Entre la pistola, el violín y los demonios

julio 14, 2014

Por:

Arte, teatro, Vista

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Las ideas no son responsables de lo que los hombres hacen de ellas.

Werner Karl Heisenberg

El Foro Shakespeare abre puertas en sus martes a Sturm Ruger, obra original y dirección de Josué Almanza. Es complicado, por un lado me alegra a sobre manera encontrarme con autores/ directores de teatro nuevos pues refrescan el panorama y muchos vienen con ideas fenomenales e invitantes, pero no siempre pasa así, a veces se generan productos con los que uno dice: “No está del todo bien, pero es su primera obra” y al instante cancelamos este amparo con la racionalidad justa acerca de si el resultado inicial mediocre podrá deslindarse a futuro y justificar su naturaleza. He aquí una confesión acerca de una situación similar y cercana a mi parecer.

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 Honestamente no tenía idea de que Sturm, Ruger fuera una compañía de armas de fuego, en gran parte quizás por mi lejanía al tema. Pero el nombre me llamó la atención junto a dos de los actores anunciados en cartel, Amanda Schmelz y Christian Diez, puesto que tenía fresca la experiencia de Simulacro de Idilio (en la que Schmelz participaba) y Quisiera ser un rockstar (original de Diez, que recordaba en su temporada en el Teatro La Capilla) así que me adentré esperando lo mejor.

 La obra da la bienvenida con un ensamble de seres fácilmente confundibles con bestias o demonios que al ritmo de un violín desafinado se retuercen, carcajean, danzan y gritan alrededor de un cuerpo frágil al centro de ellos, la estampa es netamente fascinante y el primer gancho hace contacto con el espectador. Tras esto la historia va acerca de Sam, una adolescente que vive con sus padres (distanciados gracias a la infidelidad) en algún pueblo con un pasado que hiere y se presenta en cada momento. Vera, la madre infiel, Walter, el padre actor de comerciales y papeles secundarios. El fracaso es el panorama para juntar los cristales rotos del espejo de la realidad.

 El texto de Almanza de conduce con desdobles interesantes, permite exteriorizar el sentir de cada personaje en su subconsciente para poder lograr un análisis más detallado de cada uno y en su dirección ejecuta dicho elemento mediante la violencia explícita, coreografiada a juego con la iluminación, que separa la realidad del imaginario. Todo pinta muy bien hasta aquí, pero lamentablemente parece ser que dicho elemento no pudo resolverse en otra forma cada que hace intervención. He aquí que al cuarto grito uno ya siente que ha sido demasiado y que dejó de tener justificación.

 Lo que al principio invita a una reflexión acerca del modelo familiar sustentado en una sociedad violenta que prácticamente pone un arma en la mano de cada uno de sus habitantes, pasa a segundo plano para comenzar a soltar clichés a diestra y siniestra: la adolescente incomprendida y de comportamiento antisocial, la madre con problemas para criar a su hija y además infiel, el padre fracasado y tal vez principal víctima de la ingratitud de su familia, la violencia, la paternidad (en amplio espectro), la estabilidad mental, el noviazgo juvenil. Todos y cada uno de los temas que hemos visto de mil y un formas, ejecutados sobre lugares comunes y vacíos al final.

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 A este punto me detengo a pensar en la propuesta: la trama gira en torno a un crimen ejecutado en el pasado y que ha sido sombra de la familia en cuestión, pero dicha sombra afecta en su radio de dispersión a más habitantes. Si bien el director se preocupa por mostrar las conexiones de maneras ingeniosas y propositivas, haciendo gala de un despliegue de intervenciones de iluminación y escenográficas (obra de Arnoldo Alemán) con alta calidad, pareciera que se desvive en esta atención y deja en la soledad los aspectos positivos de la narrativa de su libreto para lucir más el cuadro y no perder foco.

 Tal vez lo que más me preocupó y en lo personal disgustó de esta puesta en escena es definitivamente el reparto, y es que solo hay dos personas en el mismo plano: Amanda Schmelz y Christian Diez (vaya ironía ¿no?), de ahí en adelante Regina Flores Ribot, Rocío Ramírez Suárez y Raúl Rodríguez de la Peña se conducen con los personajes principales denotando la falta de trabajo de construcción que hay. Cada quien corre a su ritmo, tono y forma, dando como resultado un mix heterogéneo de actuaciones que vacilan entre lo plano y lo inverosímil a lo largo de dos horas (con todo e intermedio) que bien pudieron resumirse con una visión más poética en el trazo que aunque ágil es sinuoso.

 Ni en el intermedio o al final de la obra uno no sabe que esperar o cómo reaccionar. El discurso de la violencia social se opaca al nivel que nadie entiende que buscaba el director además de marear a la audiencia y hacer creer a toda costa que es una gran obra gracias a la lista de elementos que explota. Schmelz y Diez son los dos únicos motivos interesantes para ver la puesta ya que sus intervenciones son en verdad magistrales, limpias y ubicadas, pero al final da tristeza notar lo desaprovechados que ambos están, tal vez hasta incómodos, pero profesionales.

 Véala si se atreve, juzgue y aquí nos leemos.

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Saúl Campos

Comunicólogo, apasionado del arte y la información. Adicto al teatro.