El último Saramago

junio 19, 2014

Por:

Arte, Literatura, Vista

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“No se olvida el poema, no se aplaza,
si el cuerpo de la palabra es moldeado
con firmeza, con ritmo y conciencia.” Arte Poética

Las manos dibujan algo parecido a letras que pretenden formar palabras, que a su vez quieren decir algo con un color que pareciera ser sombrío. Definitivamente es más complicado dibujar palabras que cuerpos.

Si te fijas bien, las letras no son sino siluetas exquisitas y estéticas. Si lo piensas bien, tu cuerpo y mi cuerpo, el nuestro, no es mas que un conjunto de letras donde cada caricia dice algo. Es así como ahora entiendo por qué es más difícil: en los cuerpos, ya está todo escrito.

De Saramago he podido extraer, con un ojo cerrado y el otro abierto, un poco (y eso ya es mucho) de infinito. Él, me pone en constante peligro de enamorarme hasta morir.

La obra de José Saramago es una vida y, a su vez, actúa del modo contrario; paralelo. La medida del tiempo, o su tiempo, no equivale a sí mismo. El instante que tardas en hacerlo es mínimo en comparación con su alcance. Por eso, Saramago es infinito y es nuestro.

El artista nació el 16 de noviembre de 1922 en un Portugal alejado del país mismo, donde todo era y es impensable. No se sabe cómo fue o quién se la dio, pero al hombre le dieron la palabra y la madera. Murió el 18 de junio de 2010. Después de 4 años continúa…

José Saramago

José Saramago

Se refería a los silencios como sombras que se guardan todo, que nada dicen. De ese color sombrío con el que nos es más fácil escribir nuestra existencia. Porque la vida es una sombra, porque no es suficiente, porque les falta tiempo, nos falta edad, se abstienen las canas grises. Y a pesar de los 87, del “punto final”, a Saramago le faltó nada para ser el viejo matusalén de barba fluvial que dijo (aún así le faltó). Porque fue a él al que le dieron la palabra, la parábola junto con la ironía.

Nosotros, siempre nos hemos imaginado a José como una figura tallada, de ilegibles proporciones y contornos, quizá ninguno. De manera obligatoria, la figura trae adheridas manchas negras que simulan sus sombras, todo lo que pensó, soñó, pero no dijo. Esos 87 años no bastan para decir si quiera lo que uno mira con los ojos cerrados, ciegos de todo. Siendo cuestión de fe la naturaleza de los sentidos, es bien fácil olvidarlos y convertirse en personaje de Saramago. ¿Cuántas veces la ceguera viene del alma y del miedo?

¿Acaso José Saramago no dijo nada, al igual que todos los que se hacen eternos por la palabra? Su obra no acaba, sus textos son tan inéditos como el primero, y el segundo y el que nunca será último.

Muchos elogios, o meros insultos aún me quedan para aquél genio, que fue ninguno y fue todo; empero, es mejor no desperdiciarlos, porque los ochenta y tantos se multiplican igualando la cantidad de desconocido a lo desembarcado.

“Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos. Ciegos que ven. Ciegos que, viendo, no ven”. Ensayo sobre la ceguera