El proceso animal

julio 19, 2014

Por:

Arte, teatro, Vista

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La fuerza y la mente son opuestas. La moralidad termina donde empieza la pistola.

Ayn Rand

Nunca había tenido el tiempo para lograr coincidir y asistir a ver Bola De Carne, texto de Bernardo Gamboa creado escénicamente por el mismo y Micaela Gramajo. Ahora vuelve con una breve temporada al Foro A Poco No. En el aspecto personal solo sé que me urge tener ese texto en mis manos para leerlo una y otra y otra vez hasta que logre asimilar la genialidad obtenida; siendo objetivos, esta es la historia.

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 Ante un juzgado, dos criados relatan lo sucedido cuando una tarde Lavinia, la hija del patrón, accedió a acompañarlos e introducirse en la práctica de la caza de cerdos con cuchillo en mano. La asamblea percibe un crimen que al momento tiene víctima fija, pero tal vez no es así. A partir de la deconstrucción del concepto de la moralidad, dos humanos danzan entre la historia de guía, su naturaleza, el miedo y la disertación filosófica para encontrar una respuesta. No son nadie para indicar un juicio, más tratarán de efectuar un acuerdo, como una sola persona u objeto. Dos bolas de carne que avanzan sin nada más que su naturaleza interpuesta al adestramiento.

 El verdadero teatro logra catarsis, se adhiere al alma, toca, vibra, emociona, y detona. A través de la composición del texto de Bola De Carne, Gamboa nos entrega una estupenda avalancha de sentimientos coordinados bajo la inclinación del racismo y la ensoñación. En un escenario que sólo necesita pocos elementos de utilería como libros, un juego de té, tierra y una cabeza de cerdo, Gamboa y Gramajo aparecen como dos seres sin máscaras que tratan de desenmarañar la existencia de un aparato moral dentro de una sociedad que jerarquiza con la intención neta de degradar su propia raza en tantos tonos como le permitan acercarse a la pureza.

 ¿Los cerdos aparecen como las víctimas o los victimarios? Sabemos que hay alguien que lo consume y para lograrlo debe darle fin a la existencia de su alma, pero al ser objeto meta desencadena una lucha entre los cazadores por obtener la presea, se sabe codiciado, hasta cierto punto es un animal frívolo entonces, pero luego se rompe esta visión para recordarnos algo: es el hombre quien adjetiva la naturaleza, la susodicha existe en su compuesto sin hacer más que un ciclo de vida, pero es el hombre el que intenta darle los matices que  requiere para lograr complementarse.

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Entre el encierro y la muerte prefiero la muerte, tiene más chiste.

 La obra es una historia que nace, se interrumpe y desarrolla en medio de la violencia y el razonamiento del vacío. Es una composición visceral que aísla la interioridad de las pasiones y deseos reprimidos, al tiempo que demanda la existencia de la debilidad de las instituciones  del poder que intentan regir con justicia ciega partiendo de la postura de aquel que salga más dañando en un siniestro. Ese siniestro es la vida misma.

 Nuestros actores serán dos animales salvajes excelentemente coreografiados para insertarse en una civilización dominante en una domesticación que involucra el surgir de las bases de los crímenes de odio. No hay certeza de quien ejecuta el crimen, el verdadero crimen, ¿El cazador?, ¿El animal?, ¿El jurado? Gamboa dirige con astucia las palabras del discurso para tratar de dar al público la última palabra indicando un supuesto importante: nadie es lo suficientemente apto para poder juzgar aquello a lo que es ajeno.

 Tanto Gramajo como Gamboa ejecutan actuaciones sólidas, plenas. Correctas en tono y forma y con deliciosos matices y movimientos que permiten apreciar la integridad de dos seres en su cualidad animal, sexuada, real. No solo son trabajos francos, son entregas que exteriorizan las propias necesidades del alma en búsqueda de una comprensión que vaya más allá de la posición espectador-artista, este ejercicio pide  apertura de mente y alma para reacomodar las piezas de un fundamento inválido que dirige el ritmo de las acciones cotidianas.

 Uno no ve estos maravillosos trabajos y se dirige con ligereza al final rumbo a la puerta, a menos que haya perdido toda sensibilidad dentro de sí. Micaela Gramajo y Bernardo Gamboa buscan mover y acercarse al corazón y a la mente con cuadros tan surrealistas como un cerdo tomando el té, bajo la influencia del espejo social. Todo bajo música delicada y desesperanzada y una iluminación que apunta focos de acción sujetos a la fuerza.

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 El ritmo es preciso, se detiene la palabra para recuperar el movimiento, permite aceptar cada oración. Respira junto con la audiencia. De la misma forma, introduce la tensión dramática en pleno para soltar un poco con movimientos de comedia ingeniosos y disfrutables a carcajada plena que luego se giran y se tornan oscuros. Al final la puesta entrega la soledad y autenticidad de la misma frente a la ideología de la vida humana. Sí, los seres humanos nacen, crecen, se reproducen o solo consuman su apetito y al final mueren. Así la obra, solo que al igual que el ser humano que no acepta las problemáticas de su existencia la obra misma se permite abrir camino ante la muerte directa o la tortura. Y su decisión no es fácil.

 Lo invito plenamente a permitirse ver esta maravilla escénica los martes y miércoles a las 20:30 hrs. Sea testigo del proceso de creación de dos bolas de carne que batallan en el escenario.

Saúl Campos

Comunicólogo, apasionado del arte y la información. Adicto al teatro.