Entre el conejo y el diablo

junio 27, 2014

Por:

Arte, teatro, Vista

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Y entonces, triste, pero firme, perdóname, te ofreceré una vida ya sin demonio ni alucinaciones.

José Hierro

María mira a través de la ventana como Alicia hiciera a través del espejo, siguiendo el modelo se introduce en lo que espera detrás y de pronto se ve de nuevo en un lugar que le es familiar, dónde empieza a hilar fragmentos de la vida que dejó atrás junto a la que le espera. Para el personaje de Lewis Carrol ese sitio era el País de las maravillas, para María será su mente.

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 La Caja Fuerte del Foro Shakespeare entrega un producto de calidad escrito por Don Nigro, que lleva por título Una historia del diablo. María, protagonista de esta obra, es una joven violinista que comenzó una relación formal con su director de orquesta, pese al amor una idea se le ha metido en la cabeza: su novio le engaña. Así que se propone encontrar a la amante a como dé lugar, sin darse cuenta que en la búsqueda encontrará más cosas que la evidencien a ella misma en su situación actual que a la traición de su pareja.

 Cuando comienza la historia, los planos se rompen por completo, el sistema de la sala se altera, no solo la actriz está a distancia mínima de uno, su historia se vuelve nuestra, somos cómplices. Don Nigro nos narra una búsqueda bizarra e idealizada, que se cocina bajo la tesis de la nula creencia en Dios, para dar la misma al Diablo: María no cree en Dios, pero sí cree en el Diablo, en gran parte porque su madre lo hacía y tal vez ella creció  bajo ese trauma, pero las señales que le advierten la maligna presencia cada vez son más fuertes, ¿Cómo negar algo que se hace presente?

 El monólogo que el autor escribe confronta la posición del ser humano ante su sistema de creencias y valores cuando su paz está en juego. La mujer mira a su interior para contarnos una historia, que ella conoce con señas claras, sabe los quiebres que vivió. Más tal como Alicia, María seguirá los consejos y atenderá las inquietudes de su principal cómplice: un conejo de felpa que disfruta de cantar y ser elegante, para mantenerse fiel a su exposición y dejarnos saber de su investigación en amplio espectro de los hechos reales y los que pasaron por su mente.

 Me gustan las direcciones de Itari Marta pues siempre buscan esclarecer un embrollo a partir de la construcción y con atención a detalles al máximo, y esta historia no es la excepción. Marta toma al personaje de Nigro para acercarlo lo más posible a una sociedad mexicana que lo comprenda, sin dejar a un lado la naturaleza delicada y de actitudes  estadounidenses. La directora delimita a su actriz y le otorga el poder del movimiento suave para conducirse  y crecer su fuerza a una explosión intensa dentro de un espacio muy pequeño. El ritmo propuesto es lento, difícil de digerir si no se tiene la mente en blanco, pero apuesta y propone, cuestión que da frescura a su formación.

 Osada y campante, María se da el lujo de alterar la narrativa de su historia, desprende la linealidad para mostrarse como un ser humano de pensamientos complejos y revueltos sin mayor escala objetiva o de importancia. La dirección nos presenta la ambición mezclada con el traumatismo. A fin de cuentas no era la protagonista la del problema de creencia al diablo, era su madre, pero ahora ella trata de encontrar esto como un justificante a cada paso que da, en cada objeto que la rodea.

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 La caja fuerte (nombre del espacio dónde sucede el montaje) se transforma Y ambienta (por obra de Hilda Palafox y Karla Balcázar) a un rincón de recuerdos, entre partituras, la vajilla, una caja fuerte, un juguetero, un piano viejo, etc. El ambiente se transforma con efectos mínimos y propone una introspección aún más grande a la mentalidad sumida en un desesperado rojo con tonos contrastantes a juego.

 Podríamos darle bastantes lecturas a esta propuesta y cada una sería de igual profundidad a la otra. Por una parte la aprehensión, por otra la crítica social, seguida por la búsqueda de la identidad, la repercusión de la palabra, el nicho familiar, etc. Sea cual sea la que el espectador elija dar, logra cubrir aspectos de lógica y ritmo con prestigio. Una vez más Itari Marta presiona a gran escala los elementos e imágenes que el autor proporciona para poder lucir y apoyar a su actriz, mientras a obra entera juega con la realidad para mostrar la dependencia existente entre la  moral y lo prohibido.

 Tato Alexander evoluciona completamente en escena. Nos lleva por las variantes de la postura de su personaje ante la realidad y su pasado. La actuación de la actriz permite la complicidad del público, es dulce y violenta, franca y natural. Podría decirse que va de sosa a frívola, pero todo depende del cristal con que se mire. Para interpretar una escalada tan arriesgada y profunda, Alexander ejecuta muy bien su trabajo y transmite cada palmo.

 Una Historia Del Diablo representa a una mente trastornada en proceso de asimilación, si bien se construye como atrevida y hasta por momentos entrañable, aprovecha la condición del título para volverse oscura, rompiendo con cualquier signo de predictibilidad.  Altamente recomendable.

Saúl Campos

Comunicólogo, apasionado del arte y la información. Adicto al teatro.