El simulacro de Borges

junio 9, 2014

Por:

Arte, Literatura, Reseñas, Vista

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Quizá, gran parte de lo que somos, es lo que atina a un sí y a un no ¿Quién soy, quién eres?, ¿quién es quién y por qué es alguien? En comparación con la desmedida ventura del no fue, lo que sí fue, conforma una de las mínimas partes del universo de ser.

 La memoria tiene mil y un formas para manifestarse hoy, procurándose un asiento en el mañana. Recordamos para llorar, para reír y para arrepentirnos; recordamos para enamorarnos, para ser y, paradójicamente, para olvidar; pero, sobre todas las bondades y perversidades de una invocación, la más sublime es recordar para escribir.

Hemos escrito para morir.

 Llegamos a soñar con personas que fuimos y que aún somos. Intentamos interpretar cada uno de sus lenguajes al exponerlo ante alguien más. “Soñé esto y aquello…”. Nadie lo comprende, incluso uno mismo se queda perplejo. Los escritores hablan cientos de lenguas porque escriben su vanidosa quimera para que todos la entiendan. Son ellos dueños de la sortija.

 La literatura está plagada de recuerdos que arrastran traiciones y oráculos siniestramente descritos…o hablados. Así es. Para pocos, hablar es simular un texto en el aire.

“La memoria del hombre no es una suma; es un desorden de posibilidades indefinidas. San Agustín, si no me engaño, habla de los palacios y cavernas de la memoria. La segunda metáfora es la más justa. En esas cavernas entré.”
La memoria de Shakespeare

 Serán limitados; sin embargo, más de un autor tiene la capacidad o la gracia de hablar como se escribe, y de escribir como se piensa, y de pensar como se vive, y de vivir como se sueña, y al final, soñar como se esperaría morir: recordando, siempre con una sonrisa, que en la oscuridad se leen los cuerpos, y en el día, los libros.

Jorge Luis Borges descubrió de la noche que el verdadero paraíso se encontraba en su cabeza. Era para nosotros, aquel erudito, una biblioteca entera.

Ilustración: La Biblioteca de Babel

Ilustración: La Biblioteca de Babel

 Borges, al quedarse ciego, tan sólo deja de ver el color de afuera para ver como sopla el viento que está dentro. Su homenaje está en simular ese viento al hablar.

Jorge Luis Borges

Jorge Luis Borges

 Le leían y también él dictaba. Este hombre de letras hablaba sobre verdades etéreas con la suficiente humildad para proponer términos francos e insondables, propios. Su sabiduría era tan humana, que se atrevió a elogiar lo que muchos consideramos un infortunio y un castigo. Veía la ceguera en su experiencia, como una ironía; y las ironías, son sarcasmos elevados y directos.

 Aquel fenómeno le duró lo suficiente para aprenderse de memoria lo que alguna vez miró; duró lo suficiente para encontrar una humanidad totalmente diferente. El autor se descubrió a sí mismo y en sí mismo más enamorado del mundo.

 En el artista, se lee la maravillosa y compleja idea de encontrar  personajes distintos. En cualquiera de sus mundos y sus enciclopedias, se inventó su propio espejo negro rasgado de rojo y algún otro color que no alcanzamos a distinguir.

 Si no es él, es otro, pero es él.

Jorge Luis Borges escribió cientos de simulacros; nos está soñando.

“El propósito que lo guiaba no era imposible, aunque sí sobrenatural. Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad.” Las ruinas circulares

Ilustración: Las ruinas circulares

Ilustración: Las ruinas circulares