito, aquí es cuando me doy cuenta de cuánto me hace falta por conocer de mi ciudad.” me decía a mí mismo mientras subía por el elevador para llegar a la sala donde me esperaban Héctor y Daniel, un par de poetas amigos míos. Llegué ligeramente tarde, justo acababa de comenzar la presentación de cada uno de ellos. Eran tres, Valeria Guzmán, una chica rusa/peruana lindísima, repleta de esa ternura andina y embellecida con las facciones características de su patria del otro continente, David Majano e Iván Cruz Osorio. Saludé a Héctor con una palmada muy leve para no hacer tanto ruido y a Daniel con un cordial apretón de manos. Comenzó la lectura. Al momento que comenzó a leer la chica no podía creerlo, pensé que por su hermosura leería una poesía bella hasta las lágrimas, pero no, recitó unos cuantos poemas con manos temblorosas mientras los camarógrafos intentaban dar con su perfil más estético. David, el guatemalteco, leyó una poesía muy bonita, un gran poema de largo aliento que tuvo que ser truncado por su autor por malestares de garganta. Después Iván no se quedó atrás, dijo algo así como “subámonos a un tanque de guerra, donde no encontraremos ningún reloj para que podamos disparar la muerte a todas horas.” con lo cual me dejó con la piel vuelta por el revés y con la mirada estática sobre su frente. Lástima que no hubiera más de diez personas escuchándolo.

 

6:00 p.m. Es hora de volver a “Las Escaleras”, la vecindad donde nos juntamos ayer a beber caguamas. Es hora de hablar de poesía un rato y después volver a casa. Al fin a casa. O bueno, al menos eso espero.

Originally posted 2012-11-04 12:30:50. Republished by Blog Post Promoter

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